La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Wili negó con la cabeza.
—No, sabio. Para ello se necesitará mucha más energía, aunque no se requiera la de fusión que utiliza la Autoridad. Pero, y esto es más importante, este generador no es lo suficientemente rápido. Su capacidad máxima corresponde a una burbuja de unos cuatrocientos metros de diámetro, y para ello necesita unas condiciones especiales y un tiempo de preparación de varios minutos.
—¡Bah! Entonces es un juguete. Tal vez con esto pueda usted decapitar a algunos soldados de la Autoridad, pero cuando saquen sus ametralladoras y sus aviones será usted un hombre muerto.
El señor Bocazas estaba de nuevo en forma. A Wili le recordaba a Roberto Richardson. Era una pena que todo aquello fuera a favorecer a individuos como aquéllos.
—No es ningún juguete, mi señor. Si ustedes siguen el plan que Paul Naismith ha preparado, todos los rehenes podrán ser liberados.
En realidad se trataba de un plan que se le había ocurrido al mismo Wili durante el primer experimento, cuando había cogido con sus brazos la burbuja que había hecho Jill. Pero no funcionaría si no decía que era idea de Paul.
—Hay cosas que pueden hacer las burbujas y que ni ustedes, ni nadie, ni la misma Autoridad, conocen todavía.
—¿Y qué cosas son éstas, señor? —en la voz del alcalde había una cortesía totalmente desprovista de sarcasmo.
Una pareja acababa de entrar por el otro lado de la sala. Durante unos instantes lo único que pudo ver Wili fueron sus siluetas delante de la luz que entraba por las ventanas. Pero esto bastó.
—¡Vosotros dos!
Mike parecía tan sorprendido como Wili, pero Lu sonreía.
—Son los representantes de Kaladze —aclaró el alcalde.
—¡Por el Único Dios! ¡Estos son los representantes de la Autoridad!
—Veamos —dijo el Bocazas—. Éstos dos vienen avalados por los Kaladze, que son los que han organizado todo esto.
—No voy a decir nada, si ellos están aquí.
Un silencio de muerte recibió su negativa, y de repente Wili tuvo miedo, miedo físico. Los señores Jonque tenían ciertas habitaciones muy interesantes en los sótanos de sus castillos provistas de aparatos muy eficaces para persuadir a la gente de que hablara. Esto iba a ser como la confrontación con los Kaladze, sólo que más sangriento.
El alcalde dijo:
—No le creo. Hemos hecho comprobaciones de los Kaladze con todo cuidado. Hemos hecho salir incluso a nuestra propia corte, para que esta reunión se haga tan sólo con los que han de estar enterados. Pero —suspiró y Wili vio que en algunos aspectos era más flexible (o más desconfiado) que Nicolai Sergeivich— tal vez sería más seguro si usted sólo nos dice lo que hay que hacer, y no todos los secretos que haya detrás. Juzgaremos los riesgos y decidiremos si es imprescindible o no que tengamos más información ahora.
Wili miró a Rosas y a Lu. ¿Sería posible hacerlo sin dar a conocer el secreto, por lo menos hasta que a la Autoridad le resultara imposible contrarrestarlo? Tal vez sí.
—Los rehenes, ¿están todavía detenidos en la Torre de Contrataciones?
—En los dos pisos de arriba. Incluso desde el aire, el asalto sería suicida.
—Sí, mi señor. Pero hay otra manera. Voy a necesitar cuarenta contenedores Julián 33 (otras marcas también podrían ser útiles pero estaba seguro de que aquéllas, de fabricación Aztlán, serían fáciles de conseguir) y acceso a su servicio meteorológico. Esto es lo que tienen ustedes que hacer…
Hasta algunas horas después Wili no cayó en la cuenta de que él, el muchacho casi inválido de Glendora, estaba dando órdenes a los gobernantes de Aztlán y a los hombres sabios de los Ndelante Ali. Ojalá lo hubiera podido ver el Tío Sly.
