Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
– Por nosotros no te preocupes -le dijo Emilia, que lo veía estirar la cabeza, desesperado por ir al encuentro de las aventuras y pasiones que había abandonado dos meses antes. Extendió una sonrisa de princesa que otorga su conformidad para que alguien se suicide si así lo desea, y lo palmeó en la espalda sugiriéndole que fuera en busca de sus antiguos amigos.
Don Refugio hubiera podido empezar a jactarse de la veracidad de su pronóstico sobre la pareja, pero pensó que lo prudente era callarse y esperar sin problemas su ambicionada sopa. Tomó un bolillo de la panera y criticó un servicio que no traía la mantequilla al tiempo en que pedía la orden. Luego se puso a conversar con Emilia como si desde el principio hubieran estado solos, y le contó su vida. Había crecido en una hacienda del general Santa Anna, de donde lo recogió un cura jesuita cuya primera pasión en la vida fueron las matemáticas, las flores y los puntos de coincidencia entre religiones que el mundo consideraba opuestas. De él aprendió a leer y a escribir, a hacer cuentas, a cuidar jardines y a confundir la resurrección con la reencarnación. Cuando el jesuita murió, ciego y mal visto por quienes nunca entendieron la necesidad de conciliar los extremos, ni en las matemáticas, ni en la religión, ni en la política, Refugio tenía treinta y dos años. Encontró trabajo en la casa de un pintor de murales religiosos con el que vivió hasta que Porfirio Díaz alzó en armas al país, diciéndose liberal y protector de los pobres. Entonces estuvo dos años en el ejército, suficientes para aprender a cabalidad que lo mejor que uno podía hacer en la existencia era vivir pobre o rico pero siempre a buen resguardo de un ejército. La pobreza no se curó con el triunfo de Díaz y la vida volvió a regirse por la negación de un futuro promisorio para cualquiera que fuera un cualquiera. Refugio regresó a trabajar como jardinero en una hacienda de Morelos. Ahí se hizo al ánimo de casarse con una mujer de ojos bizcos y alma noble, que tras darle una hija murió a los quince días del parto. Fue poco después de semejante pérdida cuando empezó a reconocer en su interior los poderes adivinatorios. Presintió que su hija moriría de tifo y desde entonces se había dedicado a correr cada vez que sentía cerca la enfermedad. Peregrinó de una ciudad a otra, trabajando con un fabricante de campanas en Querétaro, con un notario en Veracruz, con unas putas en Córdoba, con el inventor de una despencadora de maguey en Tlaxcala, con un libanés que vendía telas cerca de Mérida, con un médico que curaba los huesos nomás tocándolos y con unas monjas milagreras encargadas de cuidar un santuario. En la ermita de las monjas, podando los rosales del atrio, había conocido a una viuda de buen ver que llegó desde Zacatecas a pedir los favores de la Virgen. Como lo que buscaba era un marido, a los tres días de no encontrarlo decidió que Refugio era el enviado de la madre de Dios, y le pidió matrimonio. Sólo para aceptar tal propuesta, Refugio resolvió no hacer caso de sus premoniciones, seguro de que todas le llegaban por el lado de su primera mujer, misma que con el caso debía estar tan celosa que por eso le hacía sentir peligros en los que no quiso pensar. De la viuda se enamoró a los cincuenta años como un chiquillo, a su amparo aprendió a comer con tenedores y a vestirse como patrón, a jugar ajedrez, a escuchar a Bellini y a dormir con ganas de que la noche le procurara sorpresas. Se vio en la obligación de abandonar aquel prodigio de mujer, que no había hecho sino cuidarlo como a un rubí desde el día en que tuvieron amores junto a la ermita, cuando soñó que los hijos de ella, que le odiaban y acusaron de braguetero desde el día en que llegó a Zacatecas, habían resuelto matarlo. Huyó de su ventura y desde entonces andaba por el mundo extrañando los brazos de la viuda y oyendo premoniciones, con la cabeza llena de futuro y mezcal, y el estómago lleno de tormentos cuando el mezcal daba con él como con un elegido en el que perpetrar sus maleficios. Vivía con una nieta a la que llamaba hija, una muchacha de quince años, enferma y encinta, pero febril y dichosa como una cabra en su primera vida. También Emilia le había resumido su biografía sin evitar detalle importante. Empezando con su apego a una madre dos veces inteligente a quien recordaba como una sonrisa entre las flores de su corredor y su devoción por un padre que cantaba como quien reza entre los tarros de porcelana y los libros antiguos de su botica, y terminando con su viaje a Chicago y su regreso en pos del hombre por el que había perdido el corazón a los cinco años y del que no pensaba separarse jamás. Cuando dijo esto sintió un aviso de temblor entre las pestañas, pero se lo tragó con una elegancia que don Refugio atestiguó considerándola lo mejor que le había pasado en muchos días, después por supuesto de la generosa comida que puso fin a su ayuno de tanto tiempo.
