Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
Una mano frente a sus ojos interrumpió el pesar de sus pensamientos y siguiéndola se levantó a bailar foxtrot como quien hace la guerra, divertida con sus pies y su brío, con el abrazo que la llevaba de un lado a otro, con la mezcla de castellano y escocés en que su pareja le preguntaba por su vida, con la sonrisa que iba acompañándola a oírse hablar de sí misma como de otra mujer.
Sólo cuando la música terminó y salieron del salón al cielo de la última noche de febrero, Emilia, todavía recargada en el brazo del rubio eufórico con el que había bailado, sintió debilitarse por completo su compromiso de no abrir el sobre. Buscó con ansia en el fondo de su bolso y cuando lo tuvo en las manos, se detuvo a leerlo a media calle. Un momento tardó en leer la voz de su tía Milagros, entrecortada y seca: Daniel estaba muerto. No sabían dónde, el último pueblo desde el que mandó noticias quedaba en el norte de México.
– ¿Qué pasa?-quiso saber Helen.
En el aire de la noche se dejaban sentir los meses de la cercana primavera, pero Emilia no se imaginó capaz de estar ahí cuando llegaran. Tomada de la cintura por su amigo de danzas, intentó una palabra, luego dio en llorar como si le hubieran encargado que inundara el mundo.
Al día siguiente empezó a preguntar cuál sería la manera más rápida de volver a México. No quiso ir a Chicago. Le escribió a Hogan una larga carta de agradecimiento y explicaciones, y tomó el barco que la llevaría a un puerto cercano a la frontera mexicana. Helen la acompañó hasta el muelle, estoica y bromista, sin una queja por el abandono que la entristecía, y con una cantidad de regalos y cosas -entre los que se incluían un maletín con instrumental médico, dos sombreros y varios potingues, a su entender imprescindibles para viajar- que triplicaron el equipaje con el que Emilia había llegado a Nueva York. Antes de abrazarla se comprometió a enviarle todas sus pertenencias a la casa de sus papás y le juró, sobre la fotografía de su nuevo novio, que la visitaría pronto.
XXI
Emilia Sauri entró a México por una aduana que no había recibido viajeros en mucho tiempo. Mientras revisaba su pasaporte y viéndole la facha de muñeca vestida en el extranjero, el guardia aduanal le preguntó qué se le había perdido en un lado del mundo, tan perdido para la gente como ella.
– ¿Me creería que la vida? -le contestó Emilia sin descomponer su gesto de princesa.
– No -le dijo el guardia sellándole un papel de entrada impreso en las garigoleadas épocas de la dictadura.
– ¿Aquí quién manda ahora? -preguntó Emilia.
– El que va pudiendo -dijo el guardia y se perdió en una explicación larguísima sobre los diferentes militares insurrectos, para su gusto legales o ilegítimos gobernantes de la plaza en los últimos meses. Emilia se detuvo a oírlo hablar el idioma que hacía tiempo no sonaba en sus tímpanos, y no supo qué hacer con el gusto que le provocaba escucharlo, sino prometerse que no volvería a vivir más de un mes en otro sitio del planeta.
Antes de bajar hasta la frontera, Emilia había estado en San Antonio y ahí supo por Gardner el nombre del pueblo desde el cual escribió Daniel su último artículo. Claro que hacía casi dos meses que no sabía una palabra de su rumbo, pero Gardner la consoló recordando que esas desapariciones ya se habían dado otras veces.
– Es un gato -dijo Gardner cuando la vio llorar al mostrarle el telegrama en que Milagros lo daba por muerto y le pedía que lo buscara-. Nació con siete vidas, habrá perdido una -volvió a decir al principio de la cena. Luego se bebió nueve whiskys sin agua. Cuando llegó el postre lloraba más que Emilia.
– Oye, ten mesura que la viuda soy yo -dijo Emilia rasgando una sonrisa como arcoiris en la tempestad de sus lágrimas.
Pasó la noche en el desordenado cuarto de soltero que Howard le ofreció con el orgullo de quien presta un palacio, y en la mañana, después de un desayuno para el que tuvo hambre por primera vez en muchos días, salió, rumbo a la frontera, en busca de las seis vidas que debían quedarle a Daniel. Sus conversaciones con Howard le habían alimentado tanto la esperanza, que durante el viaje hasta se dijo varias veces que su tía Milagros era una exagerada. Pero en cuanto el guardia cerró su pasaporte, y la autorizó a entrar en busca de lo que tenía perdido, el desaliento volvió a prenderla por entero. ¿Adónde iba ella con su persona y su tonta ilusión de encontrarse a Daniel en alguna parte? Estaba entrando a un país, no a la sala de su casa, y a un país cuya frontera con los Estados Unidos era inmensa y cuya extensión no le cabría en los ojos por más que la recorriera de arriba a abajo toda su vida. ¿De dónde sacaba su tía Milagros que ella podría dar con Daniel buscándolo por el norte de México? Como si el norte de México fuera a caberle en una mano en cuanto lo pisara, como si el norte de México fuera un parque y no esa extensión negra y seca que recorrió durante días sin encontrar nada.
