Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 69
Перейти на страницу:

Semejantes historias alarmaron a Daniel. Para cualquiera con un poco de información estaba claro que dejar la capital por el campo equivalía a perder el poder que alguien más ambicioso y tan arbitrario tomaría para sí más pronto que tarde.

Fue a buscarse una botella de aguardiente. Cuando volvió, Emilia lo besó antes de irse al hospital. Embebido en la conversación, Daniel apenas registró su ausencia. Lo que el hombre contaba, era lo único que él deseaba notar. La guerra seguía por todas partes, la gente en la ciudad de México pasaba hambre y terrores, vivía a merced de los devaneos que cada bando le impusiera al tomarla para después abandonarla. No se sabía en qué iba a acabar todo eso, ni siquiera parecía verse que alguna vez fuera a acabar.

Un aguardiente tras otro, Daniel dio en repetir que lo importante era encontrar un poder que favoreciera a los más débiles. Maldecía la hora en que el país se había tragado la generosidad de la causa que lo alzó en armas y había ido perdiendo su destino en manos de hombres insaciables y sanguinarios. Emilia intentó ponerle fin al abismo de tal conversación cuando volvió al comedor en la noche, pero Daniel estaba demasiado necesitado de hablar y de beber como para irse a la cama. Emilia lo dejó ahí. Estoy cansada, dijo para no decirle estás insoportable.

Era de madrugada cuando Daniel llegó al cuarto, tambaleándose de borracho. Repitiendo cosas desordenadas sobre el horror inútil de una contienda y otra, preguntándose qué había sido de los estúpidos ideales y con qué derecho los caudillos tiraban a la basura la pureza de una causa por la que habían muerto los mejores hombres. Furioso contra sí mismo y de paso contra Emilia, la despertó para quejarse de la suerte que lo había mantenido lejos de lo fundamental. Porque mientras pasaba tanta cosa grave, ellos habían estado ahí mirándose las caras, fingiendo un matrimonio, acurrucados en una paz que distaba mucho de ser la que regía al país.

Todo el día siguiente anduvo pateando las paredes, furioso contra lo que llamaba su debilidad, su falta de profesionalismo, su desidia, su cualquier palabra que encubriera de golpe el hecho sencillo pero inexpugnable de que Emilia lo había tomado entre sus manos y había hecho que se olvidara de todo para ponerse a hacer su santa voluntad por demasiado tiempo. Mientras caminaba de un lado a otro con su rabieta a cuestas, iba soltando lamentos y reproches en los que la culpaba por haber llegado al pueblo unas horas antes de que él lo abandonara, impidiéndole seguir con su deber tras la guerra, logrando que se olvidara del trabajo periodístico que era al fin de cuentas lo único que le quedaba en la vida.

Apenas la mañana anterior Daniel le había dicho diez veces al oído que nada en el mundo lo alegraba como ella, que no conocía destino mejor que su cuerpo. Emilia iba a gritarle una colección de insultos acuñados por las perfectas iras de su tía Milagros, cuando la prudencia de su madre le sopló una manera más eficaz de apaciguarlo, sin desmedro de su honor y su garganta. Contuvo la furia con que iba a responderle y bajó a avisarle a Baui que se irían con el primer tren que pasara por el pueblo. Luego volvió al cuarto en el que había dejado a Daniel hablando solo y en cinco minutos descolgó su chal de la pared, guardó las fotos, dobló la frazada que había cargado desde Nueva York y llenó una valija con dos mudas para cada quien. Mientras hacía todo esto, el discurso de Daniel empezó a palidecer hasta resumirse en una pregunta destinada a saber a dónde pretendía irse.

– A la guerra -contestó Emilia.

Daniel revisó su aspecto de viajera dispuesta y le preguntó qué pensaba hacer con su hospital. Entonces ella bajó la cabeza un segundo y la levantó tras morderse un labio hasta sacarle sangre. Ya estaba encargado y no hacía falta una palabra más. Daniel la miró sin saber cómo enfrentar una actitud tan distinta de la que pretendió conseguir con su berrinche. Suponía que tras tanto grito Emilia lo dejaría ir solo a la guerra y el desorden que ella tanto abominaba. En cambio, respondía del modo opuesto a como había respondido en San Antonio. Debió preverlo, por herencia esa mujer era impredecible. Pasó en silencio un rato largo, mirando su imagen internarse poco a poco en la penumbra que llegaba con la noche.

