La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #1
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-663-0082-1
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Rashgallivak perecía incómodo.
—Gaballufix mencionó que una pequeña parte se podría deducir para afrontar los actuales gastos, pero tu padre también hubiera aportado para ello, si aún estuviera en su sano juicio.
—Te ha tomado por tonto —dijo Elemak—, y también a mí. A todos nosotros.
Rash miró Gaballufix, obviamente preocupado.
—Tal vez debiéramos convocar al consejo para deliberar sobre esto —apuntó.
—El consejo ya se ha reunido —contestó Gaballufix.
—¿A cuánto ascienden los gastos del clan? —preguntó Rashgallivak.
—Una bagatela. No pierdas el tiempo preocupándote por eso. ¿O eres tan indigno de confianza como Volemak y sus hijos?
—¿Ves? —dijo Elemak—. Ya empieza… haz lo que Gabya quiere o dejarás de ser el mayordomo de la fortuna Wetchik.
—La ley es la ley —sentenció Gaballufix—. Y ya es hora de que estos jovenzuelos derrochones se marchen de mi casa antes de que los acuse del asesinato de su padre.
—Antes de que digamos otra cosa que ayude a Rash a ver la verdad, querrás decir — replicó Elemak.
—Nos iremos —dijo Mebbekew—. Pero esta cháchara acerca del consejo del clan Palwashantu y nombrar Wetchik a Rashgallivak es orina de rata. Eres un ladrón, Gabya, un ladrón asesino y embustero que hubiera matado a Roptat y a Padre si no hubiéramos abandonado la ciudad tal como lo hicimos, y no dejaremos nuestra fortuna familiar en tus sangrientas manos.
Mebbekew se abalanzó sobre las joyas y cogió una bolsa.
Al punto los soldados acometieron contra los cuatro. En un santiamén le arrebataron las joyas y sin mayor ceremonia los expulsaron del salón, los empujaron por las puertas y los arrojaron a la calle.
—¡Largo de aquí! —gritaron los soldados—. ¡Ladrones! ¡Asesinos!
Nafai aún no entendía lo que había ocurrido cuando Mebbekew le cogió la garganta.
—¡Tenías que poner todo el tesoro en la mesa!
—Pensaba quedárselo de todos modos —protestó Nafai.
—Callaos, tontos —ordenó Elemak—. Esto no se ha terminado. Nuestras vidas no valen nada… Tal vez tenga hombres aguardando para matarnos en las cercanías. Y recordad lo que Rasa me dijo hoy: No confiéis en ningún hombre. —Repitió la frase, cambiando un poco el énfasis—: No confiéis en ningún hombre. Nos reuniremos esta noche donde dejamos los camellos. Daremos por muerto al que no haya llegado allí al alba. Ahora corred… y no vayáis a ningún sitio donde os puedan estar esperando.
Elemak echó a andar hacia el norte. Al cabo de unos pasos giró sobre los talones.
—¡Vamos, tontos! Mirad… ¡Ya hacen señas a sus matones! Nafai vio que uno de los soldados del porche de Gaballufix alzaba un brazo y señalaba con el otro.
—¿A qué velocidad puedes ir con esos flotadores? —le preguntó Nafai a Issib.
—A mayor velocidad que tú —respondió Issib—. Pero a menos velocidad que el haz de un pulsador.
—El Alma Suprema nos protegerá —dijo Nafai.
—Bien —dijo Issib—. Ahora muévete, tonto.
Nafai agachó la cabeza y se internó en la muchedumbre. Había corrido un centenar de metros hacia el sur por la Calle de la Fuente cuando se volvió para ver por qué la gente gritaba a sus espaldas; Issib se había elevado una veintena de metros y desaparecía detrás del tejado de una casa que estaba frente a la de Gaballufix. No sabía que podía hacer eso, pensó Nafai.
Y mientras echaba a correr, pensó que quizás Issib tampoco lo supiera.
—Allá va uno —rugió una voz áspera.
De pronto un hombre le cerró el paso, espada energética en mano. Una mujer jadeó; la gente se apartó. Pero casi sin saber que lo sabía, Nafai sintió la presencia de un hombre a sus espaldas. Si retrocedía ante el hombre de la espada, caería en manos del verdadero asesino, que aguardaba detrás.
Así que Nafai se lanzó hacia delante. Su enemigo no esperaba que ese jovenzuelo desarmado embistiera, y su estocada falló. Nafai le asestó un rodillazo en la entrepierna, alzándolo en vilo. El hombre gritó. Nafai lo apartó de un empellón y corrió con todas sus fuerzas, sin mirar atrás, y mirando adelante sólo para esquivar a la gente y cuidarse del vibrante fulgor rojo de otra espada, o del caliente rayo blanco de un pulsador.
