La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
27
Aztlán abarcaba mucho de lo que antes había sido California del Sur y California Baja. Además, reclamaba una gran parte de Arizona, aunque tal exigencia era fuertemente contestada por la República de Nuevo México. De hecho, Aztlán era una confederación muy relativa de caciques locales, cada uno de los cuales dominaba sobre una enorme extensión de terreno.
Tal vez debido a la proximidad del Enclave en la vieja Downtown, en ninguna parte de Aztlán los castillos eran tan magníficos como en el norte de Los Ángeles. Y, de todos aquellos castillos, el del alcalde de El Norte era el gigante entre los gigantes.
La carroza y su guardia de honor corrían rápidamente por la bien cuidada carretera, que había formado parte del antiguo mundo y que llevaba a la entrada principal de El Norte. En su interior, tenuemente iluminado, había un solo pasajero, un tal Wili Wáchendon, que iba sentado sobre almohadones de terciopelo y escuchaba el ruido que producían los caballos que tiraban del carruaje y los que montaba la escolta. Le trataban como si fuera un señor. Bueno, no exactamente, porque le costaba mucho hacerse el desentendido cuando veía la expresión de estupefacción en las caras de las tropas de Aztlán cuando miraban a aquel muchacho negro y sucio del viaje, a quien debían escoltar desde Ojal hasta Los Ángeles. Él iba mirando a través de los oscurecidos cristales a prueba de bala, cosas que jamás se había imaginado que podría ver, por lo menos a la luz del día. A su derecha, se elevaba una colina escarpada que, cada pocos metros, había sido excavada para formar nidos de ametralladora. A su izquierda vio una valla de estacas, semiescondida entre las palmas. Se acordaba de estacas como aquéllas y de lo que les ocurría a los ladrones que no tenían suerte.
Por detrás de las palmas, podía ver gran parte de la Cuenca. Era tan grande como varias regiones y, sin contar al personal de la Autoridad en el Enclave, vivían allí más de ochenta mil personas, lo que la convertía en una de las mayores capitales del mundo. A aquella hora, ya mediada la tarde, las cocinas de madera y de petróleo de toda aquella gente originaban una columna de humo oscuro que se había quedado detenida por una inversión de temperatura e impedía ver las distantes colinas.
Llegaron a las rampas del lado sur y cruzaron el perímetro enlosado que rodeaba la mansión del alcalde. Luego pasaron por delante de un gran edificio cuya fachada estaba formada por un increíble alarde de láminas de cristal perfectamente iguales. No se podía ver el menor agujero de bala, ni la menor rotura. Durante muchos años ningún enemigo había podido llegar hasta allí. El alcalde tenía un control muy firme de la tierra que se extendía a varios kilómetros a la redonda. El carruaje giró para entrar, y los criados corrieron a abrir las puertas de cristal. La carroza, los caballos y la guardia atravesaron los gruesos muros; el encuentro debía tener lugar fuera de la vista de posibles ojos espías. Wili preparó el equipo. Se puso el conector de cuero cabelludo, aunque ahora le resultaba menos confortable. Su procesador se había programado para una tarea, y la interfase no le daba la omnisciencia que sentía otras veces, cuando notaba que trabajaba con Jill.
Wili se sentía como una gallina en una reunión de coyotes. Pero se decía a sí mismo que había una diferencia. Sonrió en atención a los coyotes allí reunidos y dejó en el brillante suelo sus empolvados aparatos: aquella gallina ponía burbujas.
Estaba de pie, en el centro de la sala de audiencias del alcalde y completamente solo, si se exceptuaba a los dos lacayos que le habían acompañado hasta allí desde la carroza. Cuatro Jonques estaban sentados sobre un estrado situado a unos cinco metros de distancia. Aunque no eran los nobles de más alto título de Aztlán, si bien uno de ellos era el alcalde, Wili pudo reconocer los bordados de sus chaquetas. Eran hombres a quienes los Ndelante Ali jamás se habrían atrevido a robar.
A un lado, subordinados pero no serviles, estaban de pie tres negros muy ancianos. Wili reconoció a Ebenezer, Sabio de los Ndelante de Pasadena, un hombre tan viejo y tan apegado a lo suyo que ni siquiera había aprendido a hablar en español. Necesitaba intérpretes para comunicar su voluntad a su pueblo. Desde luego, aquello hacía aumentar su apariencia de sabiduría. Hasta donde era posible en un área tan dilatada, aquellos siete hombres eran los que gobernaban en la Cuenca y en las tierras del este, lo gobernaban todo excepto Downtown y el Enclave de la Autoridad.