Era martes cuando entró a un pueblo que la recibió callado y silvestre. Igual que por otros, caminó buscando que las calles tuvieran nombres de héroes y las banquetas piedras oscuras y bien organizadas. Pero el lugar no tenía para recibirla sino un clima seco y unas casas chaparras con las que Emilia no sabía cómo tratar. No sabía a quién preguntarle por quién, ni qué demonios estaba haciendo ahí que no fuera penar como un perro vagabundo.
Su cuerpo se reflejó en la ventana de cristal de una tienda de clavos y herramientas. Se miró flaca, despeinada, ojerosa, cargando cuatro bultos y una incertidumbre, con cara de ser extraña hasta para sí misma. Y no tuvo mejor ocurrencia que sentarse a llorar otra vez. Desde ese pueblo había escrito Daniel su último envío al periódico de San Antonio, pero eso no quería decir que ahí estuviera. Conociendo su prisa, su incapacidad para estarse quieto, su ambición de absoluto, Emilia pensó que si algo mandó de ahí, habría sido al pasar siguiendo a quién sabe qué rebelde, qué noticia, qué vanidad, qué gloria, qué desfalco. Se preguntó con cuál de los bandos estaría Daniel y sin sombra de duda se contestó que estaría con los que perdieran. ¿Y quiénes irían a perder el litigio que se había desatado por el país? Qué importaba, pensó Emilia secándose los ojos con un pañuelo en el que Josefa había cosido su nombre diminuto y preciso. ¿Por qué no habría salido ella como su madre? ¿Por qué Daniel no sería un hombre estable y generoso como su padre? ¿Por qué había tenido ella la peregrina fortuna de enamorarse así? Habiendo tantos hombres, existiendo Zavalza con su paz y hasta el boticario Hogan con su adoración de viejo que todo lo veía perfecto. ¿Por qué no podía ella librarse de la fuerza que la empujaba hacia un hombre que hasta muerto podría estar? Danieclass="underline" con sus ojos como preguntas, su pelo sobre la frente, su cabeza poblada de ocurrencias. Daniel poniéndole las manos donde nadie, metiéndose a su entraña como a su propiedad, llamándola cuando él quería y largándose cuando se hartaba de mirarla. Daniel echándole a latir el corazón entre las piernas, rogándole, maldiciéndola. Daniel pudriéndose quizá en mitad de una sierra encallecida y remota, Daniel que en dos años no le escribió una letra. Si en secreto había soñado con su muerte, ¿por qué salía corriendo a buscarlo en cuanto alguien temía que fuera verdad su quimera?
Lloró con la cabeza metida entre las piernas, bajo un sol de desierto que nadie desafiaba a esas horas, hasta que el olvido la tomó entre sus brazos y el instinto la empujó a buscar una sombra. En la tarde se levantó de nuevo a caminar el pueblo chaparro y medio vacío. Pero ni una calle, ni una voz, ni un pedazo del pantalón café con que lo había visto irse, ni de su cartera, su sombrero de paja o su cantimplora, encontró por ahí tirados a un azar que no fuera su memoria. Oscureció. Tanto y tan negro que Emilia tuvo un miedo de los que había perdido vagando por el mundo con su altiva soledad a cuestas. Sintió hambre, un hambre que se comería pelón a un buey de esos que en Puebla se guisaban escondidos bajo salsas de colores y que ella aún no se acostumbraba a mirar asados, con todos sus pellejos y su sangre chispeando como estrellas, cuando se parten en pedazos. Se detuvo frente a un lugar que olía justo a eso, a buey quemándose sobre las brasas, y empujó la puerta de un túnel que debía ser una fonda abierta al público, aunque no tuviera letreros ni buscara más clientela que aquella que adentro hablaba dando unas voces exageradas. Buscó una mesa en torno a la cual depositar sus bultos y su persona, sus ojos hundidos, su cansancio, y sin más se acomodó indagando con la mirada si alguien podría acercarse a preguntarle qué deseaba.