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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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Todo por culpa de Nafai.

Nafai corrió a ciegas, sin rumbo fijo. Sólo cuando se apartó de la muchedumbre y se encontró en un espacio abierto procuró calmarse para pensar dónde estaba y qué debía hacer. Se encontraba en la Vieja Pista de Baile, otrora un espacio tan vasto como la Orquesta de Villa de las Muñecas, que la había reemplazado siglos atrás. Pero ahora los edificios la invadían por doquier. Había perdido su redondez y hasta la forma de cuenco del anfiteatro se perdía entre las casas y tiendas. Pero aún era un espacio abierto, y allí se quedó Nafai, mirando el cielo, rosado hacia el oeste, gris hacia el este. Anochecía y Nafai no sabía si aún lo estaban siguiendo. Algo era seguro: en la oscuridad, en esa zona de la ciudad, las multitudes desaparecerían y sería mucho más fácil matarle a escondidas. Su loca carrera lo había alejado de la seguridad y no sabía qué hacer.

—Nafai —llamó una voz infantil. Dio media vuelta. Era Luet.

—Hola —saludó. Pero no tenía tiempo para charlas. Tenía que pensar.

—Pronto —dijo ella.

—¿Pronto qué?

—Ven conmigo.

—No puedo. Tengo que hacer algo.

—Sí. Tienes que venir conmigo.

—Tengo que largarme de la ciudad.

Ella lo cogió por la camisa y se irguió de puntillas con el propósito de mirarlo a los ojos, pero sólo quedó colgada de la camisa como una marioneta. Nafai rió, pero ella no le vio la gracia.

—Escucha, hombre ocupado, ¿has olvidado que soy una vidente del Alma Suprema?

Sí, lo había olvidado. Incluso había olvidado que al acudir en medio de la noche ella había salvado a Padre de la conspiración de Gaballufix. Comprendió que había cosas que ella aún ignoraba sobre aquel punto. Se creyó obligado a ponerla al corriente.

—Elemak y Mebbekew eran cómplices de la conspiración —dijo—. Pero creo que Gaballufix les mintió acerca de sus propósitos.

Luet no tenía paciencia para esos farfulleos.

—¿Crees que ahora me importa? Te están buscando, Nafai. Lo he visto en un sueño… un soldado con manos ensangrentadas merodeando en las calles. Supe que tenía que encontrarte. Para salvarte.

—¿Cómo puedes tú salvarme a mi?

—Ven conmigo. Conozco el camino.

Nafai no tenía una idea mejor. Más aún, cuando trató de pensar en una alternativa, la mente se le quedó en blanco. No podía retener el pensamiento. Comprendió que era un mensaje del Alma Suprema, que lo instaba a acompañarla. El Alma Suprema la había enviado, así que debía acompañarla adondequiera que lo llevara.

Ella le tomó la mano y lo sacó de la Vieja Pista de Baile, tomando por la calle del mismo nombre, hasta que llegaron a un punto donde se hacía más estrecha y a una encrucijada donde doblaron a la izquierda.

—Hemos perdido nuestra fortuna —dijo Nafai—. Y por mi culpa. Sólo que Rashgallivak nos traicionó.

—Cállate —le ordenó Luet—. Este vecindario no es respetable.

Tenía razón. Estaba oscuro y la calle continuaba entre casas viejas, derruidas y mugrientas. Había pocas personas y todas tenían un aire furtivo.

Doblaron en un par de recodos bruscos y desembocaron en la Calle del Manantial, cerca del sitio donde descendía al bosque sagrado. En ese momento Nafai vio un grupo de soldados que montaban guardia como si supieran que él aparecería allí. Quiso girar sobre los talones para huir, pero por la calle que acababan de coger se aproximaban un par de hombres cuyas espadas energéticas refulgían en la oscuridad.

—Buen trabajo, Nyef —rezongó Luet—. Tal vez no se hubieran fijado en nosotros, pero ahora sí parecemos sospechosos.

—Ya saben quiénes somos —dijo él, señalando a los hombres que avanzaban por la calle oscura.

