La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Los relámpagos bailaban su danza sobre la Cúpula que se cernía sobre ellos desde lo alto. Cuando los truenos cesaban, momentáneamente, podían oír el ruido que hacía la incesante lluvia.
Rosas la sostenía, ahora ya amablemente, y con sus dedos iba recorriendo las curvas de su cadera y de su cintura.
—¿Qué sacas de ser un agente secreto, Della? Si fueras alguien como estos que, seguros y cómodos en sus sillones de Livermore, no hacen más que apretar botones, lo podría entender. Pero arriesgas tu vida espiando en favor de una tiranía, y convirtiéndome a mí en algo que nunca había pensado que llegaría a ser. ¿Por qué?
Della miró los relámpagos que brillaban entre la lluvia. Suspiró.
—Mike, yo soy partidaria de la Paz. Mira, tenemos algo parecido a la paz en todo el mundo. Su precio es una tiranía, una de las más suaves tiranías de toda la historia. Su precio es un puñado de personas semejantes a la del siglo veinte, como yo, que vendería a su propia abuela por un ideal. El siglo pasado produjo armas nucleares, burbujas y plagas de guerra. A ti mismo te han afectado las plagas; fueron ellas las que te convirtieron en «algo que nunca habías pensado que llegarías a ser». Pero los otros son igualmente malos. Hacia finales del siglo, estas armas eran cada vez más baratas. Las pequeñas naciones iban adquiriéndolas. Si no hubiera llegado la Guerra, estoy convencida de que los guerrilleros, los terroristas y los delincuentes habrían llegado a disponer de ellas. La raza humana no hubiera podido sobrevivir a una tecnología de matanzas en masa tan ampliamente extendida. La Paz ha representado el fin de las naciones soberanas y de su control sobre las tecnologías que hubieran podido matarnos a todos. Nuestro único error ha consistido en no haber llegado lo bastante lejos. No nos preocupamos de regular la alta tecnología electrónica, y lo estamos pagando.
Mike estaba callado, pero la ira había desaparecido de su semblante. Della se puso de rodillas y miró a su alrededor. Le faltó muy poco para empezar a reír desaforadamente. Parecía como si una pequeña bomba hubiera explotado en la casita del árbol. Todas sus ropas estaban desparramadas por el suelo. Empezó a vestirse y, un instante después, Mike hizo lo mismo.
No habló hasta que se hubieron puesto los impermeables y levantado la trampilla de salida.
Sonrió de lado y ofreció su mano a Della.
—¿Enemigos? —dijo Mike.
—Claro que sí —le devolvió la sonrisa y estrechó su mano.
Mientras bajaban del árbol, ella iba pensando en lo que podría hacer reaccionar al viejo Kaladze. Desde luego, no sería el pánico. Mike tenía razón en esto. ¿Tal vez la vergüenza? ¿O la ira?
La ocasión de Della se presentó al día siguiente. El clan Kaladze se había reunido para comer. Era la comida principal del día. Tal como cabía esperar de una mujer, Lu había ayudado en la cocina, a poner la mesa y a servir la comida. Incluso cuando ya estaba sentada a la larga mesa, se obligaba a levantarse para ir a buscar algún cubierto o traer más comida.
Los canales de la Autoridad se dedicaban casi exclusivamente a los juicios por «traición a la Paz» que Avery estaba montando en Los Ángeles. Ya se habían pronunciado varias sentencias de muerte. Della sabía que los Quincalleros de todo el continente estaban en contacto constante y que el terror crecía sin cesar. Hasta las mujeres lo notaban. Naismith había anunciado que tenía el prototipo de generador de burbujas. Además, había mandado los planos. Por desgracia, el único modelo que funcionaba requería unas redes de procesadores y programas que el resto del mundo tardaría algunas semanas en poner a punto. Además de esto, algunos de los problemas que presentaba el proyecto todavía necesitarían más tiempo para su resolución.
