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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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Hasta había podido oír una conversación en la que se daban órdenes explícitas. Fue entonces cuando decidió marcharse.

—Era un buen hombre, Wili, pero tal vez era también algo cobarde. Debería haber denunciado la operación. Debería haber convencido a los de la Paz para que mataran a aquellos monstruos. Y eran unos verdaderos monstruos, Wili. En los años diez, todo el mundo sabía que los gobiernos no tenían salvación. Lo que se hizo en Huachuca fue una pura venganza. Recuerdo cuando, por fin, la Autoridad dedujo de dónde había salido la plaga. Mi padre estaba vivo todavía, aunque muy enfermo. Yo tenía sólo seis años, pero me había contado la historia una y otra vez. No podía comprender por qué lloraba cuando le conté que Huachuca había sido envuelta en una burbuja; luego vi que lo que hacía en realidad era reírse. La gente también llora de alegría, Wili. Es verdad.

A su izquierda el terreno caía casi verticalmente. Wili no podía ver si la caída era de dos metros o de cincuenta. Los Jonques le habían dado un visor nocturno, pero no le habían dicho que sus baterías se agotarían en menos de una hora. Las estaba ahorrando para más adelante. En cualquier caso el camino era lo bastante ancho para que no existiera un verdadero peligro de caerse. Seguía las laderas de las colinas, dando vueltas y revueltas para ganar altura.

Por lo que recordaba de los mapas, supuso que no tardarían mucho en llegar a la cresta. Poco después, ya podrían ver la cabaña.

Mike calló durante mucho tiempo, y Wili no le contestó en seguida. Tenía seis años. Wili se acordaba de cuando tenía seis años. Si el azar y una loca determinación no le hubieran hecho darse de cara con la realidad, habría ido por la vida convencido de que los Jonques le habían raptado de Tío Sly y que, cuando Sly se había marchado, los Ndelante eran sus únicos amigos y valedores. Hacía dos años que se había enterado mejor del asunto. Los raptores, sí, habían sido los Jonques, pero lo habían cometido bajo la secreta petición de los Ndelante. Ebenezer se había enfadado mucho con un no creyente, con Tío Sly, que utilizaba el agua corriente arriba, antes de que ésta llegara al depósito de los Ndelante. Además, los creyentes estaban dispuestos a apoderarse de Glendora, y necesitaban un enemigo exterior para poderlo hacer con más facilidad.

La cosa funcionó también al revés. Los Jonques comunes, sin la protección de los señores, vivían en constante temor de las incursiones de los Ndelante.

Wili se estremeció. No era algo para contárselo a Mike. Probablemente no podía pensar más que en Huachuca. Pero Wili tenía un escepticismo infinito cuando se trataba de los motivos que alegaban las organizaciones.

Wili había visto traiciones grandes y pequeñas, colectivas e individuales. Estaba convencido de que Mike creía todo aquello que contaba, y de que en La Jolla había hecho lo que consideraba correcto. Que lo había hecho al mismo tiempo que intentaba cumplir el encargo de proteger a Wili y Jeremy.

La senda empezó a descender de forma regular. Ya habían pasado la cresta. Algunos centenares de metros después, el bosque bajo se abrió un poco, y pudieron ver un pequeño valle. Wili hizo un gesto para que Mike se detuviera. Sacó de su mochila el visor nocturno y miró con él hacia el valle. Pesaba más que los lentes que le habían prestado los de Flecha Roja, pero tenía un amplificador que permitía ver perfectamente la casa así como los caminos que llegaban y salían del valle.

En la granja no se veían luces, podía pensarse que estaba abandonada, pero Wili pudo ver dos caballos en el corral.

—Esta gente no son Quincalleros, pero son amigos, Mike. Creo que estamos seguros con ellos. Con estos caballos, podremos reunimos con Paul dentro de unos pocos días.

—¿Por qué hablas en plural, Wili? ¿Es que no has escuchado lo que te he dicho? Te he traicionado. Soy la última persona a quien deberías decirle dónde está Paul.

