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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– Ven conmigo, hijo mío -dijo el cura paternalmente en un inglés con marcado acento extranjero.

– ¿Por qué? -pregunté.

– ¿Por qué? -repitió el cura-. Para ponerte al servicio de la misión de la plantación, naturalmente.

¿Qué otra cosa podía ser? Allí terminaban los esclavos marcados con la cruz del padre Feltman, porque ahora que me fijaba, no estaban en la rebatiña. ¿Y yo, qué? ¿Era por pura codicia que el cura se había apiadado de mí? A mí no me podía convertir. Como blanco que era, ya profesaba la verdadera fe, al margen de lo que pensara.

– Padre -dije-. Tenga misericordia de un pobre pecador.

– Claro que sí -dijo el cura sin darse la vuelta.

Y entonces ya no me pude aguantar más, y me eché a reír con todas mis fuerzas. Todos estaban de acuerdo en que el cura no podía haber comprado a un cabeza loca como yo. Ni yo mismo lo creía. Que me tocara ser esclavo en casa de aquellos que temían a Dios tuvo que ser una decisión tomada por voluntad suya. En la casa del cura me enteré de que la cosa había ido como supuse: que yo le había sido regalado y me había recogido por misericordia. El contrato era de tres años, y después sería libre de enrolarme donde quisiera, si así lo deseaba.

Tengo que reconocer que dediqué un breve pensamiento a England y a Deval, no porque sintiera lástima de su destino, sino para maldecir el mío propio. Pensé para mis adentros en cómo había sido mi vida hasta la fecha, y encontré que no había mucho de lo cual enorgullecerme, por más que yo insistiera en lo contrario. De todas maneras me iban a castigar por ello.

Me colocaron entre los negros de la plantación. Para trabajar en la casa tenía que ser un esclavo de confianza, y yo no lo era, desde luego. Me pusieron con unos veinte negros que abrieron los ojos de par en par cuando entré en su cabaña. Había aprendido de Jack algunas palabras de saludo y camaradería en el idioma de los africanos y las utilicé, pero los negros por lo visto hablaban danés. Por suerte, dos de ellos habían sido comprados a los ingleses en Jamaica después de la gran rebelión, y ésos me sirvieron de intérpretes.

Dejé que los negros me miraran hasta hartarse. Me recibieron con rencor, en parte porque era blanco y también porque era bussal, un bruto, como llamaban a los esclavos recién llegados. Sí, incluso entre aquellos siervos había un escalafón, y en él me tocaba ser el último. Sin embargo me puse en guardia, pregunté discretamente quién era el jefe y me lo señalaron: era el hombre con la mirada más altiva, el más orgulloso de todos. Me acerqué a él y lo agarré por el cuello. Apreté bien fuerte a la vez que pedí tranquilamente a mis portavoces que explicaran a los demás que John Silver era en efecto esclavo y bussal, pero que era intocable, invulnerable, que tenía alma, era tabú y muchas más cosas por el estilo. Cuando todos, inclusive el opresor que tenían entre ellos, hubieron entendido, lo solté y me tumbé en un camastro de paja que me pareció un auténtico lujo después de las bastas tablas del Libre de penas. Antes de quedarme dormido pensé que se habían acabado las medias tintas, y creo que a partir de aquel instante ya siempre estuve dispuesto a izar la bandera roja. La negra, la de los piratas, ya hacía tiempo que la había izado.

A la mañana siguiente, al amanecer, me despertó una patada, bien dirigida, propinada por una pierna que salía de una sotana de cura.

– Arriba -ordenó el cura.

Así pues, él también sabía alguna palabra en inglés. La verdad es que eran cultos.

– A mí no hace falta que me den patadas en nombre de Dios -le dije-. Haré lo que tenga que hacer.

Me incorporé bajo la atenta mirada del cura y nos sacaron al campo. El cura iba detrás de nosotros con un látigo en una mano y un mazo de madera en la otra. De vez en cuando fustigaba el aire como si fuéramos una yunta de bueyes. Por lo visto, los curas confiaban más en sí mismos y en su Dios que los otros propietarios de las plantaciones, porque no empleaban a ningún capataz.

