Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
Quién sabe qué era peor, si los días plagados de imágenes o las noches en movimiento oscuro, las noches de presagio, amontonados como bultos rodando entre bultos, al paso que marcaba el cansancio del tren desvencijado y polvoriento en que viajaban. No había en los vagones de ese tren ninguna rudeza destinada a ordenar la convivencia, cada quien hacía con el espacio que le tocaba, con su cuerpo y sus necesidades lo que le venía en gana. Había quienes prendían lumbre para echar tortillas dentro del vagón, utilizando los restos del terciopelo roto que aún quedaba en alguno de los escasos asientos, quienes orinaban en las esquinas o desde las ventanas, quienes dormían medio encuerados, maldecían a sus parejas o se les iban encima sin interesarse en lo más mínimo por la opinión de los otros viajeros. Al principio, Emilia se había empeñado en mantener en alto las dotes civilizatorias que con tanto cuidado habían puesto en ella sus padres, pero con el tiempo aprendió a guiarse como los otros pasajeros, según sus necesidades se lo pedían. Incluso se hizo al ánimo de esperar a la oscuridad de la media noche para levantar su falda y cobijar a Daniel bajo ella, en un juego que sobre la certeza de la muerte, revaluaba la vida en la trabazón de sus cuerpos.
Estaba en el aire que cada mañana podía ser la última y que era milagroso alcanzar cada noche para quererse en las tinieblas movedizas del tren, o a mitad del campo perfumado por unas flores que crecían diminutas sobre el zacate en que ellos se echaban, cuando la máquina de vapor tenía a bien descomponerse durante horas y horas de espera, que nada, sino el amor, entretenía de buen modo. Muchas veces, mientras Daniel escribía de prisa o conversaba con los soldados, Emilia se preguntaba qué hacía ella contemplándolo, sin más utilidad en el mundo que saberse a su disposición, sin más posible tarea que revisar a un herido para el que no tenía cura en sus manos, enfrentándose un día y otro al hecho de que la medicina no vale sin la ayuda que le dan las boticas. Saber que una mujer tendría cura con alguno de los brebajes que descansaban en los estantes de Diego Sauri y no tenerlo cerca, la enervaba tanto que dejaba de hablar, de reírse, de comer y hasta de necesitar el cuerpo que Daniel le ofrecía como consuelo. Aquel tren, visto por ella, tenía más enfermos que sanos, más débiles que recios, más gente necesitada de una cama y un tónico que de una pistola y un general tras el que irse a dar con la revolución. Pasaba horas preguntándose a la falta de cuál vitamina se deberían las manchas blancas que abundaban en el rostro de los niños, con qué antiséptico podrían remediarse las enfermedades venéreas que iban de entre las piernas de los hombres hasta las soldaderas y el fondo de sus tibias vaginas.
A lo largo del tren corrió la noticia de las habilidades médicas que adornaban a la muchacha del vagón amarillo, de que en su maletín cargaba remedios y en sus manos habilidades para suturar y poner vendajes, y de lo largo del tren fueron llegando a consultarla toda clase de dolientes a los que Emilia no podía ofrecer mucho más consuelo que el de escucharlos y darles recomendaciones para el momento en que dejaran de rodar y pudieran conseguir la yerba tal, el polvo cual.
Una mujer de su vagón llevaba cuatro días tirada en el piso con la cabeza entre las piernas, cuando a ella se le habían agotado los analgésicos la primera mañana, y las palabras el tercer día de verla sufrir. Maldijo su estancia en Chicago diciéndose que no había sido la mejor manera de aprender una medicina para vivir entre pobres, y con todas sus fuerzas invocó algún conocimiento con el que pudiera sacarse cura de la nada. Pero no encontró más que lo que había agotado ya, así que se acuclilló junto a la mujer que se quejaba tan quedo como aprenden a hacerlo quienes saben de siempre que su deber es no dar molestias, para acompañarla como única solución. Ahí estaba, sintiéndose más incapaz que nunca, cuando se les acercó una vieja pequeña y medio encorvada, diciendo que ella podría hacer algo. Emilia la miró segura de que tendría motivos para decirlo y se hizo a un lado con eso que en los últimos días había dado en considerar su inútil sabiduría de gabinete, para dejarle paso a la magia de la anciana. Con toda solemnidad, le dio su nombre y preguntó si podía quedarse cerca, para mirar. La curandera asintió con la cabeza como quien se espanta una mosca y quitándose el rebozo mostró dos manos fuertes y jóvenes que no parecían tener relación con la pequeñez y la aparente debilidad de su cuerpo envejecido. Con esas manos, con la nada que parecían tener entre ellas, empezó a sobar la cabeza de la enferma, muy despacio, como si buscara lugares precisos en los que detener la suavidad de sus dedos. Luego bajó a la nuca, a los párpados, a un hueco entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, a un punto exacto en las plantas de los pies en el que se detuvo más tiempo que en ninguna otra parte. Poco a poco la mujer dejó de quejarse y por fin consiguió el sueño que no había conocido en las últimas noches.
