La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Tal como Wili había supuesto, el reflector fue seguido unos segundos después por fuego de cohetes. El terreno se levantaba y caía debajo de él. Desde un punto situado detrás de las explosiones, Wili podía oír cómo los trozos de hierro y de piedra rebotaban entre los montones de hormigón. Oyó chillar a alguien.
De las ruinas se elevaba un polvo pesado. Ésta era su mejor oportunidad. Wili se escabulló por un callejón lateral, sin preocuparse del polvo ni de las piedras que caían. Dentro de un minuto el enemigo volvería a ver claramente, pero para entonces Wili, y probablemente el resto de los Ndelante, ya se habrían alejado unos cien metros de allí y podrían tener una protección mucho mejor que aquélla.
Un observador hubiera podido creer que corría inconscientemente a causa del pánico, pero en realidad Wili era muy cuidadoso. Iba buscando los indicios de una ruta Ndelante. Durante más de cuarenta años, los Ndelante habían sido, de hecho, los que mandaban en aquellas ruinas. Apenas las usaban como vivienda, pero habían hecho túneles en muchos sitios de la amplia Cuenca, y por doquiera que iban dejaban sutiles mejoras (escotillas de escape, túneles, depósitos de comida), inapreciables si no se conocía el código de marcas. A menos de veinte metros, Wili había encontrado una vía de escape marcada y ahora estaba corriendo a su máxima velocidad por un terreno que habría parecido impracticable para alguien situado a sólo unos metros de distancia. Alguien más estaba utilizando el mismo camino. Wili podía oír por lo menos dos pares de pies que corrían a alguna distancia detrás de él. Unos eran pies pesados de Jonque, y los otros apenas si podían oírse. No se detuvo para esperarles, sería mejor que fueran ellos quienes le alcanzaran.
El piloto del helicóptero se había elevado por encima de la zanja que formaba la calle y ya no disparaba. No había la menor duda de que, en su primer ataque, no había tenido intención de matar, sino que había disparado para hacerles salir a terreno descubierto. Era una estrategia correcta para ser utilizada con los que no fueran Ndelante.
El piloto volaba ahora arriba y abajo dejando caer bombas adormecedoras. Caían tan lejos que Wili apenas si se daba cuenta de ellas. Oyó que, a lo lejos, se aproximaban más aparatos voladores. Algunos, por el ruido, parecían ser muy grandes. Transportes de tropas. Wili siguió corriendo. Hasta que el enemigo hubiera aterrizado, era preferible correr que buscar un buen escondite. Tal vez incluso podría salir del área de lanzamientos.
Cinco minutos después, Wili se había alejado casi un kilómetro. Se desplazaba por una zona comercial que había sido destruida completamente por el fuego. Pasaba de un sótano a otro ya que cada uno estaba conectado con el vecino mediante sutiles agujeros en las paredes. Se le había aflojado el paquete de su equipo, y le golpeaba dolorosamente cuando intentaba ir aprisa. Se detuvo un momento para apretar las correas, pero entonces se le clavaban todavía más en los hombros.
En cierto sentido, se había extraviado. No tenía idea de dónde estaba, ni mucho menos de cómo llegar al punto de recogida que los Ndelante y los Jonques habían establecido. Pero en cambio sabía perfectamente de dónde debía escapar y, si las veía, podía reconocer las claves que podían conducirle hasta un agujero verdaderamente seguro, donde irían a mirar los Ndelante cuando se hubiera terminado toda aquella conmoción.
Otra carrera de dos kilómetros. Wili se detuvo para ajustar de nuevo las correas. Tal vez sería mejor esperar a que los otros le alcanzaran. Si por allí había algún agujero de seguridad, tal vez sabrían dónde estaba. Y entonces lo vio, casi delante de él. Era un conjunto de raspados y roturas, aparentemente inocente, en la piedra de la esquina del edificio de un banco. En alguna parte del sótano de aquel banco, sin duda:n la antigua cámara acorazada, debía haber provisiones, igual y probablemente un comunicador manual. Ahora se explicaba por qué los Ndelante que le seguían se habían mantenido tan cerca de él en todo el trayecto. Wili abandonó la oscuridad del callejón y cruzó la calle en una sucesión de saltos, de un escondite hasta otro cercano. Era como en los antiguos tiempos, después de Tío Sly pero antes de Paul, las matemáticas y Jeremy, pero con una importante diferencia: en aquellos tiempos, la mayoría de las veces debía ser llevado por sus compañeros ladrones, puesto que estaba demasiado débil para aguantar una carrera prolongada. Ahora era tan duro como el que más.