El descaro de Wili no pasó desapercibido a los coyotes. El más joven de los señores Jonques se inclinó hacia adelante para poderle mirar de arriba abajo.
—¿Éste es el emisario de Naismith? ¿Con «esto» hemos de encerrar a Downtown en una burbuja y rescatar a nuestros hermanos? Debe ser una broma.
El negro más joven, un hombre de unos setenta años, cuchicheaba en el oído de Ebenezer. Probablemente le estaba traduciendo al inglés los comentarios del Jonque. La mirada del anciano era fría y penetrante, y Wili se preguntaba si Ebenezer podía acordarse de todos los disgustos que un escuálido ladrón había causado a los Ndelante.
Wili se inclinó respetuosamente delante de los nobles que estaban sentados. Cuando habló, lo hizo en un español correcto, con lo que confiaba sería el acento de la California Central. Deseaba convencerles de que no era un nativo de Aztlán.
—Mis señores y sabios, es muy cierto que no soy más que un mensajero, un simple técnico. Pero he traído y tengo aquí el invento de Naismith. Sé cómo hay que manejarlo, y sé de qué manera puede usarse para liberar a los prisioneros de la Autoridad.
El alcalde, un hombre que parecía agradable y que tendría unos cincuenta años, alzó una ceja y dijo suavemente:
—¿Quiere usted decir acaso, que sus compañeros van a traerlo, desarmado tal vez?
—¿Mis compañeros? No, mi señor —se agachó, abrió su paquete y sacó de él el generador y su procesador—. Esto es el generador. Con los planos que Naismith ha transmitido por radio, los Quincalleros, dentro de seis semanas, serán capaces de fabricarlos a centenares. Por ahora, éste es el único que puede funcionar.
Mostró a todos el procesador, aparentemente poco diferente a cualquier otro. Pocas cosas podrían parecerse menos a un arma que aquello, y Wili pudo ver claramente que la incredulidad se reflejaba en sus facciones. Era necesario hacer una demostración. Se concentró brevemente para dar los parámetros a la interfase.
Pasaron cinco segundos, y apareció en el aire una esfera perfecta, justo delante de la cara de Wili. La burbuja no medía más de diez centímetros de diámetro, pero, dada la reacción de la audiencia, igual podría haber sido de diez kilómetros. Wili le dio un suave empujón y la esfera, que pesaba exactamente igual que su volumen equivalente de aire, salió disparada hacia donde estaban los nobles. Antes de que se hubiera desplazado un metro, las corrientes de aire ya la habían desviado. El Jonque más joven olvidó su dignidad y saltó desde el estrado para coger la burbuja.
—¡Por Dios, es de verdad! —dijo al tocar su superficie.
Wili no hizo más que sonreír y formular, luego, otra secuencia de órdenes. Una segunda, y después una tercera esfera aparecieron flotando en el salón. Para unas burbujas de este tamaño, donde el objetivo estaba cerca y era homogéneo, los cálculos eran tan sencillos que casi podía generarlas en un chorro continuo. Durante algunos momentos, la audiencia perdió parte de su dignidad.
Por fin, Ebenezer alzó una mano y dijo a Wili en inglés:
—Es decir, muchacho, que tú tienes todo lo que la Autoridad tiene. Puedes encerrar en burbujas a todo Downtown, para que nosotros vayamos después allí y recojamos los trozos. Sus ejércitos no van a permitírnoslo.
Las cabezas de los Jonques se movieron, y Wili sabía que habían comprendido la pregunta. Muchos de ellos entendían el inglés y el españolnegro, a pesar de que muchas veces fingían no comprenderlos. Podía casi ver cómo sus mentes calculadoras hacían funcionar sus procesadores. Con un arma así, podían conseguir mucho más que la liberación de los prisioneros. Podían echar a la Autoridad de Aztlán, arrojarla de allí a patadas. Si la Autoridad era derrotada, ¿por qué no iban ellos a sustituirla? Y, tal como Wili había admitido, tenían una ventaja de seis semanas sobre el resto del mundo.