La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Verás, Evangeline -decía su madre-, siempre es bueno y correcto ser amable con los criados, pero no es correcto tratarlos exactamente como si fueran de la familia o de nuestra propia clase. Piensa, si Mammy estuviera enferma, no te gustaría acostarla en tu propia cama, ¿verdad?
– Me encantaría, mamá -dijo Eva-, porque así sería más fácil cuidarla y porque, ¿sabes?, mi cama es mejor que la suya.
Marie se quedó absolutamente desesperada ante la total ausencia de discernimiento moral que delataba esta respuesta.
– ¿Qué puedo hacer para que me entienda esta niña? -preguntó.
– Nada -dijo significativamente la señorita Ophelia. Eva pareció contrita y perpleja durante un momento; pero, afortunadamente, a los niños no les duran las impresiones mucho tiempo y un rato después se reía alegremente de diversas cosas que veía desde la ventana del coche, mientras traqueteaba por el camino.
– Bien, señoras -dijo St. Clare, cuando se encontraban cómodamente sentados alrededor de la mesa para comer ¿cuál ha sido el menú de la iglesia hoy?
– Oh, el doctor G_ pronunció un sermón magnífico -dijo Marie-. Era exactamente el tipo de sermón que te convendría oír a ti; expresaba mis mismas opiniones.
– Ha debido de ser muy edificante -dijo St. Clare-. El tema ha debido de ser muy extenso.
– Quiero decir mis opiniones sobre la sociedad y cosas parecidas -dijo Marie-. El texto era «Él ha hecho bellas todas las cosas en su sazón» y demostraba cómo todos los órdenes y distinciones de la sociedad provienen de Dios; y decía que era muy conveniente y hermoso que algunos estén arriba y otros abajo, y que algunos han nacido para mandar y otros para obedecer y todas esas cosas, ya sabes; y lo ha aplicado tan bien a todas las ridículas alharacas que se hacen por la cuestión de la esclavitud, y ha demostrado claramente que la Biblia está de nuestra parte y ha apoyado de manera convincente todas nuestras instituciones. ¡Ojalá lo hubieras oído!
– Pues no me hacía falta -dijo St. Clare-. Puedo aprender cosas que me hacen el mismo bien en el Picayune cualquier día, y fumando un cigarro además; ya sabes que en la iglesia no me dejan.
– ¿Por qué? -preguntó la señorita Ophelia-. ¿Es que no compartes esas opiniones?
– ¿Quién, yo? Sabes que soy un individuo tan impío que los aspectos religiosos de estos asuntos no me edifican mucho. Si tuviera que pronunciarme sobre el asunto de la esclavitud, diría, sin pelos en la lengua, «Estamos a favor. Nosotros los tenemos y es nuestra intención seguir teniéndolos, pues nos interesa y nos conviene»; porque ésa es la esencia de la cuestión; después de todo, todas estas beaterías no significan otra cosa y creo que sería comprensible para cualquiera en cualquier parte.
– ¡Desde luego, Augustine, eres tan irreverente! -dijo Marie-. Es escandaloso oírte hablar.
– Escandaloso? Es la verdad. Estas charlas religiosas sobre tales temas, ¿por qué no van más allá y demuestran la belleza, en su sazón, de que un tipo se beba una copa de más y trasnoche jugando a las cartas, y realice varias otras actividades del mismo estilo que son frecuentes entre los hombres jóvenes?; nos gustaría enteramos de que también son correctas y pías.
– Bien -dijo la señorita Ophelia- ¿crees que la esclavitud es buena.o mala?
– No pienso hacer gala de la horrible franqueza típica de Nueva Inglaterra, prima-dijo St. Clare alegremente-. Si te contesto a esta pregunta, sé que me vendrás con una docena más, cada una más difícil que la anterior; y yo no pienso definir mi postura. Yo soy de los que viven tirando piedras al tejado ajeno, pero no tengo intención de dejar que ellos hagan lo mismo conmigo.
– Así habla él siempre -dijo Marie-; no conseguirás que diga nada satisfactorio. Creo que es sólo porque no le gusta la religión por lo que habla siempre de esta manera.