Bajó por las oscuras escaleras con las manos por delante y con movimientos casi rituales para localizar las posibles trampas explosivas que los Ndelante eran muy aficionados a dejar cuando se marchaban de un sitio. Los sonidos del exterior llegaban muy amortiguados, pero creyó oír a los otros, al Jonque superviviente y los Ndelante que pudieran ir con él. Le faltaban muy pocos escalones para llegar a…
Después de tanta oscuridad, la luz que surgió detrás de él le cegó. Durante un instante Wili miró estúpidamente su propia sombra. Después se tiró al suelo y se arrastró, pero no tenía dónde ir y el haz de la linterna le seguía con toda facilidad. Miró hacia la oscuridad que había detrás de la luz. No tuvo que hacer suposiciones sobre quién había allí.
—Mantén tus manos de forma que las vea, Wili —la voz de ella era suave y juiciosa—. te aseguro que tengo una pistola.
—¿Está haciendo su sucio trabajo, otra vez?
—Me figuré que si te cogía antes de enterarme de todo, podías meterte en una burbuja —su voz cambió de dirección—. Sal a la calle y haz señales al helicóptero para que baje.
—Muy bien —la voz de Rosas tenía aquella mezcla de resentimiento y cobardía que Wili recordaba desde el barco de pesca.
Sus pisadas se alejaron por las escaleras.
—Ahora quítate la mochila, poco a poco, y déjala en los escalones.
Wili se quitó las correas y subió uno o dos escalones. Se detuvo cuando ella hizo un ruido de aviso y dejó el generador en el escalón entre trozos de yeso y excrementos de rata. Luego se sentó fingiendo que daba un descanso a sus piernas. Si ella estuviera un par de metros más cerca…
—¿Cómo me ha podido seguir? Ningún Jonque hubiera podido porque no conocen las claves.
Su curiosidad era sólo una excusa a medias. Si no hubiese estado tan asustado y enfadado, se habría sentido humillado. Le había costado años aprender las señales de los Ndelante, y aquella mujer, que ni siquiera lo era, había llegado por primera vez a la Cuenca y ya sabía tanto como él.
Lu se adelantó haciéndole señales para que se apartara. Dejó la linterna en los escalones y empezó a soltar las ataduras de la mochila con su mano derecha. Tenía una pistola, un Hacha de 15 milímetros, que probablemente había cogido a alguno de los Jonques. Le apuntaba sin desviarse lo más mínimo.
—¿Claves? —en su voz había una sorpresa real—. No, Wili. Yo tengo buenos oídos y buenas piernas. Estaba demasiado oscuro para seguir las pistas.
Miró dentro de la mochila, se pasó las correas por encima de un hombro, recuperó su linterna y se levantó. Ahora lo tenía todo. «Y, por mi mediación, incluso tiene a Paul, advirtió Wili de repente. Pensaba también en los agujeros que el Hacha podía abrir y en lo que él debía hacer.
Rosas regresó.
—Moví mi linterna en todas direcciones, pero allí hay tanta luz y tanto ruido que no creo que nadie se haya enterado.
Lu lanzó un gruñido de enfado.
—Estos atontados. Lo que ellos saben de la vigilancia de…
Muchas cosas ocurrieron al mismo tiempo. Wili se precipitó sobre ella. La linterna se movió y las sombras se abalanzaron como si fueran monstruos. Se oyó un ruido de desgarro, de rotura. Un instante después, Lu se estrelló contra la pared y cayó por los escalones. Rosas estaba de pie detrás de la forma inerte de ella, con una barra de metal atenazada en sus manos. Algo oscuro y líquido brillaba en aquella barra. Wili subió un escalón, vaciló y subió otro. Lu estaba en el suelo con la cara hacia abajo. Era tan menuda y poco más alta que él. Y ahora estaba tan quieta.