– Eres una caja de sorpresas. A veces te detesto -le dijo al fin dando una última patada contra la pared.

– Puedes sentirte bien correspondido -le contestó Emilia.

– Vamos pues a la guerra -dijo Daniel.

Pasó un tren cuatro días después. Lo oyeron silbar a lo lejos, cuando casi habían abandonado la esperanza de oírlo alguna vez. Baui perdió el aire que guardaba en sus enormes pulmones y sintió el terror de ir a quedarse convertida en médico de buenas a primeras. Subió corriendo a rogarle a Emilia que no la abandonara con todo. Pero no obtuvo de ella sino un montón de besos y una ampliación rápida de las mil recomendaciones que le había ido dando durante el tiempo en que trabajaron juntas. Mientras bajaban la escalera, Baui alegaba que nadie se vuelve médico con mes y medio de andar atisbando, pero como su palabrerío no logró conmover a Emilia, terminó soltándose a llorar. Nunca en sus cuarenta y siete años de vida en el desierto había conocido esa mujer el llanto. Y el agua mojando sus redondas mejillas la sorprendió de tal modo, que sólo porque el tren se había puesto en marcha tuvo que hacerse al ánimo de no consultar más médico que ella misma. Con la mano derecha Emilia iba colgada de un tubo en la puerta del vagón, así que agitó la izquierda, en la que sostenía su maleta, para despedirse de la hermosa gorda que tanto le había dado, que hasta un montón de lágrimas le regalaba como despedida.

– Si se han de morir, que no les duela -le gritó desde lejos.

Fue volviéndose un punto en el horizonte polvoso. Emilia se bebió las dos gotas de sal que le corrieron por la cara desde los ojos oscuros y trémulos con que veía a su amiga perderse en el paisaje. Buscó a Daniel que ya se había trepado al techo del vagón y desde ahí la llamaba con la misma voz con que ella recordaba siempre sus llamados a lo imprevisto. Había recuperado la luz con que miraba cuando la vida era un albur, y le extendía una mano que ella no intentó, ni hubiera podido alcanzar. Lo dejó instalarse entre los miembros de una tropa cuya filiación era más bien imprecisa y buscó un lugar para sentarse en el piso que se disputaban los niños, animales y braceros de una banda de mujeres que cantaban como si algo tuvieran que celebrar.

Lo supo desde la primera jornada: jamás olvidaría ese viaje. La experiencia del horror vuelto costumbre no se olvida jamás. Y tanto horror vieron sus ojos esos días que mucho tiempo después temía cerrarlos y encontrarse de nuevo con la guerra y sus designios. Sólo Daniel podría haberla metido en semejante pena y sólo siguiéndolo pudo ella tragarse la podredumbre y el dolor como algo inapelable. Cruzaba el tren frente a una hilera de colgados con las lenguas de fuera, y ella se abrazaba a Daniel para exorcizar el desfiguro de esas caras, la efigie de un niño tratando de alcanzar las botas en el aire de su padre, el cuerpo doblado sobre sí mismo de una mujer pegando de gritos, los árboles inmutables uno tras otro, cada cual con su muerto como la única fruta en el paisaje. Se abrazaban incapaces de cerrar los ojos, con el asombro de la primera visión negándoles el derecho a perderse las siguientes. Varias horas y pocos kilómetros después, encontraban una procesión de harapientos huyendo de otra, un tiroteo de hombres a caballo contra los viejos inservibles, los niños viejos y las mujeres sorprendidas tras casas incendiándose de las que salía un olor que entraba hasta los huesos y poblaba la imaginación de infamias. A veces, el tren se detenía una jornada completa con la instrucción de esperar a que pasara un general a dejarle su carga de soldados purulentos y llevarse del suyo una nueva redada de inocentes ansiosos de jugar con las balas. Entonces Emilia temblaba pensando en que alguno pudiera llevarse a Daniel, como se llevaban a los hombres de soldaderas abandonadas en el vagón dentro del cual se escuchaban sus voces apagarse, interrumpir el canto para llorar su desconcierto y empezarlo después, como una murmuración: nada me importa perder la vida, si es cosa de hombres morir, morir.

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 69
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)