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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Lo comprendo —lo interrumpió ella conciliadora y, apoyando la cabeza en su pecho, le habló de Zebulah y los elfos marinos. Caramon la escuchaba aturdido, aunque poco a poco logró asumir cuanto le relataba. Al fin contempló la puerta con el ceño fruncido y declaró:

—¡Ojalá no hubiera estado inconsciente! Es más que probable que ese Zebulah conozca la salida, y yo le habría obligado a mostrárnosla.

—No estoy segura —intervino Tika vacilante—. Es un mago, como... —calló al darse cuenta de su imprudencia. Advirtiendo que el pesar empañaba los ojos de Caramon, se acurrucó en su regazo mientras le acariciaba el rostro——. Creo que en ciertos aspectos tiene razón —prosiguió—. Podríamos ser felices aquí. ¿Has pensado que ésta es la primera vez que estamos solos? Quiero decir que nunca antes habíamos gozado de una auténtica intimidad, en un lugar tranquilo y no desprovisto de belleza. La luz que dimana del musgo es suave, irreal, no penetrante y cegadora como la del sol. Escucha el murmullo de las aguas, parecen entonar un dulce cántico en nuestro honor. Tampoco me desagradan estos viejos muebles, ni tu singular cama...

Tika enmudeció al sentir el apretado abrazo del guerrero. Cuando los toscos labios rozaron sus rojizos cabellos, el amor que aquel hombre le inspiraba invadió sus entrañas, paralizándole el corazón en una mezcla de dolor y anhelo. Se colgó entonces de su robusto cuello para estrecharte contra su pecho y sentir así sus pálpitos al unísono.

—¡Oh, Caramon! —susurró casi sin resuello—. ¡Seamos dichosos! Sé que antes o después tendremos que partir, que buscar a los otros para regresar juntos a nuestro mundo. Pero, por el momento, disfrutemos de esta maravillosa soledad.

—¡Tika! —El guerrero la estrujó como si quisiera fundir sus cuerpos en uno, armonioso y vibrante—. Tika, te amo. —Hizo una breve pausa y añadió—: ¿Recuerdas que en una ocasión te dije que no podría hacerte mía hasta ser libre de entregarme por completo? Pues bien, aún no lo soy.

—¡Te equivocas! —replicó Tika furiosa, y se apartó para mirarle a los ojos—. Raistlin se fue, Caramon. Eres dueño de tu vida.

—Raistlin forma aún parte de mí —farfulló el guerrero meneando la cabeza—. Siempre será así, del mismo modo que él me lleva en su interior aunque no quiera. ¿Lo comprendes?

No, no lo comprendía, pero asintió y dejó caer la cabeza.

Sonriendo, Caramon exhaló un trémulo suspiro antes de posar la mano en la barbilla amada y levantar su rostro. Pensó que sus ojos eran hermosos, con los verdes iris salpicados de puntos castaños que refulgían a través de las lágrimas. Su tez estaba curtida por la continua exposición al aire libre, más pecosa que nunca. Aquellas pecas disgustaban a la muchacha, quien habría dado siete años de su vida para exhibir una piel limpia y tersa como la de Laurana sin embargo, Caramon se dijo mientras la contemplaba que veneraba cada una de aquellas manchas pardas, cada uno de los crespos bucles que se enredaban en sus manos.

Tika leyó el amor en sus ojos y contuvo el aliento. Ella estrechó de nuevo contra su cuerpo, susurrando con voz más queda que los acelerados latidos de su corazón:

—Te daré lo que pueda de mí mismo, Tika, si estás dispuesta a conformarte. Desearía, por tu bien, que fuera más.

—¡Te quiero! —fue cuanto pudo decir la muchacha, a la vez que le rodeaba el cuello con sus delicadas manos.

El guerrero insistió, pues quería asegurarse de que le había entendido.

—Tika... —empezó a decir.

—Silencio, Caramon...

6

Apoletta.

Tras una interminable persecución por las calles de una ciudad cuya desmoronada belleza se le antojó a Tanis preñada de horrores, penetraron en uno de los palacios de la plaza central. Después de atravesar un jardín agostado y un amplio vestíbulo, doblaron un recodo y se detuvieron. El hombre ataviado de rojo parecía haberse desvanecido en el aire.