Tan pronto pudimos vernos las manos, hincamos las azadas en la tierra dura y arcillosa. Cavamos hoyos, nada más que hoyos en línea recta, uno tras otro, sin descanso, desde el amanecer hasta el anochecer, bajo un sol de justicia que me quemaba la aún tierna piel de la espalda. A mediodía ya se me habían formado grandes ampollas en las manos. Aquello sólo podía acabar de una manera. Justo antes de que nos dieran la tercera ración de agua azucarada con ron, el combustible con el que nos calentaban, me rezagué. A esas alturas apenas si podía asir la azada. Inmediatamente oí un silbido y noté después el dolor que el látigo me producía al restallarme en la piel. Tuve que recurrir a toda mi capacidad de control para no matar allí mismo al diablo del cura, pero no era tan estúpido, porque ¿adonde podía llegar medio desnudo, con la espalda en carne viva y las manos llagadas? Así pues, me di la vuelta hacia él.

– Por el amor de Dios, padre -supliqué-. Tenga clemencia.

– Un tipo como usted debería tener cuidado al poner el nombre de Dios en su bocaza. Aquí son ustedes los que trabajan para nosotros, para que nosotros podamos trabajar para Dios.

– Pero yo soy cristiano, padre. Fui bautizado con agua bendita y todo eso. No creía que los cristianos pudieran probar el látigo.

– Pues estaba muy equivocado. Lo único que no está permitido, según las normas, es que un negro le ponga la mano encima a un blanco. Para todo lo demás hay carta blanca. Y nosotros acatamos las normas, señor mío.

A ese cura no había forma de conmoverlo. Después supe que se llamaba Holt y que era el peor de todos, y debo decir que ninguno de ellos era precisamente de lo más granado entre los hijos de Dios. Hacía dos semanas que Holt había matado a golpes a un crío de dos años con sus propias manos. Y para los pequeños, además, cogía el látigo de cuatro colas de seda, que estaba destinado a los adultos. Un fenómeno insuperable en la zona, aquel Holt, famoso en toda la isla.

Así pues, apreté los dientes aunque interiormente bramaba de dolor cuando intenté sujetar la azada con las manos llagadas. Lo que me salvó de más latigazos fue la ayuda de los demás, tengo que decirlo en su defensa. Cuando vieron cómo estaban las cosas fueron bajando el ritmo imperceptiblemente, tanto como pudieron, sin que Holt lo notara. Esa misma noche, una de las mujeres hizo un emplasto y me lo aplicó en la espalda y en las manos. Durante tres días repitió el mismo tratamiento, tras lo cual las manos me quedaron curadas y sin marcas o cicatrices visibles. Dicho queda que yo apreciaba mucho mis manos, que había cuidado con tanto mimo desde aquella conversación que mantuve con el capitán Barlow.

Una noche me fui hasta la mujer para demostrarle mi agradecimiento. Pero cuando estábamos en lo mejor y nuestros cuerpos estaban más unidos, me separaron de ella, me soltaron un par de patadas y me sacaron de la cabaña.

A la mañana siguiente nos hicieron formar a todos delante de la capilla. La mujer sería castigada en nombre de Dios por su lascivia con ciento cincuenta azotes con el látigo de cuatro colas.

En ninguna parte de la isla se castigaba a las mujeres por gusto. Naturalmente, los curas recibían a sus esposas enviadas desde Copenhague, sin inspeccionarlas y elegidas al azar entre las limitadas disponibilidades de la congregación. Así las cosas, a Martin, el encargado, le tocó una vieja de sesenta y cinco años a la que no soportaba ni siquiera en nombre de Dios. No, no me sorprendía que los curas azotaran los cuerpos jóvenes, prietos, lozanos y apetitosos de las negras. Y no podían acostarse con ellas porque entonces quedarían malditos y sufrirían enormes remordimientos de conciencia durante el resto de sus vidas.

Según la costumbre, habríamos de ser nosotros, los esclavos, los que aplicaríamos el castigo. Cuando los blancos habían cogido el látigo o el hierro al rojo vivo, por lo visto había ocurrido en más de una ocasión que los negros perdieron completamente los estribos en lugar de dejarse atemorizar. Y es raro, porque los negros se rendían cada vez más. ¿Se puede ser más lerdo?

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