Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– No, Scudamore. Sabes que estás exagerando. ¿Cómo iba yo a explicarle algo a un negro angoleño como él? Latín sí que sé, ¿pero crees que un negro lo entiende? Y si puedo preguntarlo, ¿quién sujetaba el abridor? ¿Yo? No, tira a ese pobre diablo al mar. Al fin y al cabo, era lo que más deseaba. Y no te pongas así, Scudamore. Bien mirado, no hay tanta diferencia entre un esclavo negro más o menos. Ni siquiera en tu jornal.
Scudamore rezongó, no es de extrañar, porque no lo tenía fácil, y al rato se marchó. Llegó hasta el punto de no atreverse a aparecer por la bodega de los esclavos de puro miedo de que lo mataran a golpes o se lo comieran. Fue algo de lo que nos alegramos todos, yo también, porque me ponía nervioso notar que no podía hacer entrar en razón a los moribundos. Así era y así sigue siendo, con los que no les sirven de nada las palabras que emplees, lo sé por experiencia. No escuchan. Sólo oyen el eco de sí mismos en su cabeza hueca. No se preocupan de mi existencia, así de fácil y ¿qué puedo hacer yo?
Cuando el viaje ya tocaba a su fin se pusieron en marcha la tripulación y el nuevo capitán. Nos hacían subir a cubierta muy a menudo para que nos laváramos y nos embadurnáramos con aceite unos a otros. La comida fue por primera vez como tenía que haber sido según las normas, incluido el ron, porque ahora sabían que las provisiones que quedaban alcanzaban para todos. Nos había ido bien. Habían muerto sesenta y cinco esclavos y ocho marineros también habían estirado la pata. La bodega de carga se enjuagó con salitre y se ahumó con ramas de enebro. Las ventanas se abrieron de par en par y entró un aire ecuatorial cálido pero puro. Incluso las heridas de las tablas sin pulir empezaron a curarse; y el nuevo capitán redujo la velocidad para que todos pareciéramos lo más sanos posible cuando tocáramos puerto.
Y en todo momento yo seguí hablando como un descosido. Creo que nunca he hablado tanto en toda mi vida. Cuando acabé, todos los que habían tenido a bien oírme sabían cómo se cargaba un mosquete, cómo se clavaba un cañón, cómo se acuchillaba desde abajo una caja torácica para que tuviera el efecto deseado, en fin, todas esas menudencias de provecho que yo había aprendido en los puertos y a bordo durante los diez años que había pasado con Wilkinson. Y sabía tanto como para asegurar que en el Libre de penas viajaban unos tipos que serían un infierno para sus amos y un mal negocio sin punto de comparación, porque si aquellos esclavos no se rebelaban antes o después, de cualquier forma se fugarían y se juntarían en las montañas con los negros cimarrones. Era tan verdad como un amén en la iglesia, y era una revancha tan buena como cualquier otra. Y si hay algo de lo que estoy orgulloso en la vida es de haber puesto de nuevo en pie a los negros, contra todo pronóstico y a pesar de que no tenían nada que perder ni nada que apostar.
Ni siquiera había tenido mucho tiempo para pensar en mi propia situación. Me di cuenta cuando el lugarteniente apareció de pronto por la bodega unos días antes de tocar tierra.
– Silver -dijo-, según mi opinión ya has cumplido tu castigo.
– Señor -respondí respetuosamente- mi firma en el redondel de Robin estaba falsificada.
– He oído esos rumores. Es una cuestión que tiene que decidir un tribunal. Pero si es como tú dices, está claro que te dejarán libre. Ahora quiero dejarte libre. No está bien que baje a tierra un blanco entre los negros.
– Señor -solicité con toda mi capacidad de persuasión-, tengo muchos enemigos a bordo, y si vamos a juicio será mi palabra contra la de muchos. Es imposible, señor. Me colgarán. ¿No es suficiente con haber sido pasado por la quilla y llevar dos meses en este infierno?
El lugarteniente se quedó callado un instante.
– ¿Qué propone usted? -preguntó al final.
– En la subasta, junto con los demás, véndame como trabajador contratado al mejor postor.
El lugarteniente me miró asombrado.
– No es posible. Usted es blanco y cristiano.