Los hombres, a partir de estas dos noticias, iniciaron un debate. Era la primera vez que ella asistía a una conversación de tipo político durante la comida. Aquello demostraba lo crítica que era la situación. En principio, los Quincalleros disponían del arma más eficaz de la Autoridad. Pero el arma no estaba todavía a punto. La verdad era que, si la Autoridad se enteraba de ello antes de que los Quincalleros tuvieran en marcha la fabricación de generadores, se podría precipitar el ataque militar que todos temían.
En este caso, ¿qué se podía hacer por los prisioneros de Los Ángeles?
Lu estuvo callada durante unos quince minutos, mientras hablaban de todo aquello, hasta que resultó evidente que los Kaladze iban a permanecer agazapados a la espera de poder utilizar con ventaja la invención de Naismith/Hoehler. Entonces se puso en pie y soltó un estridente chillido inarticulado. El comedor se quedó inmediatamente en silencio. Los Kaladze la miraron con gran sorpresa. La mujer que estaba a su lado le hizo frenéticas señas para que se sentara. En vez de ello, Della les gritó a todos:
—¡Sois unos locos cobardes! Sois capaces de quedaros aquí indecisos mientras van matando uno a uno a todos los prisioneros de Los Ángeles. Ahora tenéis un arma: el generador de burbujas. Y si vosotros no estáis dispuestos a jugaros el cuello, hay muchísimas casas en Aztlán que sí lo están. Por lo menos una docena de sus primogénitos fueron hechos prisioneros en La Jolla.
En el otro extremo de la mesa. Nicolai Sergeivich se puso de pie lentamente. Incluso a aquella distancia, parecía mirar desde gran altura a la diminuta Della.
—Señorita Lu, no somos nosotros los que tenemos el generador de burbujas, sino Paul Naismith. Usted ya sabe que él sólo tiene un aparato, y que éste no está completamente terminado. No quiere darnos…
Della golpeó la mesa con la palma de su mano. El ruido, que sonó como un pistoletazo, interrumpió al otro y atrajo la atención de todos hacia ella.
—¡Pues oblíguenle! Él no puede existir sin el apoyo de ustedes. Hay que hacerle comprender que son nuestras propias carne y sangre las que están en juego allí —se apartó de la mesa y les miró de arriba abajo con un tremendo desprecio en la mirada—. Pero esto no tiene que ver nada con vosotros, ¿verdad? Mi propio hermano es uno de los rehenes. Pero, para todos vosotros, ellos no son más que unos Quincalleros desconocidos.
Kaladze palideció bajo su corta barba. Della estaba corriendo un albur. Las mujeres capaces de faltar al respeto en público eran rarísimas y, si aparecía alguna, incluso como huésped, no cabía esperar otra cosa sino que fuera expulsada inmediatamente. Pero Della había ido hasta un punto calculado, más allá de la falta de respeto.
Había atacado su valor, su hombría.
Confiaba haber expuesto, en voz alta, la sensación de culpa que todos ellos escondían detrás de las precauciones.
Kaladze recobró la voz y dijo:
—Está usted equivocada, señora. Son algo más que unos Quincalleros desconocidos. Son nuestros hermanos.
Y Della supo que había ganado. La Autoridad iba a enterarse de la existencia del generador de burbujas cuando aún era un asunto de poca monta.
Se sentó con gran humildad, con la mirada tímidamente fija en la mesa. Dos lagrimones empezaron a correr por sus mejillas. Pero no dijo nada más. Por dentro, una sonrisa felina iba de oreja a oreja. Se sentía feliz por su victoria y por la revancha que acababa de tomarse a cuenta de todos aquellos días de servilismo. Vio de soslayo la mirada de sorpresa de Mike. Aquí también había atinado. Permaneció callado. Comprendía que ella estaba mintiendo, pero aquellas mentiras eran una excusa válida para hacer un llamamiento al honor. Estaba cogido, y lo sabía, en la misma trampa que los otros.