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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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Empezaba a llover cuando la discusión llegó a un grado tal de encono entre los contendientes que Emilia ya no quería seguir escuchando. Esa tarde, ante las acusaciones de egoísmo y frialdad que la señorita Carmela utilizó para criticar a Daniel, porque a veces hablaba con una voz metálica que aunque no dijera nada hostil lo convertía en el hombre más hostil del mundo, el doctor Cuenca había sacado a relucir el virtuosismo con que el muchacho metía sus dedos en la tibieza del pubis que dormía con Emilia y se lo acariciaba hasta despertarle completo el cuerpo y hacer que de su garganta brotaran como luces las más extraordinarias onomatopeyas.

Segura de que ambos tenían razón, Emilia trató de ahuyentarlos agitando la cabeza como si ésa fuera la única parte de su organismo que entonces le estorbara. Cuando volvió en sí tenía las piernas cruzadas bajo el vestido y una mano sobre la otra para detenerse la ira que empezó a provocarle estar de nuevo esperando, con el ansia de siempre, la llegada impuntual de aquel extravagante con quien iba por la vida. Entonces vio entrar al comedor a un hombre delgado de ojos oscuros y rizos morenos que jalaba con elegancia de una traba a la que iban atados cinco baúles con ruedas. Lo vio de lejos acercarse y hablar con uno de los meseros. Vio cómo la cara del mozo cambiaba poco a poco con las palabras de aquel hombre y luego vio salir al cocinero que sonreía como en fiesta.

– El señor va con su biblioteca hasta la despensa del patio -le dijo a voces a un muchacho destinado a enseñarle el camino y ayudarlo con su equipaje.

Emilia se preguntó cuál sería la encomienda que un hombre así tendría que cumplir en el fondo de una cocina, cuando oyó a los meseros decir que por fin había llegado al hotel alguien capaz de componer el refrigerador.

Frente a la mesa en que bebía despacio un café frío, Emilia vio desfilar a una procesión rumbo a la cocina y la siguió.

Llegando ahí, todos se colocaron alrededor del nuevo huésped, frente al gran refrigerador vacío. El hombre abrió un maletín pequeño en comparación con sus baúles, pero grande en comparación con su figura que parecía hecha para no cargar nada jamás, y sacó un desarmador, unas pinzas, una llave inglesa, unos cables eléctricos. Después, abrió dos de los baúles que llevaba parados sobre ruedas y exhibió dentro cuatro libreros perfectos. El tiempo empezó a correr sobre la curiosidad general y la parsimonia con que el hombre se hundía en los libros y hurgaba como un médico en las tripas del refrigerador, que no servía desde mil novecientos trece, año en que hasta el último experto en aparatos eléctricos salió del país rumbo a Cuba. Una hora y varias consultas después, el refrigerador empezó a zumbar como un avispero y todos los que lo conocieron en salud coincidieron en que había recuperado su voz de siempre.

– ¿Usted de dónde es experto en refrigeradores? -le preguntó Emilia al señor de los baúles.

– Yo soy experto en libros -contestó él-. Me llamo Ignacio Cardenal. Es un placer conocerla -dijo inclinándose hasta la mano de Emilia.

– Emilia Sauri, para servirle -dijo Emilia.

– ¿Para servirme? Tenga cuidado con lo que dice.

– Es un modo de hablar, como decir mucho gusto -explicó Emilia deslumbrada con las maneras de aquel señor tan raro.

– Yo vengo de España -dijo el señor Cardenal- y ahí no se entiende así.

– Entonces me desdigo.

– En eso parece usted española.

– Soy mezcla -dijo Emilia.

– Buena mezcla -contestó Cardenal-. ¿Así les han quedado las demás?

– Ha habido de todo. Como en las enciclopedias -dijo Emilia.

– ¿Usted sabe de enciclopedias?

– Mi padre tiene una que adora y que me heredó en vida. Pero yo no la quiero tanto como usted a la suya: la dejo en mi casa cuando salgo de viaje.

Pues hace usted mal. Ya ve qué útiles resultan.

– ¿Lo ayudan a todo?

– Menos a venderlas.

– ¿Usted vende enciclopedias?

– Las hago, las empasto, las vendo.

– Las pasea.

– Vine a venderlas, pero me encontré con que les ha dado por la revolución. Ahora nadie compra nada para los días de ocio. Y el ministro ese que me dijo que viniera, pues se ha marchado.