– ¿Entonces tú eres doctora? -le preguntó para ayudarla a esconder la emoción que la avergonzaba.
– Sí -dijo Emilia aceptando por primera vez, en voz alta, que también esa pasión la había tomado desde niña y que tampoco de esa quería separarse jamás.
– No te amohines, hay cosas que no tienen remedio -dijo el viejo acariciando con su mano huesuda y temblorosa la mano curva y clara de la muchacha-. Tú no lo sabes, pero le llevas muchas vidas a tu hombre -dijo y dedicó la siguiente media hora de su conversación a informarle cuántas reencarnaciones parecía llevar encima el espíritu que ella albergaba en su cuerpo.
Eran más de las seis de la tarde y un temblor de copas y juramentos tenía en vilo al lugar entero, cuando Daniel regresó a la mesa cargado de historias. Una más fantástica que la otra, las resumió durante la siguiente hora y media. Para Emilia, lo que pusieron en claro era que de todo ese pleito entre villistas, zapatistas y carrancistas, lo único definitivo era que los verdaderos perdedores serían los liberales, los de en medio, los como ellos.
– De nada sirve lamentar los tiempos en que se vive -dijo Refugio que para ayudarse a oír la cantidad de crímenes indescifrables, traiciones completas y esperanzas a medias de las que habló Daniel, había empezado a beber anís con brandy desde que lo vio llegar a la mesa.
– Refugio tiene una hija que está enferma -dijo Emilia interrumpiendo la euforia con que Daniel contaba las idas y vueltas de la revolución, como si fueran las anécdotas de un libro de suspenso.
– Nunca te importa lo que importa -contestó Daniel. La besó condescendiente y sugirió que empleara el resto de la tarde en visitar a la hija de Refugio, mientras él terminaba una conversación.
Emilia fue con don Refugio hasta el corralón en que vivía por el pueblo de Mixcoac. Ahí conoció a su nieta, frágil y risueña, empeñada en esconder la enfermedad que le había tomado el cuerpo con una violencia cuyos síntomas escondía. A solas, mientras Emilia la revisaba haciéndole preguntas, la muchacha le pidió guardar el secreto en tomo a la gravedad de todo lo que le sucedía, que dijera que así la tenía el hambre, total, había tanta hambre y tanta gente con su aspecto que quién iba a imaginarse algo peor.
– Si uno se ha de morir -le dijo-, mejor dar la sorpresa que andar fastidiando desde antes.
Su mal no tenía remedio. Emilia lo supo casi de mirarla. Pero descansar y comer bien la ayudaría a vivir más tiempo del que viviría trabajando hasta que su cuerpo, como el de un animal derrotado, no pudiera moverse. Le pidió que se dejara ayudar, que se estuviera quieta, que no madrugara para la ordeña, ni fuera con su marido a repartir la leche por la ciudad.
– No me pida que me muera desde hoy -le contestó la muchacha con un aplomo irrefutable.
Emilia prometió volver al día siguiente y se dejó acompañar por don Refugio y su pena borracha hasta la puerta de su casa en la colonia Roma.
– Se va a morir mi Eulalia ¿verdad? -le preguntó cuando iban de camino, sin detenerse a escuchar respuesta-. De remate, se van a ir estos cabrones que tanta hambre y tanto susto han traído, para que vengan unos todavía más cabrones. Eso te lo profetizo desde ahora: van a ganar los otros. Y sólo porque saben bien que eso quieren, ni siquiera porque sean más valientes o más vivos que éstos.
Emilia lo abrazó sin darle respuesta y entró a la casa. No tenía qué decir. Hubiera querido llenar su silencio con un palabrerío mentiroso que confundiera la certezas del viejo, pero no lo sintió digno de esa treta. Eran casi las once. Subió las escaleras segura de que Daniel ya estaría de regreso, pero Consuelo no sabía nada de él y se dedicó a estorbar sus cavilaciones con un parloteo sobre lo imposible que había sido conseguir en el mercado algo decente para ofrecerles de cenar. Todos los ultramarinos habían cerrado, no se sabía qué billetes valían ni por cuánto tiempo y a ella le urgía salir de los impresos por el gobierno en boga porque si, como decía la gente, acababan ganando los carrancistas, al cabo de un año ella tendría dos baúles de inservibles bilimbiques sobre los que llorar su dispendio.