– Los trabajadores contratados caen con la maza, aunque sean blancos.
– Sí, pero no junto a los negros.
– Pero, ¿no entiende usted, señor? Es mi única oportunidad de ablandar a los que están contra mí. Nada les alegraría tanto como verme vendido como esclavo. A sus ojos, no hay peor castigo para un tipo como yo. Se contentarían con verme humillado y arrastrándome por la mierda.
El lugarteniente me miró durante un buen rato.
– Es usted el único que sirve para algo en este barco -añadí-. Tiene que entenderlo.
– Se hará como usted desea -gruñó-, pero que me lleven los diablos si lo entiendo.
– No hace falta, señor. Gracias, señor, no olvidaré nunca este favor. Confíe en John Silver.
– Ya -contestó-, no hay mucho riesgo de que se le olvide cuando haya pasado dos años en las plantaciones. Será culpa suya.
– Sí, señor, tampoco se me iba a ocurrir otra cosa.
El viaje había durado dos meses; al fin y al cabo, fue tan normal y feliz como se podría imaginar. Una quinta parte de la carga se la llevó la viruela, la melancolía perenne y otras enfermedades. Para un personaje como Butterworth, la verdad es que daba lo mismo; su familia, si es que tenía alguna, debería dar gracias a Dios por el buen servicio, y no sólo porque estuviera en las normas de los capitanes dar gracias a Dios en una misa especial al terminar un periplo de trata de esclavos con final feliz y libre de peligros.
Casi una tercera parte de la tripulación también lo acompañó a la muerte. No era motivo de lamentación. Nunca habían tenido suficiente para apostar en el juego de la vida y perdieron también lo único que tenían: sus vidas, lo único que podían apostar. También por eso era preciso dar gracias a Dios, igual daba que fuera armador o capitán, aunque en silencio. El viaje de vuelta no había exigido tanta tripulación como esclavos, pero se redujo de la forma más natural que se pueda imaginar, y lo extraño es que ninguno de los juramentados la palmó. Tuvieron que aguardar hasta que navegaron a las órdenes de Robert y los colgaron junto a otros cuarenta y seis, entre ellos Scudamore, en las afueras del fuerte de Cape-Corso, bajo las marcas de la marea alta, como dictaba la costumbre, en el año de gracia de 1722.
Así pues, el periplo parecía haber sido un éxito para los que no sabían más, pero hubo otros, como el lugarteniente, el sustituto de Butterworth, y el propio Scudamore, que probablemente fueran de otra opinión, y que vieron con alivio cuando los soldados subieron a bordo y les liberaron de sus responsabilidades con respecto al buen estado de los negros, porque los habitantes de Saint Thomas no habrían visto nunca unos esclavos como los que bajaron a tierra del buen barco Libre de penas.
Miraban alrededor, hablaban en su jerga y se comportaron como la gente en general. Sabían lo que les esperaba. Ya no creían que los fueran a sacrificar como a las reses; al contrario, entendían que ya no tenían nada que perder aparte de la vida.
«Y todo esto -pensaba yo no poco orgulloso cuando iba entre ellos, tan completamente desnudo como ellos, igual de embadurnado con la misma grasa brillante que ellos-, para deslumbrar a los amos de las plantaciones en la subasta», todo esto era obra mía. Yo, John Silver, desnudo, experto y pálido marinero en medio de ellos, con mi bocaza diestra, les había dado una razón para vivir, por todos los demonios, y conocimientos de cómo era el mundo, y el precio que se pagaría si uno se lo callaba. Ni siquiera Butterworth, aunque viviera, hubiera podido evitarlo. El había hecho de mí un esclavo, así que la culpa era suya. Ahora, un ejército inquieto sería puesto a la venta, ni más ni menos.
Detrás de nosotros salió la tripulación del Libre de penas, hombres agotados, derrotados, enfermos, y con una desesperada necesidad de emborracharse para olvidar sus desgracias. Parecían lo que parecían tras sobrevivir a la podredumbre de la esclavitud. La verdad es que no había nada especial en ello. Para ellos no había esperanza. No sabían lo que valía la vida: más que nada, era algo que debía sumergirse hasta ahogarla en aguardiente. De cualquier forma, era una manera de vengarse, aunque no fuera mérito mío.