El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
– ¿Era dinero para rodar la película o… para qué?
– No lo sé. Nunca había visto al tipo, ni volví a verlo.
Kate intentó reflexionar al respecto. ¿Pruitt subvencionaba el negocio de vídeos de Trip o fue una sola vez? La cabeza le daba vueltas.
– Janine, ¿sabías que Elena hacía películas para Trip?
Janine asintió lentamente.
– Necesitaba dinero.
Kate se quedó sorprendida. ¿Por qué Elena necesitaba dinero? Y en tal caso, ¿por qué no había recurrido a ella?
– ¿Acaso Trip la chantajeaba con las películas?
– No lo sé. -Janine se soltó, chocó contra la mesita auxiliar, hizo que un delicado jarrón de cristal acabara hecho añicos en el suelo. Se agachó lentamente y recogió un fragmento de cristal de color violeta claro-. Ya sé lo que piensas. -Ladeó la cabeza para alzar la vista hacia Kate con el rostro crispado y esforzándose por contener las lágrimas-. Que yo soy una puta y que ella era una santa. Crees que le tenía celos, que quería hacerle daño porque le iba mejor que a mí. Pero no es cierto. Nunca le habría hecho daño.
Kate le tendió la mano, pero era demasiado tarde. La joven cerró el puño alrededor del trozo de cristal.
– Oh, mierda. -Kate se acercó a Janine y la tomó del brazo-. ¿Dónde está el fregadero?
Janine señaló débilmente con la cabeza hacia una puerta de vaivén situada al lado de la entrada del extravagante apartamento.
Janine se inclinó sobre el fregadero, llorando en voz baja. Observó el trapo de cocina con el que Kate le había envuelto la mano; contempló las pequeñas manchas de sangre que afloraban como nenúfares.
– ¿Cómo conoció Elena a Trip? ¿A través de ti? -preguntó Kate con delicadeza.
Janine se limitó a asentir. Mientras hablaba, las lágrimas le humedecían las mejillas.
– Sí -gimió Janine. Los nenúfares rosas estaban empezando a volverse escarlatas-. Intenté advertirle, pero…
– ¿Tienes alguna idea de por qué Damien querría eliminar a Elena?
– Crees que es culpa mía, ¿verdad? -Janine intentó que Kate la mirara a los ojos-. Le presenté a Trip y ahora está muerta. Culpa mía. Eso es lo que piensas.
– Yo no sé de culpas, Janine, y no me dedico a culpar, pero… -El trapo de cocina parecía una rosa arrugada, color bermellón brillante.
Kate encontró un poco de gasa y le envolvió la mano con cuidado, haciendo que la mantuviera por encima de la cabeza.
– Por favor, dime qué dominio ejercía Trip sobre ella… sobre Elena. ¿Me lo puedes explicar?
Janine negó con la cabeza.
– Lo único que sé es que Elena quería librarse de él, pero él no se lo permitía.
– ¿Por qué no?
– Quizá porque Elena fue lo mejor que tuvo en su vida.
Kate acabó de vendarle la mano; mientras tanto le era imposible dejar de pensar: Trip y Elena haciendo películas; Trip y Ethan Stein yendo juntos a la escuela de bellas artes; Bill Pruitt protagonizando una de las pelis porno de Trip. Todo empezaba a darle vueltas en la cabeza. Alzó la vista hacia la mano de Janine. La sangre le estaba empapando las capas de gasa.
– Dios mío. Será mejor que vayamos a urgencias.
Cuatro horas en el hospital Lenox Hill para seis dichosos puntos. Cuatro horas dándole vueltas a la misma información: Elena controlada por completo por Trip.
Kate ayudó a Janine a salir del coche, consciente del vendaje blanco recién puesto que la joven llevaba en la mano.
– ¿Quieres que llame a alguien? -preguntó Kate, mientras las dos mujeres recorrían el buen trecho que las separaba del alto edificio de Janine.
– Sí, puedes llamar… Estaba a punto de decir que podías llamar a Elena. Qué curioso, ¿no?
– No -dijo Kate con voz queda-. Pienso en llamarla media docena de veces al día.