El hombre, un español de habla educada y modales de intelectual, le contó a Emilia que había pasado por México hacía cuatro años, y que entonces le encargaron dos docenas de enciclopedias para las bibliotecas. Había vuelto con ellas, pero ni quien lo reconociera, ni quien las quisiera. Iba a tener que cambiarlas por unos días de hotel y un pasaje de vuelta, si alguien se las cambiaba. Si no, tendría que dedicarse a componer refrigeradores hasta juntar para el regreso.

Un dejo en su modo de hablar y en sus ojos inteligentísimos lo hacían tan atractivo y cercano como si fuera un conocido de siempre. Algo por el estilo debió pensar él de Emilia. Fueron a sentarse a una mesa y se pusieron a hablar como si les regalaran el tiempo. Ésa era una cosa buena de la guerra: todo estaba como suspendido, esperando a que algo que dependía de otros se resolviera en algún momento.

Mientras, el tiempo no iba a ninguna parte y la gente metida en él tampoco tenía que moverse demasiado. Esperar era la gran actividad de los que luchaban contra nadie. Y para esperar no había mejor cosa que un buen rato de conversación. Así que Ignacio Cardenal, el editor engañado, y Emilia Sauri, la médico sin hospital, pasaron el resto de la tarde platicando, como si se la debieran.

Bajo los rizos en desorden de su cabeza, Cardenal tenía una mente noble y un corazón ingenioso. Le describió a Emilia su vida y sus amores en España. Tenía una esposa guapísima a la que recordó como la mujer más fiera y bien plantada de Bilbao, y tres hijas paridas a semejanza suya y con los mismos ojos con que él había conseguido enamorar a la madre. Habló de su desproporcionado amor a los libros y de la bancarrota en que había ido dejando a su familia por causa de tan inútil amorío. Comparándose con el editor en quiebra, Emilia respondió hablando de Daniel, de la medicina, de sus maestros, de sus viajes, de su destino sin destino, de sus dudas. Salieron del restorán y caminaron por los alrededores del hotel como si la ciudad no estuviera llena de asaltantes y percances a la vuelta de cada esquina, como si el atardecer rebosara de luz y las chispas de lluvia que había dejado el aguacero no mojaran su cabeza y sus hombros. Les pareció hermosa la ciudad lastimada y oscura que recorrieron hablando sin tregua de sus vidas. Hubieran podido caminar toda la noche, pero un atisbo de sensatez y un hambre para la que no encontraron nada en su recorrido, los devolvieron al hotel cerca de las nueve, seguros de que en esa ciudad no había comida sino en sitios privilegiados. Se conocían para entonces bastante mejor que algunos que se llaman amigos de toda la vida. Comparaban el tamaño de sus manos cuando Daniel entró al comedor, impetuoso y sonriente, como si fueran las cuatro y cuarto.

– ¿Quién es éste? -le preguntó a Emilia señalando al español como a un intruso.

– Éste es el señor con el que he pasado la tarde conversando. ¿Quién eres tú? -le preguntó Emilia.

– Mucho gusto señor -dijo Daniel sin mirarlo, pero sin quitar sus manos de los hombros de Emilia.

– El gusto es mío -dijo Ignacio sabiendo a la perfección quién era Daniel y quiénes sus antepasados-. Usted será el caballero que tuvo a esta señora esperándolo toda la tarde.

– Yo no pretendo ser un caballero. Y la señora es mi mujer.

– No me dijo que estuviese casada -aclaró Ignacio.

– Más que casada -dijo Daniel mirando a Emilia.

– Peor que casada -dijo Emilia encarándolo-. Ignacio es mi amigo, le conté todo y no entiende cómo alguien con mi cabeza puede estar metida en algo así.

– ¿Tu amigo? ¿Cuándo han podido ser amigos un hombre y una mujer? ¿Y cuándo se mete uno con la cabeza en algo así? -siguió preguntando Daniel.

– Yo no dije que alguien con su cabeza -corrigió Cardenal-. Dije que alguien con la sabiduría de sus emociones.

– ¿Y éste qué sabe de tus emociones y sus sabidurías?

– Suficiente -dijo Emilia.

– ¿Me podrá decir entonces qué demonios quieres de mí? -preguntó Daniel.

– Te lo puedo decir yo -contestó Emilia-. Quiero que te estés quieto.

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