Acuclillada frente a la anciana con una devoción ostentosa, Emilia la miraba como si quisiera meterse dentro de ella.
– ¿Sabe usted acupuntura? -le preguntó a la mujer que parecía regresar de otro mundo.
– Yo me llamo Teodora, esto no sé cómo se llame -contestó la vieja volviendo a cruzarse el rebozo sobre el pecho.
– ¿Me enseña? -imploró Emilia.
– Lo que puedas aprender -respondió la anciana.
Al poco tiempo habían hecho pareja. Emilia iba tras la vieja por el destartalado tren, con la misma fiebre que había puesto al seguir a cualquiera de sus otros maestros, y no había detalle que se le fuera, ni pregunta que se callara, ni duda que Teodora no supiera acallarle.
– Es cosa de irle sintiendo -decía cuando Emilia sacaba a relucir nombres que la vieja ignoraba o dudas para las que según su saber no había más respuesta que la voluntad imponiéndose a la nada. A veces Emilia desesperaba, porque Teodora iba demasiado rápido y daba por sabidas demasiadas cosas. En una de ésas la mujer le preguntó cortante:
– ¿Te pregunto cómo le haces para coser agujeros? Se mira y se aprende, no hay más.
Luego se dispuso a suturar la herida de un enfermo, cosa que hasta ese momento había sido responsabilidad en todos los casos de la suave señorita del vagón amarillo.
Entretenían los días aprendiendo una de la otra cuanta cosa podían enseñarse. Emilia diría siempre que en ese intercambio ella consiguió la mejor parte. Sin embargo, Teodora la trataba con la deferencia que se debe a quienes saben muchas cosas de algo que siempre se ha querido saber.
Adivinar cuánto creería de todo eso que le oyó contar sobre los últimos descubrimientos científicos, la posibilidad de que los seres humanos guardaran sus principales emociones en el cerebro y no en el corazón, la importancia de los antisépticos y el agua limpia, las maravillas de la anestesia y otras modernidades, pero el caso es que tampoco ella se consideraba injustamente favorecida por el intercambio. Sentía por la muchacha un respeto equiparable al que Emilia sintió por ella tras verla trabajar la primera vez, y por eso le iba enseñando sus tesoros, sin menosprecio de los de ella, pero segura de que le harían falta para completar los delirios de su encendida vocación curadora. Poco a poco logró adiestrarla en su arte capaz de conjurar algunos males del cuerpo con la pura sabiduría de los dedos, y le fue regalando un montón de pequeños y grandes conocimientos de esos que Maimónides hubiera registrado ferviente de haberlos escuchado.
Al hablarlo con Daniel, Emilia llamaba curso de medicina itinerante a su venturoso encuentro con Teodora, y le agradecía cuatro veces por noche que la hubiera hecho seguirlo en un viaje tan fructífero. Daniel la veía cada tarde más flaca y más desarrapada, pero más intrépida que la anterior, cruzando frente a las desgracias que los primeros días la horrorizaban, con un respeto silencioso y una congoja austera que había aprendido a no externar, la veía hacer a diario el intento de peinarse los cabellos mugrosos, de limpiarse la cara o sonreír a ratos como si el mundo no estuviera desbaratándose, y entendió que la iba queriendo para siempre, como no querría nunca a nadie más.