A primeras horas de la tarde del día siguiente, Wili estaba agachado en las ruinas de unas casas situadas precisamente al este de Downtown, y estudiaba su pantalla. Ésta, se encontraba conectada a un telescopio que los Ndelante habían colocado en el terrado. El día era tan claro que la vista de que disponía podría haber sido la de un halcón que sobrevolara en círculos los aledaños del Enclave. Mirando entre los edificios, Wili podía ver las calles llenas de docenas de automóviles que trasladaban a los empleados de la Autoridad. Centenares de bicicletas, propiedad de los funcionarios de menor categoría, circulaban lentamente por los bordes de la calle. Y peatones. Éstos se aglomeraban en las proximidades de los grandes edificios. Ocasionalmente, algún helicóptero zumbaba en las alturas. Era como una visión sacada de un videodisco antiguo, pero aquello era real, estaba sucediendo en aquellos momentos y en aquel lugar, uno de los pocos que quedaban en la Tierra donde el ajetreado pasado vivía todavía.
Wili apagó la pantalla y miró hacia las caras, tanto Jonques como negras, de los que le rodeaban.
—No se necesita mucha ayuda para esta operación. El éxito depende de lo buenos que sean sus espías.
—Son lo bastante buenos —aseguró el malencarado ayudante de Ebenezer.
Los Ndelante Ali constituían una organización muy importante, pero Wili tenía la sospecha de que aquel individuo le conocía de antes. Volver a casa, con Paul, podía depender de que aquellos «amigos» siguieran intimidados por la reputación y los aparatos de Naismith.
—A los de la Paz les gusta que les sirvan personas, además de las máquinas. Los creyentes han estado esta misma mañana en la Torre. Todos los rehenes están en los dos pisos de arriba. Los dos pisos siguientes están vacíos y cargados de alarmas y, más abajo, hay por lo menos un piso lleno de soldados de la Paz. La zona de servicio también está ocupada y puede usted ver que hay una patrulla con un helicóptero y otros aviones de ala fija. Casi se podría suponer que esperan un asalto armado como los del siglo veinte y no…
Y no a un escuálido adolescente con su generador en miniatura. Wili completó silenciosamente la severa implicación del otro. Se miró las manos. Escuálido, tal vez. Pero si seguía ganando peso, como iba haciendo durante las últimas semanas, pronto iba a dejar de serlo.
Y se sentía capaz de habérselas con la Autoridad, los Jonques y los Ndelante Ali, todos juntos. Wili sonrió al sabio.
—Lo que yo tengo es más efectivo que los tanques y las bombas. Si ustedes están completamente seguros de dónde están los prisioneros, por la noche estarán en mi poder.
Se volvió hacia el ayudante del alcalde, que era un anciano le buen ver, que rara vez hablaba pero que conseguía una obediencia ciega y absoluta de sus hombres.
—¿Ha podido usted hacer que suban mi equipo hasta arriba? —Sí, señor.
—Pues si es así, vayamos arriba.
Retrocedieron hasta la parte principal de las ruinas, manteniéndose cuidadosamente en la sombra y fuera de la vista de las naves que sobrevolaban el lugar. El edificio original había ceñido treinta metros de altura, con hileras de balcones que miraban hacia el oeste. Gran parte de la fachada se había derrumbado, y las escaleras se habían quedado al aire, pero el hombre del alcalde era sagaz y había ordenado que dos jóvenes Jonques treparan por el hueco de un montacargas interior y prepararan un cabestrante para subir el equipo y a las personas mayores hasta el cuarto piso, el punto estratégico que Wili necesitaba.
Uno tras otro, los Jonques y Ndelante fueron subiendo. Wili sabía que una tan íntima colaboración entre aquellos enemigos de sangre habría sido un shock tremendo para muchos de los creyentes. Aquellos grupos luchaban y se mataban entre ellos en otras circunstancias, y cada uno utilizaba a los otros para justificar toda suerte de sacrificios por parte de su propia gente. Estas luchas eran reales y sangrientas, pero la cooperación secreta también era real. Dos años atrás, Wili había apostado a que existía este secreto, y era aquello lo que finalmente le había hecho ponerse en contra de los Ndelante. El pasillo del cuarto piso crujía amenazadoramente bajo sus pies. En el exterior hacía calor, pero aquello era como el interior de un horno. A través de algunos agujeros en el suelo, Wili podía ver las ruinas de las habitaciones de los pasillos de los pisos inferiores. Unos agujeros similares en el techo permitían el paso de la única luz de que disponían. Uno de los Jonques abrió una puerta lateral y se mantuvo cuidadosamente alejado cuando entraron Wili y la gente de Ndelante.