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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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— Dice que es un descubrimiento betano de hace unos pocos años. Parece que no convenció mucho porque, para defenderse de eso, basta con cambiar la fase del escudo de masa. Me indicó que te dijera que está trabajando en ello y que tendría loa escudos reprogramados para esta noche.

— Ah.

Miles quedó en silencio, anonadado. Lo suficiente para fantasear su regreso a Barrayar llevando el misterioso rayo, tenderlo a los pies del emperador, y el capitán Illyan, que observaría con viva curiosidad, y su padre, que estaría asombrado… Se lo imaginó como un espléndido ofrecimiento, prueba de su valor y de su proeza militar. Aunque, más probablemente — de acuerdo a la simple realidad —, le correrían a escobazos, como al gato que mortifica a un saltamontes. Suspiró. Ahora, al menos, tenía una armadura espacial.

Miles, Elena, Gamad y un técnico se dirigieron al sector afectado, varias estructuras más abajo en la cadena eslabonada de la refinería. Elena se puso a su lado.

— Pareces cansado. ¿Por qué no mejor, uh…, tomas una ducha y descansas un poco?

— Ah, sí, el hedor reseco del terror, bien entibiado en el traje de presión. — Le dirigió una sonrisa y apretó con firmeza su casco bajo el brazo, como un espectro decapitado —. Espera a oír mi jornada. ¿Qué dice el mayor Daum de nuestras defensas? Será mejor que le pida un informe completo… al menos él parece ser directo al hablar… — Miró fascinado la espalda del teniente que iba delante.

El teniente Gamad, cuyo oído evidentemente era más agudo de lo que Miles había supuesto, volvió la cabeza.

— El mayor Daum está muerto, señor. Él y un técnico estaban conectando un puesto de armas y fueron alcanzados por escombros a alta velocidad… No quedó nada. ¿No se lo dijeron?

Miles se detuvo en seco.

— Ahora soy el oficial de mayor grado — agregó el feliciano.

Llevó tres días capturar de nuevo a los prisioneros que se habían escapado y diseminado por todos los rincones de la refinería. Los comandos de Tung fueron los peores. Miles recurrió finalmente a clausurar los sectores y a soltar gas adormecedor. Ignoró la irritada sugerencia de Bothari respecto a que el vacío resultaría más eficaz y menos costoso. La carga de la tarea recayó naturalmente, si no injustamente, en el sargento; quien estaba tenso como una cuerda de arco con el deber asignado.

Cuando fue hecho el recuento final, resultó que faltaban Tung y siete de sus hombres, incluido su otro oficial piloto. También faltaba una lanzadera de la estación.

Miles gimió en su interior. Ahora no había alternativa, sino la de esperar que los perezosos felicianos viniesen a reclamar su cargamento. Comenzó a dudar que la lanzadera, despachada para intentar contacto con Tau Verde antes del contraataque, hubiera logrado atravesar el espacio controlado por los oseranos. Quizá debería enviar otra. Esta vez con un recluta, no un voluntario; Miles ya tenía elegido el candidato.

El teniente Gamad, engreído con la reciente jerarquía heredada, se sentía inclinado a desafiar la autoridad de Miles en la refinería; técnicamente — era cierto — de propiedad feliciana. A Miles no le caía demasiado simpático, en contraste con la calma y solícita actitud de Daum. Gamad debió reprimirse al oír a un mercenario dirigirse a Miles como «almirante Naismith». Y Miles quedó tan complacido por el efecto que semejante título causó en el teniente, que no corrigió el nombramiento. Desafortunadamente, el hecho se extendió; se encontró incapaz de conservar la cautelosa neutralidad de «señor Naismith» de allí en adelante.

Gamad se salvó cuando, al octavo día después del contraataque, un crucero local feliciano apareció finalmente en los monitores. Los mercenarios de Miles, sensibles y suspicaces tras repetidas emboscadas, estaban tentados de destruirlo primero y examinar luego los restos para una identificación positiva, pero Miles logró al fin establecer un margen de confianza y los felicianos arribaron mansamente a la dársena.