– ¡La religión! -dijo St. Clare, con un tono que hizo que ambas señoras lo miraran-. ¡La religión! ¿Eso es lo que oís en las iglesias: religión? ¿Eso que moldea y dobla las cosas y las sube y baja para ajustarlas a todas las corruptas fases de la sociedad egoísta y mundana es religión? ¿Eso que es menos escrupuloso, generoso, justo y considerado con el hombre que mi propia naturaleza ciega, mundana y atea? ¡No! Cuando yo busque la religión, debo buscar algo por encima de mí y no por debajo.
– Entonces no crees que la Biblia justifica la esclavitud -dijo la señorita Ophelia.
– La Biblia era el libro de mi madre -dijo St. Clare-. Vivió y murió siguiéndola, y me dolería mucho creer que sea así. Preferiría que demostrara que mi madre podía beber coñac, mascar tabaco y jurar para convencerme de que yo obraba bien haciendo lo mismo. No me reconciliaría más con estas costumbres mías y me quitaría el consuelo de respetarla; y realmente es un consuelo, en este mundo, tener algo que se pueda respetar. En resumen, verás -dijo, recuperando de pronto el tono alegre-, todo lo que quiero es que las cosas diferentes se guarden en cajas diferentes. Todo el armazón de la sociedad, tanto en Europa como en América, se compone de varias cosas que no soportan el escrutinio de ningún ideal moral. Se acepta generalmente que los hombres no aspiremos a lograr el bien absoluto, sino que sólo queramos ser como el resto del mundo. Así, cuando alguien dice claramente, como un hombre, que la esclavitud nos hace falta, que no podemos arreglárnoslas sin ella y que nos arruinaríamos si la abandonásemos, y, por supuesto, no tenemos intención de abandonarla, esto es un lenguaje fuerte, claro y bien definido; tiene la respetabilidad de la verdad, y, si hemos de juzgar por sus actos, el resto del mundo está de acuerdo con nosotros. Pero cuando empiezan a poner cara larga y lloriquear y citar las Sagradas Escrituras, empiezo a pensar que no son tan buenos como deberían ser.
– Eres muy poco caritativo -dijo Marie.
– Bien -dijo St. Clare-, supón que algo hace que baje el precio del algodón de una vez por todas y que todos los esclavos se conviertan en género invendible, ¿no crees que pronto tendríamos otra versión de la doctrina de las Escrituras? ¡Qué haz de luz iluminaría de repente la iglesia y qué rápidamente se descubriría que todo lo que dictan la Biblia y la razón es lo contrario!
– Pues, en cualquier caso -dijo Marie, tumbándose en el sofá-, me alegro de haber nacido donde hay esclavitud; y yo creo que está bien; es más, siento que debe de estar bien y, además, no sabría arreglármelas sin ella.
– Bien, ¿y qué dices tú, gatita? -preguntó su padre a Eva, que entraba en ese momento con una flor en la mano.
– ¿Sobre qué, papá?
– Sobre lo que te gusta más: si vivir en casa de tu tío de Vermont o tener una casa llena de criados, como nosotros. -Oh, por supuesto que nuestro sistema es el más agradable -dijo Eva.
– ¿Y por qué? -preguntó St. Clare, acariciándole la cabeza.
– Porque hace que tengamos a más personas alrededor a quienes querer, ya sabes -dijo Eva, mirándolo muy seria.
– ¡Qué típico de Eva! -dijo Marie-: uno de sus extraños discursos.
– ¿Es un discurso extraño, papá? -preguntó Eva en un susurro, al encaramarse a su regazo.
– Pues sí, tal como está el mundo, gatita -dijo St. Clare-. Pero, ¿dónde ha estado mi pequeña Eva durante la comida?
– Oh, he estado arriba en el cuarto de Tom, oyéndole cantar, y la tía Dinah me ha dado de comer.
– Conque oyendo cantar a Tom, ¿eh?
– ¡Oh, sí! Canta unas cosas tan hermosas sobre la nueva Jerusalén y brillantes ángeles y la tierra de Canaán.
– Ya lo creo; mejor que la ópera, ¿eh?
– Sí; y me las va a enseñar a mí.