La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Wili se sentó con la espalda apoyada en la puerta. Nadie iba a acercarse al generador sin que él se enterase.
A partir de aquel momento, los sonidos del Enclave se fueron apagando, pero pronto pudieron oír uno nuevo y amenazador: el ruido de los vehículos oruga.
Cuando todos estuvieron sentados y se hubo dispuesto vigías en los más próximos agujeros, el sabio se aposentó al lado de Wili y sonrió.
—Y ahora, querido y joven amigo, como debemos estar sentados aquí durante horas, tendrá usted tiempo sobrado para contarnos lo que quería decir exactamente con aquello de que la burbuja se iba a romper y de que el tiempo se detiene dentro de ella.
Hablaba en voz baja, y, considerando la situación en que estaban, era una petición más que razonable. Pero Wili reconoció el tono de voz. En el otro lado del pasillo, el hombre del alcalde se inclinó hacia adelante para poder oír mejor. Había poca luz, pero Wili pudo ver una débil sonrisa en la cara de Lu.
Tendría que mezclar verdades con mentiras. Iba a ser una tarde muy larga.
28
El pasillo estaba más iluminado que antes. A medida que el Sol se iba poniendo, su luz llegaba cada vez más horizontal y entraba por las grietas que estaban cerca del techo, iluminándoles con una luz rojiza. Las patrullas aéreas vigilaban un área mucho más extensa y los tanques más próximos estaban a algunos miles de metros de ellos. El hombre de Ebenezer había organizado unas hábiles operaciones de distracción, táctica que Wili ya había visto emplear algunas veces contra los Jonques.
—¡Del Nico Dial —era casi un alarido. El vigía que estaba al fondo del vestíbulo saltó al suelo desde su observatorio—. Está ocurriendo. Tal como ha dicho. ¡Vuela!
El sabio de Ebenezer hizo enérgicos gestos para ordenar que no hicieran ruido, pero el grupo se acercó apresuradamente a la abertura. Incluso el sabio y el jefe Jonque se abrieron paso hasta la parte delantera. Wili se arrastró entre ellos y miró por uno de los pequeños resquicios.
La neblina de la tarde era roja. El Sol, de un rojo más intenso, se ocultaba detrás de las torres del Enclave. Colgando en el mismo borde de la línea del horizonte había otra luna muy grande, una esfera oscura teñida en parte de rojo. La burbuja se había despegado de la parte superior de la Torre de Contrataciones y era arrastrada lentamente hacia el oeste por la brisa de la tarde.
«¡Madre de Dios!», se dijo el hombre del alcalde para sí.
Incluso entendiéndolo, aquello era algo difícil de aceptar. La burbuja, con su cargamento de aire cálido de la tarde, resultaba mucho más ligera que el aire del anochecer que la rodeaba y se había convertido en el mayor globo de aire caliente de toda la historia. Navegando hacia la puesta de sol, dentro del globo, iban los Quincalleros rehenes. El ruido de las naves aéreas se hizo más intenso. Las avispas, que ya regresaban a su nido, volvían a zumbar alarmadas por aquel nuevo suceso. Uno de los insectos se acercó demasiado al gran arco pulido. Su rotor se rompió y el helicóptero cayó, dando vueltas y más vueltas.
El sabio miró a Wili.
—¿Está usted seguro de que vendrá tierra adentro?
—Sí. Naismith ha estudiado la distribución de los vientos con mucho cuidado. Ahora sólo es cuestión de tiempo, unas semanas como máximo, y acabará bajando al suelo en las montañas. La Autoridad se va a enterar muy pronto, junto con el resto del mundo, del secreto de las burbujas, pero no podrán saber cuándo se abrirá ésta. Si la burbuja llega bastante lejos, los otros problemas que vamos a plantearles serán tan grandes que no podrán dejar una fuerza permanente alrededor de la burbuja. Y cuando por fin reviente…
—Lo sé. Lo sé. Cuando al fin reviente estaremos allí para rescatarles. Pero diez años es mucho tiempo para estar dormido.