13. FUGA
Issya nunca había tratado de elevarse tanto con los flotadores. Sabía que respondían a la tensión muscular, que cuando él apretaba un flotador éste se «clavaba» en el aire. Pero siempre había creído que la posición era relativa al suelo. No estaba del todo equivocado: cuanto más se elevaba, más tendían los flotadores a «resbalar» hacia abajo, pero aun así pudo escalar el aire hasta llegar a la altura de los tejados.
Todos lo miraron, naturalmente, pero eso era lo que quería. Miradme, y hablad del joven inválido que «voló» hacia el tejado. Los matones de Gaballufix no se atreverían a dispararle ante tantos testigos, y menos frente a la casa de su jefe.
Pronto comprobó que no había nadie en los tejados, así que los usó como una especie de carretera, deslizándose entre pozos de ventilación y chimeneas, cúpulas y huecos de ascensores, lomas y árboles de los jardines altos. Una vez sorprendió a un anciano que reparaba la mampostería del parapeto de una viuda; el tamborileo de una teja rota preocupó a Issib un instante, pero al volverse vio que el hombre no se había caído, sino que miraba a Issib boquiabierto. ¿Esta noche circularán rumores, se preguntó Issib, sobre un joven semidiós que sobrevoló Basílica, tal vez enamorado de una mortal de incomparable belleza?
Era una manzana excepcionalmente larga, pues se había construido sobre varias calles de la zona. Había recorrido un buen trecho sin descender a la calle, sin duda a más velocidad que sus perseguidores. Siempre era posible que Gaballufix tuviera sicarios apostados en las puertas de la ciudad; si había una emboscada, sería en la Puerta Trasera, la más cercana a su casa. Así que Issib no pudo permitirse el lujo de descuidarse cuando descendió a la calle.
Pero antes de alejarse de los tejados, echó una mirada nostálgica a la roja muralla de la ciudad. El sol aún estaba alto, partido en la mitad por la muralla. Ojalá pudiera sobrevolarla. Pero sabía que la muralla estaba erizada de dispositivos electrónicos, incluidos los nodos que generaban el campo magnético que alimentaba los flotadores. Era imposible cruzar por allí. El diminuto ordenador que llevaba en el cinturón nunca ecualizaría el violento choque de fuerzas encima de la muralla.
Llegó al linde de un tejado y descendió hacia la muchedumbre. Era el extremo de la Calle Sagrada, por donde se permitía la circulación de hombres. Muchos notaron su descenso, pero en cuanto llegó a la calle flotó a poca altura y se confundió con el tráfico. Que un matón intente dispararme ahora, pensó. En cuestión de minutos llegó a la puerta. Los guardias reconocieron el nombre en cuanto el lector de pulgares lo proyectó en la pantalla y le palmearon la espalda para desearle suerte.
En Puerta Trasera no había desierto, sino los lindes del Bosque Sin Sendas. A la derecha estaba la tupida selva que volvía inaccesible el lado norte de Basílica; a la izquierda sinuosos arroyos, sofocados por árboles y matorrales, descendían de las irrigadas colinas a las áridas rocas del desierto. Para un hombre normal habría sido un viaje de pesadilla, a menos que supiera el camino, como Elemak. Para Issib se trataba de eludir los obstáculos más altos y flotar cuesta abajo hasta perder la ciudad de vista. Se guió por el sol hasta llegar a la meseta del desierto. Luego enfiló hacia el sur, cruzando el Camino Seco y el Camino del Desierto, hasta que en el ocaso llegó al lugar donde habían escondido su silla.
Los flotadores estaban en el límite del campo magnético de la ciudad y le resultó difícil maniobrar para acomodarse en la silla. La silla sólo representaba dificultades y limitaciones. Aun así, tenía sus ventajas. Diseñada como silla multiuso para inválidos, poseía un terminal conectado a la principal biblioteca pública de la ciudad cuando estaba al alcance, con diferentes interfases para personas con diversas incapacidades. Incluso comprendía ciertas palabras clave y podía pronunciar las palabras más comunes de varias lenguas. Si no existieran los flotadores, la silla hubiera sido el objeto más preciado de su vida. Pero había flotadores. Cuando los usaba, era un ser humano normal que además gozaba de ciertas ventajas. Cuando no podía usarlos, era un inválido sin ventaja alguna.