Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
El lugar estaba lleno de hombres bebiendo, pero ella no se intimidó con eso que le parecía un paisaje poco inquietante. Los hombres juntos tienen que beber porque si no tendrían que hablar a secas, y a secas los hombres no pueden hablar más que de negocios. Del fondo del túnel, acudió una mujer alta y gorda, con las facciones más perfectas que Emilia hubiera visto jamás señoreando un rostro. Tenía la voz ronca y las manos fuertes. Le preguntó qué deseaba, como se lo hubiera preguntado a una vieja amiga. Después le llevó lo que había, acomodándose cerca para verla cucharear mientras le preguntaba en hilera todo lo que quiso saber de ella. Desde a dónde iba y de dónde venía, hasta si no había encontrado muy dura la carne de caballo y los motivos por los cuales tenía los ojos hinchados como sólo se hinchan los ojos de llorar por las necedades de un hombre.
Emilia le contó todo lo que le cabía entre la blusa y la espalda, desde su pasión por la medicina hasta su endemoniada necesidad del hombre cuya foto llevaba apretujada en un relicario junto a la de sus padres y Milagros.
– ¿Y éste vale que lo llores tanto? No se le ve lo milagroso por ninguna parte -dijo la mujer tras revisar minuciosa el gesto del muchacho cuyo rostro sepia Emilia acariciaba con la punta de su índice. Siguió, sin detenerse a esperar respuesta, diciendo que ni para qué se lo preguntaba, que cada mujer tiene su necedad entre los pechos y que si ésa era la suya por algo debía ser, donde hasta había dejado la paz y los pasteles gringos para correr en busca de su cadáver. Emilia se deleitó escuchando su voz ingeniosa y ronca, hasta que la palabra cadáver la devolvió a la desazón que la regía desde que recibió el mensaje de Milagros. Viéndola estremecerse, la hermosa gorda se levantó del banco sobre el que plegaba su cuerpo igual que un elefante, y la cobijó entre sus brazos acariciándola como a un bebé. Le ofreció su casa para pasar la noche y volvió a la cocina diciendo que antes de hacerla entrar iba a traerle un agua con canela.
La cocina empezaba tras el último punto iluminado en el fondo del túnel. Desde donde estaba Emilia, no se veían sino una luz y un muro tras el que podría burbujear una cocina como la de su madre: con cada olla en un hueco para su tamaño, cada cazuela con un lazo de color, prendida a la pared en la que completaba un rompecabezas perfecto, y en el centro de todo, una ventana abierta al patio por la que se asomaban los jazmines como presagios. Soñaba la cocina de Josefa con la mirada puesta en la pared blanca que le impedía mirar la del hostal, cuando un hombre con la cabeza cubierta por un trapo salió a la luz llevando un tazón en la mano. Lo guiaba, a punta de cucharazos, la gorda hostelera, usaba un delantal cubriéndole las piernas, cojeaba un poco y era delgado como un pez. Emilia tenía los ojos tan cansados y el corazón tan confuso, que lo mismo podría estar viendo sólo un fantasma, pero vio frente a ella, completo y sin remiendos, a Daniel Cuenca.
– ¿Esto es tu alma? -preguntó la hostelera quitándole el trapo de la cabeza.
Emilia miró a Daniel de arriba a abajo como si necesitara unir los pedazos de su cuerpo para reconocerlo.
– ¿Qué te pasó en la pierna? -preguntó empeñada en controlar el temblor de su cuerpo.
– Me tropecé -contestó Daniel-. ¿Tienes frío?
– No sé -dijo Emilia acercándose para tocar con su mano la barba de muchos días sobre las mejillas de Daniel-. ¿Estás ahí abajo?
– Idéntico -aseguró Daniel.
– ¿No te habías muerto? -preguntó Emilia.
– Varias veces -contestó.
una seña de la hostelera todos los hombres apretados en su cantina se pusieron de pie y una canción burlona corrió por el salón.
– ¿Eso es todo lo que tienen que decirse? -preguntó la gorda.
– En público sí -dijo Emilia.
No se necesitó más para que la hostelera pusiera a su disposición la cama que había cobijado el escandaloso amor de sus progenitores, una española audaz y un tarahumara sin prejuicios. Doña Baui del Perpetuo Socorro, que era el nombre con el que esa mujer ostentaba el cruce de su origen, no aceptó a cambio el dinero que Emilia puso en su delantal como una flor en cuaresma, se lo devolvió alegando que después hablarían de eso y la ayudó a desaparecer tras la puerta y Daniel. Al día siguiente, se levantó temprano a difundir que en el segundo piso de su casa dormía una doctora.