—¡Una escalera! —anunció Riverwind. Acostumbrados ya sus ojos a la fantasmal luz, Tanis vio que se hallaban en la parte superior de un tramo de escaleras de mármol que descendía abruptamente, sin dejar adivinar su base. El grupo se precipitó en el rellano y, una vez más, atisbaron los ondeantes pliegues unos peldaños más abajo.

—Permaneced arrimados a la pared para que os cubran las sombras —advirtió Riverwind mientras los conducía hacia uno de los lados de aquella escalinata, tan ancha que habría admitido el paso de cincuenta hombres colocados uno al lado del otro.

Las borrosas y resquebrajadas pinturas que adornaban los muros conservaban aún tal exquisitez y realismo que a Tanis le asaltó la febril sensación de ser menos auténtico que las criaturas en ellas representadas. Quizá alguno de aquellos personajes desconocidos se hallaba en ese mismo lugar cuando la montaña de fuego destruyó el Templo del Príncipe de los Sacerdotes... Desechando tales pensamientos, el semielfo prosiguió la marcha.

Una vez recorridos veinte escalones llegaron a un ancho rellano, decorado con estatuas de plata y oro esculpidas en tamaño natural. Los peldaños continuaban descendiendo hasta un nuevo descansillo del que partía un tercer tramo y así sucesivamente hasta que todos se sintieron exhaustos y faltos de aire. Sin embargo, la rojiza túnica revoloteaba en su avance imparable y no podían perderla de vista.

Tanis notó un repentino cambio en la atmósfera, que se tornó más húmeda e impregnada de aromas marinos. Aguzó el oído, percibiendo el suave murmullo de las aguas al bañar la roca exterior. Riverwind tocó su brazo para tirar de él hacia las sombras. Habían alcanzado el final de la escalera y el hombre de rojo se encontraba ante ellos, en la base misma, asomado a una laguna de oscura superficie que se extendía en dirección hacia una espaciosa y lóbrega caverna.

El singular personaje se arrodilló junto a la orilla. Fue en ese instante cuando Tanis descubrió otra figura, que estaba en el agua. Vio sus cabellos resplandecientes bajo la luz de las antorchas, ribeteados de un tinte verdoso, y también dos flacos brazos blancos que descansaban en el último peldaño mientras que el cuerpo permanecía sumergido. La criatura tenía la cabeza acunada entre los entecos miembros, en un estado de total relajación. El humano de la túnica roja extendió una mano y rozó con suavidad a la figura del agua, que alzó el rostro al sentir su contacto.

—Me has hecho esperar —dijo una voz femenina cargada de reproche.

Tanis tragó saliva. ¡La mujer de las aguas había hablado en lengua elfa! Ahora podía contemplar su rostro de ojos almendrados y luminosos, orejas puntiagudas y suaves rasgos.

¡Una elfa marina!

Surcaron su memoria algunas leyendas que le contaran en la niñez, pero no intentó recordarlas porque deseaba escuchar la conversación del individuo ataviado de rojo y la mujer elfa, quien sonreía con afecto a su interlocutor.

—Lo lamento, querida —se disculpó él en tonos apagados. Se había sentado junto a su compañera y, por supuesto, utilizaba el idioma de los elfos—. Fui a visitar al hombre que te preocupaba. Se recuperará, aunque la muerte le ha rondado muy cerca. Tenías razón, estaba resuelto a renunciar a la vida a causa de la traición de su hermano, un hechicero que lo abandonó en un momento trascendental.

—¡Caramon! —susurró Tanis. Riverwind le lanzó una mirada inquisitiva, pues no había comprendido una sola palabra. El semielfo meneó la cabeza negativamente, porque no quería perder el hilo del diálogo.

—Queachkeecx—fue el despreciativo comentario de la mujer. Tanis quedó desconcertado, aquella palabra no pertenecía a su idioma.

—Sí —dijo el hombre frunciendo el ceño—. Una vez me aseguré de que ambos estaban a salvo, ya que como sabes había una muchacha con él, fui a ver a otro grupo de supervivientes. Uno de sus miembros, un barbudo semielfo, saltó sobre mí como si pretendiera devorarme de un bocado. Los restantes que logramos salvar se encuentran bien.

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