En realidad iba a ser sólo un año. Ésta había sido una de las pequeñas mentiras de Wili. Si Lu y la Autoridad no conocían la posibilidad de que existieran burbujas de vida corta, entonces…
De pronto, se dio cuenta de que Della Lu no estaba al alcance de su vista. Se apartó de la pared y miró por el pasillo. Pero ella y Rosas estaban todavía allí, sentados junto a dos gorilas Jonque que no se habían movido para ver lo que ocurría.
—Mire, creo que deberíamos intentar llegar al túnel. Ahora los de la Paz tienen otros muchos problemas, y la calle ya está muy oscura.
El hombre de Ebenezer sonrió.
—Pero ¿qué sabe usted sobre fugas de hombres armados en la Cuenca?
Ahora, más que nunca, Wili estaba seguro de que el sabio le había reconocido, aunque parecía que no iba a utilizar este conocimiento. Se volvió hacia el jefe Jonque.
—El muchacho probablemente está en lo cierto.
Wili recuperó el generador y, uno a uno, descendieron hasta el garaje por medio del cabestrante. El último en bajar desenganchó la cuerda y, luego, los negros emplearon algunos minutos en hacer desaparecer todas las señales de su paso por la planta baja. Los Ndelante eran cuidadosos y hábiles. Había formas de cubrir las huellas en las ruinas, incluso de devolver la pátina de polvo a las antiguas habitaciones. Durante cuarenta años, las entrañas de la Cuenca de Los Ángeles habían sido los últimos reductos de los Ndelante. Conocían muy bien aquel terreno.
En el exterior, el fresco de la tarde había empezado a notarse. Dos de los hombres del sabio iban delante y dos o tres más cubrían la retaguardia. Algunos llevaban visores de noche aunque todavía había luz suficiente como para poder leer; el cielo, en lo alto, aparecía de un rojo pálido con algún retazo azul pastel. Pero estaba oscureciendo rápidamente, y las figuras casi eran sólo sombras. Wili notaba que los Jonques no estaban tranquilos. Si les cogían después de anochecer en medio de las ruinas, podían resultar muertos. Las connivencias a alto nivel entre los Ndelante y los amos de Aztlán no alcanzaban hasta aquellas calles.
El hombre que iba en cabeza les guió a través de montones de ruinas de hormigón, evitando su paso por la calle despejada. Wili se echó su carga a la espalda y se retrasó ligeramente, para que Rosas y Lu fueran delante de él. Detrás de él podía oír al jefe Jonque y, mucho más silencioso, al sabio de Ebenezer.
De entre los zumbidos de las naves aéreas, se destacó el ruido de un helicóptero aislado que se hizo cada vez más intenso. Wili y los otros se quedaron inmóviles y, después, silenciosamente, se agacharon. La nave se acercaba cada vez más. El batir de sus rotores era tan cercano que casi podían notar las ráfagas de aire que provocaba. Iba a pasar directamente por encima de ellos. Esto había ocurrido más o menos cada veinte minutos durante la tarde, y no debería preocuparles demasiado. Wili suponía que incluso si había observadores en los tejados éstos no les habrían podido ver. Pero esta vez fue diferente.
Cuando el helicóptero pasó por encima de la línea de tejados, un destello de un blanco brillante surgió delante de Wili. ¡Lu! Había estado preocupado por si ella llevaba escondido algún sofisticado dispositivo de localización, ¡y les había traicionado con una simple linterna de mano!
El helicóptero pasó rápido por encima de la calle. Pero, antes de que cambiara su ruido, ya había iniciado un círculo para regresar. Wili y la mayor parte de los Ndelante se dirigían ya hacia escondites más ocultos. Unos segundos después, cuando el helicóptero volvió a pasar por encima de la calle, ésta estaba completamente vacía. Wili no podía ver a ninguno de los otros pero, por el ruido, parecía que los Jonques estaban todavía escabullándose como locos tratando de encontrar la manera de salir de aquella intrincada jungla de cemento. Una potente luz blanca barrió la calle hacia arriba y hacia abajo, convirtiéndolo todo en una mezcla de intensos blancos y negros.