—Bien. Esperaba entrar por el camino fácil, pero habrá que conformarse con éste.

Le cogió la mano y lo arrastró por la Calle del Manantial, alejándose de la ciudad y acercándose al Bosque Sagrado. Nafai sabía que era lo más estúpido que podían hacer. En los lindes del bosque no habría testigos. Los asesinos podrían salirse con la suya. Si Luet imaginaba que Nafai era un hábil luchador, capaz de desarmar o matar a los atacantes, pronto descubriría la triste verdad de que jamás le había interesado pelear y no tenía la menor preparación. No recordaba haberle pegado a nadie en un arrebato de furia, ni siquiera a sus hermanos mayores, pues resistirse contra Meb o Elemak sólo empeoraba las cosas. Nafai era corpulento para su edad, el más alto de los hijos de Wetchik, pero eso no significaba nada en una refriega.

Al internarse en la oscuridad del extremo de la Calle del Manantial, los matones se envalentonaron.

—Muy bien —murmuró uno, aunque en voz audible para Nafai y Luet—. A las sombras. Ahí entablaremos nuestra conversación.

—No tenemos nada que podáis robarnos —respondió Luet con voz asustada y trémula. Pero Nafai, por la firmeza de su mano, supo que ella no estaba temblando.

Aunque él sí estaba temblando.

—A las sombras —repitió el hombre.

Así que le obedecieron. Se internaron en la oscuridad, bajo los árboles. Pero, para sorpresa de Nafai, no se detuvieron, ni giraron al sur para bordear el bosque y regresar a la ciudad por la próxima cal e. Ella lo conducía directo hacia el este. Cada vez se internaban más en la zona prohibida.

—No puedo ir allá —objetó Nafai.

—Cállate. Tampoco pueden ellos, a menos que nos oigan hablar y sigan el sonido.

Nafai contuvo la lengua y la siguió. Al cabo de un trecho el terreno comenzó a descender, pareciéndose más a un barranco que a un declive, y el avance se volvió dificultoso. El cielo estaba totalmente oscuro, y aunque ya habían caído muchas hojas, la sombra de los árboles era muy profunda.

—No veo nada —susurró Nafai.

—Yo tampoco —respondió Luet.

—Detente. Escucha. Quizás hayan dejado de seguirnos.

—Sí, han dejado de seguirnos. Pero no podemos detenernos.

—¿Porqué no?

—Tengo que sacarte de la ciudad.

—Si me sorprenden aquí, el castigo será terrible.

—Lo sé. Y también para mí, por traerte.

—Entonces llévame de vuelta.

—No. El Alma Suprema quiere que vayamos allá.

Resultaba difícil andar cogidos de la mano. Ambos necesitaban las dos manos para abrirse paso por la escabrosa ladera del peñasco. No hubiera sido un descenso tan peligroso a plena luz del día, pero en la oscuridad quizá no vieran un precipicio mortal, así que debían andar a tientas a cada paso. Al menos en esa cuesta los árboles eran más escasos, así que la luz de las estrellas comenzó a ayudarles. Al menos, así fue hasta que llegaron a la niebla.

—Ahora tenemos que detenernos —dijo Nafai.

—Sigue bajando.

—¿En la niebla? Nos perderemos en la cuesta, caeremos y moriremos.

—Es buena señal. Significa que hemos hecho la mitad de trayecto hasta el lago.

—¡No pensarás llevarme al lago!

—Silencio.

—¿Por qué no me tiro de cabeza, pues, y les ahorro el esfuerzo de matarme?

—Cállate, hombre estúpido. El Alma Suprema nos protegerá.

—El Alma Suprema es un enlace por ordenador con satélites que están en órbita de Armonía. No tiene máquinas mágicas para cogernos en el aire si nos caemos.

—Nos está alertando —dijo Luet—. Al menos me está ayudando a mí a encontrar el camino. Podrías dejar de hablar y dejarme escucharla.

Pasaron horas bajando por la niebla, o eso creyó Nafai, pero al fin llegaron al fondo. Hierba en una llanura, y después barro.

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