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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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El día había sido generoso en desgracias con nombre, y él, acostumbrado a caminar entre cadáveres anónimos, había sentido verdadero espanto frente a los vivos a medias, pero con nombre, cuya podredumbre Emilia hubiera lamido si bastara con eso para curarlos.

– ¿Ésta es la redentora guerra que persigues? -le preguntó Emilia esa noche, tras beber de un trago media copa de aguardiente, y antes de probar el plato de frijoles que cuchareó junto con él y la hostelera.

– Así son todas las guerras -alegó Daniel. -Te lo dije -murmuró Emilia.

– Te crees perfecta -contestó él para iniciar el pleito que le urgía.

– Ella habla menos y hace más que otros -dijo la hostelera echando la leña necesaria para que ese fuego creciera.

Tras los deseos satisfechos, siempre queda un mundo que discutir. Se trenzaron en un litigio acompañado de tragos que terminó en el extremo de una borrachera triste como ninguna había conocido Emilia. Estaba rendida, y no necesitó demasiado aguardiente para incendiar su lengua y convertir su agravio de dos años en una colección de frases hirientes con las que se defendió bien de las ironías que Daniel usaba para hablarle de su valor como una prepotencia disimulada y de su entereza como una falta de sensibilidad a secas. Emilia aguantó una hora de aquel precipicio y después se dejó llorar como había querido hacerlo desde la mañana. Se le habían muerto en los brazos dos niños cuyo mal primero fue sólo falta de agua limpia, un soldado que había dejado el brazo bajo el caballo de su general y una mujer con la purulencia de un mal desconocido entre las piernas. No había tenido medicinas, le faltaba hilo limpio y tenía sólo dos agujas para suturar. Todas las curaciones que había hecho fueron sin un analgésico, y tuvo que mandar a morirse en su casa, por lo menos a seis personas que con diez días en un hospital como el de Chicago hubieran quedado libres de mal. Claro que esa guerra era una porquería, aunque así fueran todas las guerras. Ella no había querido enfrentarla, por eso había huido a otro mundo cuando la vio llegar, pero esa noche sabía de cierto que de esa guerra no podría irse nunca, aunque nunca la viera más que de lejos, aunque sólo le tocara rehacer su debacle y sus ruinas como mejor pudiera.

– Todas las guerras son mierda -dijo la gran gorda mezcla de tarahumara y valenciana, que escuchaba aquel pleito como uno más de los muchos pleitos entre borrachos que le había tocado avivar.

– Pero en todas hay héroes -contestó Daniel dando un trago largo de aguardiente.

Emilia lo miró como si hubiera dicho una verdad de nunca, y ambicionó para sí el alcohol que brillaba en sus labios, haciéndolo atractivo y heroico como no era diez segundos antes. Quiso esa imagen para tenerla siempre entre las cosas que guardara su alma, le chupó el aguardiente de la boca, y se lo fue llevando hasta la cama de tregua que a los dos les urgía.

XXII

No habían pasado más de tres noches durmiendo en el cuarto de cal y adobe que les rentaba la señora Baui, cuando Emilia Sauri ya le había impreso carácter de hogar. Sobre la destartalada cómoda instaló una foto del doctor Cuenca tocando la flauta, una de Josefa y Diego mirándose a los ojos y otra de Milagros Veytia sentada en el borde de una fuente. Después de transplantar dos cactus a macetas, los intercaló entre las fotos, compró un aguamanil de porcelana que vendía en la plaza del pueblo un campesino dedicado a hacer pesquisas por las haciendas abandonadas, colgó un chal con bordados sobre la cabecera de la cama y convirtió la habitación en un hueco festivo en cuyo ambiente se olvidaba la vida tosca y triste del pueblo todo.

