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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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XXIII

La máquina de vapor y sus vagones haciendo tras ella un escándalo de gitanos, llegaron a las cercanías de la ciudad de México como a las tres de la madrugada de un miércoles, a principios de junio. El aire aún oscuro latía generoso y tibio en la cara que Emilia sacó por la ventanilla del vagón para sentir el amanecer contra sus párpados, la brisa despeinándola, el rocío como una premonición del altiplano. Al fondo, dibujados en la oscuridad, estaban los volcanes, vigilando el desastre que corría por esa tierra. Emilia siguió el contorno de sus figuras. Por grande que fuera un desastre, si ahí estaban ellos para contemplarlo, habría un remedio.

El periplo del tren fue tan accidentado que sus tripulantes hubieran merecido una bienvenida como romería. Pero sólo los esperaba en la estación su propio ruido y el cielo aclarándose poco a poco. Daniel, que a veces conseguía dormir como quien se muere, no perdió la modorra sino hasta que el tren dejó de arrullarlo con su estrépito. Abrió los ojos y vio a Emilia cerca de la ventana, con los brazos apoyados sobre los hombros de la pequeña Teodora, hablando en secreto como si fuera posible que aún les quedara algo por decirse.

Tras cuchichear un rato se abrazaron. Emilia besó a Teodora en las mejillas y se soltó llorando con una naturalidad que siempre provocaba en Daniel la misma mezcla de impaciencia y sonrojo. Ella daba poco con el llanto, pero cuando se lo permitía lloraba como quien se ríe, sin inmutarse ni por la opinión ajena, ni por el tiempo que pudiera llevarle salir de su congoja. Así la habían enseñado a llorar en su familia y si no hubiera sido por las quejas que Daniel soltaba cuando la veía hacerlo, jamás se le hubiera ocurrido pensar que su conducta era censurable.

Al verla iniciar aquel homenaje de adiós, Daniel abandonó el piso que le servía de cama, se pasó las manos por la cabeza despeinada, se abotonó la chamarra y carraspeó para ver si ella lograba tomarlo en cuenta de una buena vez. El tren se había quedado vacío y alrededor empezaban a amontonarse sus nuevos pasajeros. Era asunto de bajar al andén y echarse a las calles de la ciudad sitiada, peligrosa y fandanguera en que se había convertido la capital.

En la puerta de la estación tomaron un coche tirado por dos caballos flacos y le pidieron al calesero que los llevara hasta el zócalo. El hombre quiso saber si el lugar en donde pensaban hospedarse quedaba cerca del Palacio Nacional o era sólo por gusto que deseaban acudir a contemplarlo. De ser esta última la circunstancia, él recomendaba no acercarse por ese rumbo. En lo que iba del año, el palacio había cambiado varias veces de moradores, había estado en manos de un bando y otro, con el mismo ritmo que entraban y salían de la ciudad quienes se la peleaban. Esa misma mañana, el rumor era que los villistas y zapatistas, peleados entre sí, habían decidido cambiar al presidente. El zócalo sería una feria de confusiones. La ciudad toda no era el mejor sitio que una pareja pudiera visitar por gusto.

Emilia quiso ir directo a la casa de la colonia Roma. Sabía por Milagros que sus recámaras seguían

abiertas para ellos. Daniel la llamó aparte y le pidió que no escuchara los delirios del rumor público recogidos por un cochero. Terminaron dándole la vuelta a un zócalo desierto. Una puerta de la catedral se abrió a medias para dejar cruzar dos beatas. Un pregonero hizo sonar el silbato del carro en que asaba camotes. Una niñera atravesó cerca de ellos en busca de algún muerto con el que entretener al hijo de sus patrones.

Todos los días aparecían cadáveres regados, sin más dueño que el aire, muertos en mitad de la noche por quítame de allá estas pajas. Al anochecer no les recomendaba que salieran, porque según él a esas horas los revolucionarios andaban aún más sueltos que en el día y más borrachos que en la mañana.

Irritado por el palabrerío del cochero, Daniel le pidió que los dejara a las puertas de un café cercano. Emilia alegó que su estado de mugre no estaba para andar rodando por los cafés. Les urgía un baño.