– Después de la muerte de mi hermano, lo hice durante casi un año. Incluso ahora, a veces se me olvida. Es como si… -Los enormes ojos pardos de Janine se estaban llenando de lágrimas-. Todas las personas a las que quiero… se mueren.
Kate rodeó a Janine con los brazos y la joven se apoyó en ella y lloró como una niña pequeña.
¿Y ahora qué? Kate no podía irse a casa así, sin más. No cuando se sentía de aquel modo, seguía teniendo en la cabeza las imágenes de Elena y Trip que nunca había querido ver y que sabía que vería. Tenía que hacer algo, ver algo, cualquier cosa, para borrar esas imágenes. Necesitaba alejarse de ellas, pensar con claridad.
Sacó el móvil y llamó a Richard.
– ¿Sería mucho pedir que salieras con una mujer de mediana edad, cansada, al cine y a tomar una hamburguesa? -Se esforzó por no parecer demasiado desesperada y añadió una broma-: ¿Quién sabe? A lo mejor tienes suerte.
– Ningún problema -dijo-. Dame su número.
La había seguido hasta allí y no sabía muy bien qué hacer.
Se mezcló entre la muchedumbre con facilidad. Le echaría el ojo desde cierta distancia, eso era todo. En el interior pidió un café con leche y un cruasán que no parecía recién hecho, pero se le había abierto el apetito, por culpa de esa entrega especial a la amiga de Elena, esa puta bocazas, a la que no le quedaba demasiado tiempo para hablar. No se merecía un regalo tan generoso, pero, joder, eso es lo que era, un tipo verdaderamente generoso. Vivas o muertas, todas eran iguales: ¡malditas zorras hijas de puta chupapollas!
Se tranquilizó con un trago de café con leche tibia. Debía conservar la calma.
El gentío que circulaba por la acera y obstruía la amplia escalinata que conducía al Angelika Film Center del SoHo era el sueño de cualquier empresa de sondeos de opinión: artistas originales y modernos, grunges del Lower East Side y creativos de los medios de comunicación del Upper East Side, ejecutivos de Wall Street y publicistas de Madison Avenue, homosexuales, heterosexuales, bisexuales, negros, blancos, amarillos y de todos los tonos intermedios. Todos estaban allí. ¿Por qué? Porque Angelika era un centro artístico, uno de los últimos de su estilo y nuevo al mismo tiempo. Era el lugar obligado para los modernos o bohemios, o los que intentaban serlo; los listos, la gente guay, o los que intentaban serlo; y seguían pasando películas de verdad.
Richard se aflojó la colorida corbata de seda cuando por fin llegó a la diminuta taquilla situada en lo alto de las escaleras. Kate le esperaba a un lado, apurando con desesperación un Marlboro.
– Se han acabado las entradas -le gritó Richard-. Pero esa película danesa empieza a la misma hora.
– Cualquiera -dijo ella.
El interior del espacioso vestíbulo del Angelika se asemejaba más a una cafetería de los años cincuenta que a un cine. Lástima que los sándwiches de jamón de Westfalia y Brie fueran tan caros y el espresso algo mediocre. De todos modos, la dispar fauna neoyorquina comía, bebía, reía y charlaba. La escena podría haber pertenecido a una película de arte y ensayo, uno de esos filmes existencialistas franceses en los que hay mucha actividad pero ninguna trama.
Kate se apoyó en Richard. Él le acarició la nuca.
– Cielos, tienes los músculos como una roca.
– Estoy más que tensa. Espero poder aguantar sentada toda la película. Hoy ya he visto una que preferiría no haber visto.
Imágenes de Elena y Trip, en aquella cama enorme. No conseguía detener la imagen. Lo más que conseguía era pasar a Janine dándole latigazos al tipo gordo, Bill Pruitt. Estaba a punto de contárselo a Richard cuando un triángulo azul, coronado con una masa de rizos enmarañados, se abrió paso entre la muchedumbre.
– ¡Kate! ¡Richard! -Amy Schwartz, la directora del Museo de Arte Contemporáneo, con uno de sus vestidos tipo tienda de campaña gigante (éste era azul cielo con pequeños topos blancos), besó a Kate en la mejilla.
– ¿Dónde te has comprado ese vestido? -preguntó Kate-. El azul te combina muy bien con los ojos.