Como el clima seco de aquellas tierras permitía dormir sin más albergue que un cielo negro punteado de espejismos, la hostelera convirtió su patio en hospital. Un hospital igual a tantos de los que crecieron en esas épocas, sostenido más en la abundancia de enfermos y el empeño curativo de algunos soñadores, que en su capacidad real para aliviar el pedazo de vida que las balas iban dejando en los cuerpos de tanto mexicano aguerrido. Los esfuerzos de Baui y la contumacia de Emilia las hacían empeñarse en la existencia del sanatorio, soñando como tantos otros que muchas cosas buenas pueden salir de la pura voluntad, cuando no hay otro sitio de donde sacarlas.

Emilia tenía trabajo desde muy temprano y hasta muy entrada la noche, pero volvía al cuarto de la posada peinada y resplandeciente como si volviera de bañarse en el río. Viéndola regresar una noche, Daniel la encontró más bonita que nunca. Tenía las mejillas encendidas de cansancio y algunas de las amapas lilas que llovían de un árbol crecido junto al pozo se habían quedado ensartadas a su pelo. Sin embargo Daniel la miró a medias, la besó sin ganas y siguió leyendo el periódico amarillento que había llegado al pueblo hacía quince días.

– No sabemos ni qué está pasando en otras partes. Daría igual estar presos -dijo.

Emilia no le respondió. Conocía bien esos síntomas y les tenía más miedo que a la fiebre amarilla, por eso procuraba negarle a su buen juicio el derecho a darles importancia.

– ¿Por qué serás tan rejego? Ven acá que te rasco la espalda -dijo acercándose a él tras un rato de silencio.

Daniel dobló el periódico y se tendió en la cama. Emilia recorrió con sus dedos los huesos de su espalda.

– No te voy a dejar sino hasta que se te quite la facha de perro encanijado -dijo.

– No se me quitará -contestó Daniel aflojando el cuerpo y las reticencias.

A ratos temía perder su condición de nómada, su certidumbre de que ninguna libertad era más verdadera que la de aquel que un día amanece en una cama y otro en otra, que no duerme más de un mes bajo el mismo cielo y no come en la misma mesa sino hasta antes de que los platillos que en ella se sirven corran el riesgo de volverse costumbre para su paladar. Tenía veneración por la Emilia que cruzaba su vida como una luz que si fuera permanente terminaría por cegarlo, por el amor que le guardaba entre sus brazos, indeleble y curioso como sólo son los amores al principio, y nada le daba más pánico que la idea de que ese cuerpo lo saciara alguna vez, hasta volverse indeseable. Cuando andaba solo por el mundo, cuando su cama era la tierra bajo un árbol, al acostarse dibujaba en el aire el camino inolvidable de sus cejas y se decía despacio que toda ella era perfecta, armoniosa y bien trazada, como esas líneas. Entonces la deseaba más que nunca, y el deseo lo hacía invulnerable y dichoso. No quería acostumbrarse a saciar ese deseo, no quería que llegara la tarde en que de tanto verla dejara de estremecerlo su estampa.

Cuidándose del riesgo que sintió llegar, Emilia empezó a dormir muchas veces entre los enfermos, pretextando urgencias o encontrándolas como el mejor remedio para posponer el día impredecible en que él decidiera que ya no estaban bien en donde estaban, que la vida se había vuelto igual y corría el albur de convertirse en rutina si algo impreciso y por lo mismo anhelable, no irrumpía a tiempo para salvarlos.

A fines de abril, un hombre que huía de la capital con todo y su familia llegó al hostal cargado de historias recientes. Habló con Daniel desde el mediodía hasta la madrugada, llenándolo de noticias y ansiedad. Mientras comían junto con Emilia y la hostelera, el tipo describió la entrada de los ejércitos campesinos a la capital del país, el momento en que Villa y Zapata contemplaron el desfile de sus tropas desde el balcón del Palacio Nacional, se sentaron en la silla presidencial para que ver qué se sentía, conversaron largo y confuso en Xochimilco, acordaron seguir luchando uno en el norte y otro en el sur, y luego abandonaron el centro político del país diciendo y diciéndose que a ellos los mareaban las banquetas, que gobernar no les interesaba, que para eso había licenciados y gente a la que podían dejar representándolos, con la advertencia de que los vigilaba un machete que les caería encima si no se portaban bien con los campesinos.

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