Dos grandes maletines de plástico en una carretilla flotante llamaron la atención de Miles cuando los oficiales felicianos entraron en la sala de reuniones de la refinería. Los maletines tenían un agradable parecido, al menos en tamaño, con los viejos arcones de tesoros de los piratas. Miles se perdió en una breve fantasía de brillantes diademas, monedas de oro y bolsas de perlas. ¡Ay, esas vistosas fruslerías ya no eran tesoros codiciados! Microcircuitos virales cristalizados, discos de datos, empalmes de DNA, descoloridos bosquejos de importantes proyectos de agricultura y minería planetaria: ésa era la tibia riqueza que los hombres tramaban en estas épocas degradadas. Por supuesto, todavía había artesanía. Miles palpó la daga en su cinto y se sintió reconfortado.

El demacrado y atormantado pagador feliciano estaba hablando:

— … debo tener primero el manifiesto del mayor Daum y controlar cada uno de los artículos para verificar si ha habido daño durante el transporte.

El capitán del crucero feliciano asintió cansinamente.

— Vea a mi jefe de máquinas y que le consiga todos los hombres que necesite para la inspección, pero hágalo rápido. — El capitán dirigió su irritada y rojiza mirada a Gamad, preguntando obsequiosamente —: ¿No ha encontrado todavía ese manifiesto? ¿O los papeles personales de Daum?

— Me temo que tal vez los tuviera consigo cuando fue alcanzado, señor.

El capitán gruñó y se dirigió entonces a Miles.

— ¿Así que usted es ese galáctico mutante loco del que he oído hablar?

Miles se irguió.

— ¡Yo no soy un mutante!, capitán. — Arrastró la última palabra al más sarcástico estilo de su padrey luego recuperó la apostura. Evidentemente, el feliciano no había dormido mucho en los últimos días —. Creo que usted tiene algunos asuntos que tratar.

— Sí, hay que pagar a los mercenarios, supongo — suspiró el capitán.

— Y comprobar físicamente cada artículo por posibles daños en el transporte — le aguijoneó Miles sugiriendo con un gesto las cajas.

— Encárguese de él, cajero — ordenó el capitán, incorporándose para salir —. Está bien, Gamad, veamos esa gran estrategia suya…

Baz echaba humo por los ojos.

— Excúseme, mi señor, pero creo que es mejor que vaya con ellos.

— Iré contigo — dijo Arde. Hizo sonar sus dientes como si fuera a morder una yugular.

— Adelante — invitó entonces Miles al pagador, quien suspiró, al tiempo que espiaba el nombre de Miles en la pantalla a la cabecera de la mesa.

— Ahora… ¿Señor Naismith?, ¿es correcto así? ¿Puedo ver su copia del contrato, por favor?

Miles frunció el ceño en un gesto de disgusto.

— El mayor Daum y yo teníamos un acuerdo verbal. Cuarenta mil dólares betanos contra la entrega a salvo de esta carga a Felice. Esta refinería es ahora territorio feliciano.

El contador le miró, atónito.

— ¿Un acuerdo verbal? ¡Un acuerdo verbal no es un contrato!

Miles se levantó.

— ¡Un acuerdo verbal es el más fuerte de los contratos! El alma de uno está en el aliento y, por lo tanto, en la palabra. Una vez empeñada debe ser cumplida.

— El misticismono tiene lugar…

— ¡Esto no es misticismo! ¡Es una teoría legal reconocida! — En Barrayar, pensó Miles.

— Es la primera vez que la oigo.

— El mayor Daum la conocía perfectamente bien.

— El mayor Daum estaba en Inteligencia; él se especializaba en galácticos. Yo sólo soy de la Oficina de Contabilidad…

— ¿Se niega a cumplir la palabra de su camarada muerto? Pero usted es un funcionario, no un mercenario…

El cajero sacudió la cabeza.

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