– Primero está la paz interior y después la limpieza. Lo que nos urge es comer -dijo Daniel argumentando que nadie los vería mal, el mundo ya era de los pobres y de los mugrosos, gobernaban el país los soldados campesinos que habían viajado con ellos en el tren.

Bajaron del coche tras pagarle a su dueño una suma que les pareció estratosférica cuando la oyeron en pesos y ridícula cuando la trasladaron a dólares.

– Por diez dólares uno encuentra quien mate -dijo el conductor de la calesa-. Tengan cuidado de no enseñar que los tienen -recomendó lanzando una última queja contra los oídos de Daniel.

Entraron al café seguros de que el cochero mentía y de que un dólar no estaba cambiándose por tantísimos pesos convencionistas. Emilia todavía guardaba algún dinero del que había ahorrado en los Estados Unidos, donde el doctor Hogan le pagaba honorarios de médico no sólo por lo mucho que la quería, sino como parte de las ganancias que ingresaban mensualmente a la botica por la venta de los medicamentos inventados entre ellos y las cartas de Diego Sauri. A Daniel le quedaban dólares de los que Gardner le había mandado como pago de sus colaboraciones atrasadas, pero entre los dos no creían tener un capital que les permitiera gastar sin medida por demasiado tiempo. Los sorprendió que la cuenta por dos huevos fritos y tres panes dulces acompañados por un café con leche y una taza de chocolate, fuera escandalosamente mayor que tres años antes.

– Casi como un banquete de bodas -dijo Emilia preguntándose cuántos dólares le pedirían a cambio.

En tanto, Daniel se había distraído hablando con una mujer que cargaba un niño en el rebozo. Desmedrada y susurradora abrió un puño para mostrarle el brillante más original que él había visto en su vida. Lo ofreció en sólo seis veces lo que costaría pagar la cuenta del desayuno. Antes de que Emilia, perdida en el escándalo de que un plato de frijoles costara dos pesos, se diera cuenta de lo que sucedía, Daniel puso el dinero en la mano de la mujer y se guardó el anillo.

Mientras se preguntaban si alguien abriría la puerta de la casa de la colonia Roma, se detuvieron a contemplar su aspecto. Estaban sucios como un par de guerrilleros y parecían lo que eran: dos sobrevivientes urgidos del paraíso de camas blandas y tinas gemelas de las que Emilia había hecho uso cuatro años antes, sin pensar que alguna vez estarían entre sus anhelos más elementales. Después de media hora de tocar la campana, una voz atemorizada y chillona preguntó quién llamaba. Emilia reconoció el tono de Consuelo, la solterona que se encargaba de la casa cuando ella la visitó, y vio abierta la gloria que guardaba esa puerta.

Entró ofreciendo disculpas por su facha de náufragos terrestres, pero al cabo de unas frases cayó en la cuenta de que Consuelo había perdido la capacidad de sorprenderse. La casa conservaba su carácter elegante y solemne, pero algo había en el tapiz de los muebles y el blando palpitar de las alfombras que la hacía más acogedora, más como a su reformada cuidadora.

– Si supiera de dónde estamos saliendo, no gastaría sus fuerzas en disculparse por su aspecto -dijo Consuelo-. Al fin de cuentas usted, se vista como se vista, es una persona fina y merece cada una de las paredes con que nos complace albergarla.

Contó después que los meses anteriores, la casa había estado tomada en préstamo por un general villista, cuyo estado mayor se hospedaba en la residencia vecina. El hombre, más malhablado que ruin, consideró necesaria cierta privacía, y se instaló ahí todas las noches desde noviembre hasta hacía un mes, fecha en que el general Villa había hecho el favor de irse con su guerra a otra parte. Consuelo había atendido al hombre y a las tantas mujeres con las que dio en dormir, en todos sus caprichos, con tal de que no agarraran la casa por su cuenta. Se habían comido toda la despensa y hasta los vinos de la cava, pero ni un libro de la biblioteca, ni un plato ni una copa se había perdido.

Cuando terminó de contar su historia, segura de que nada peor podría haber traído esa revolución, se persignó y rogó por el alma de su sobrino Elías, un muchacho de catorce años que se había ido tras el general.

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