Daniel tenía ese pueblo como su último centro de operaciones, y a él regresaba tras sus viajes por la sierra, sus visitas a los centros petroleros, sus idas y vueltas en trenes que no tenían más fin que ir y venir tomados por quien mejor los tomara. La zona había sido incluso rica, pero desde que cinco años antes la cruzaban por su cuenta las sublevaciones, jamás se tenía segura la cena de cada noche. Daniel pagaba su comida y su estancia en el hostal lavando trastes y pisos, cosa que para su fortuna alguien todavía necesitaba. Porque la gente había ido deshaciéndose de sus necesidades tanto y con tan buen empeño, que nadie necesitaba ya ni de un panadero ni de una costurera, mucho menos de un abogado convertido en periodista. Tampoco se apetecían buenas cocineras, porque para preparar la comida que podía encontrarse, bastaban fuego y un poco de voluntad. Las leyes eran algo que de momento estaba guardado en un cajón, esperando a ser necesario en un futuro más bien remoto, y los abogados, si no sabían lavar trastes o disparar una treinta treinta, eran completamente inútiles. De entre todos los profesionistas, los únicos respetados y necesarios por el rumbo eran los médicos. No importaba su grado de conocimiento ni mucho menos su especialidad, cualquier dentista sin título se buscaba como un trozo de oro. Así las cosas, Emilia y Daniel, que quién sabe cuánto tiempo hubieran podido pasar encerrados, lamiéndose, pidiendo perdón, cogidos de sí mismos, fueron bajados de su nube menos de cinco horas después de haber caído uno sobre otro.
Para las siete de la mañana habían llegado al hostal más de quince enfermos. Baui los había clasificado según sus dolencias, esperando a que Emilia despertara alguna vez del sueño de amores en que perdía su tiempo. Pero como luego de un rato de espera no se oía tras su puerta una palabra, la hostelera entró sin más al antiguo cuarto de sus padres y como si los cuerpos entreverados que vio frente a ella estuvieran conversando en una mesa de su cantina, les pidió que en cuanto acabaran su danza se vistieran, porque Emilia tendría que cambiar de actividad durante la mañana. El cíclope formado por Emilia y Daniel puestos en sí mismos, ni siquiera se turbó con la irrupción de la señora Baui: a ojos cerrados, siguió ejecutando la diligencia en que se había ocupado casi toda la noche. La hostelera aceptó que no le contestaran, porque entendió que le habían entendido, y antes de abandonar el cuarto sentenció que les daba diez minutos: tres para repatriarse del mundo en que andan y siete para lavarse y bajar.
Antes de las ocho ya estaba Emilia enfrentando a una clientela heterogénea y explosiva cuyas enfermedades iban del simple dolor de estómago a las
heridas más horrendas que sus ojos hubieran visto: brazos a medio arrancar, manos sin dedos, troncos con las piernas pudriéndose, cabezas desorejadas, tripas de fuera. En cualquier otra circunstancia el espectáculo que fue llamada a resolver la hubiera hecho llorar de impotencia, pero tocada como aún estaba por los bríos con que el amor exorciza la derrota, se propuso ir de uno en uno, de lo imposible a lo sencillo, buscando la solución para cada pena de las que se ponían en sus manos. Daniel, dueño de una humildad que ella no le conocía, estuvo dispuesto a ser su ayudante desde ese momento, y mientras iba tras ella, apuntando los nombres y las condiciones de cada enfermo, se maldecía por la impotencia que le impidió ser médico. Desde siempre se había sabido incapaz de contemplar el dolor sin inmovilizarse, y como aprendió que esa debilidad no debía ser propia de su género, prefirió no exponerse a mostrarla. Por eso no quiso estudiar medicina, por eso había existido entre él y su padre un abismo que sólo sortearon al final, por eso huía de Emilia y su facilidad para lidiar con las enfermedades y el dolor, sin turbar su ánimo. Varias veces, durante la mañana, quiso salir corriendo del ostentoso horror al que Emilia se enfrentaba, natural y comprensiva. Él quería desmayarse a cada tramo, aunque trataba de mirar lo menos posible, concentrado en el nombre del enfermo que escribía despacio junto a su edad y sus síntomas. Emilia pensó en salir primero de los heridos graves y de los niños, pero casi todos los enfermos eran niños y heridos de guerra. Una parturienta no hubiera tenido en esos rumbos la imprudente idea de quitarle su tiempo al médico. Así que los tomó a todos a la vez, en un esfuerzo que Daniel aseguró que sólo conduciría al caos, pero que con la ayuda de la gorda hostelera, de su voz de comandante y su capacidad organizadora, se convirtió con el paso de la mañana en una actividad no sólo posible, sino casi bien ordenada. Viéndola transitar entre los enfermos, Daniel supo que Emilia era más fuerte que él, más audaz que él, menos ostentosa que él, más necesaria en el mundo que él con todas sus teorías y todas sus batallas. ¿A qué podía ella temerle si no la había inmutado el cuerpo lleno de hoyos de un hombre que sobrevivió a su fusilamiento?