—Te he escuchado. Y ahora ya sé lo que hiciste y tus motivos para hacerlo. Esto es mucho más de lo que sé de mucha gente. Y en todo lo que me has contado no hay nada que pueda ser una traición a Paul o a los Quincalleros, ¿no es cierto?

—Sí. Los de la Paz no son los monstruos que eran los fabricantes de plagas, pero son enemigos. Voy n hacer todo lo que pueda pata detenerles. Pero estoy seguro de que no podría matar a Della. Casi me volví loco, en las ruinas, cuando creía que la había matado. No lo volvería a intentar jamás.

Wili permaneció callado unos momentos.

—Te creo. Tal vez yo tampoco podría.

—Pero todavía sigue siendo un riesgo loco el que corres. Es mejor que me vaya a Santa Inés.

—Deben saberlo ya, Mike. Salimos de Los Ángeles casi al mismo tiempo que las noticias de que te habías escapado con Della. Puede que tu sheriff todavía te aceptase, pero ninguno de los demás lo haría. Me apostaría algo a que es así. Paul, además, necesita otro par de brazos fuertes; tendrá que moverse de prisa. Llevarte a ti es más seguro que avisar a los Quincalleros para decirles dónde han de mandar la ayuda.

Más silencio. Wili alzó nuevamente el visor y mito otra vez con él hacia el valle. Advirtió que Mike le ponía una mano sobre su hombro.

—De acuerdo. Pero tendremos que contárselo todo a Paul, absolutamente todo. Y que sea él quien decida lo que va a hacer conmigo.

El muchacho dijo por señas que sí.

—Y, Wili… gracias.

Se levantaron y echaron a andar hacia el valle. Wili se dio cuenta de que estaba sonriendo. Se sentía muy orgulloso. No pagado de sí mismo, simplemente orgulloso. Por primera vez en su vida había sido el hombro fuerte en quien descansaba otra persona.

30

Lo que Wili más había echado de menos, incluso más que a Paul y a los Morales, era la conexión al procesador. Ahora que ya estaba de regreso, pasaba muchas horas del día en conexión profunda. Y, durante gran parte del tiempo restante, llevaba puesto el conector. Cuando discutía con Allison y Paul, le resultaba muy cómodo tener todos aquellos recursos disponibles, y saber que los programas iban trabajando y estaban a su disposición.

Y había algo más. Le proporcionaba un sentimiento de seguridad.

Pero la seguridad era algo que había ido menguando día a día. Seis meses atrás, creía que la casa estaba perfectamente escondida, en lo más recóndito de las montañas y hábilmente disimulada entre los árboles. Esto había sido antes de que los de la Paz empezaran a buscarles, y antes de que Allison Parker le hablara de los reconocimientos aéreos. Durante unas semanas, valiosísimas para ellos, la búsqueda la habían centrado en California del Norte y en Oregón, pero ahora la habían extendido tanto hacia el sur como hacia el este. Antes, la única aeronave que podían ver era la lanzadera regular Los Ángeles—Livermore y, dado que pasaba muy hacia el este, había que saber exactamente dónde y cuándo mirar para poder ver un débil trazo plateado.

Ahora veían aviones varias veces a la semana. Sus trayectorias, representadas sobre el cielo, formaban una red muy extensa. Y ellos eran los peces.

—Todos los camuflajes del mundo no servirían de nada si deciden que usted está escondido en California Central —la voz de Mike era tensa y tenía un tono perentorio.

Cruzó la terraza y dio unos tirones a las telas verdes y marrones que entre él y Bill Morales habían colgado sobre toda la parte visible de piedra y en las esquinas pronunciadas, de la mansión. Ya se habían acabado aquellos días en que podían sentarse al lado del estanque y admirar el lejano paisaje.

Paul protestó:

—No es un camuflaje corriente, es…

—Ya lo sé, sé que ha representado mucho trabajo. Sé que Allison y los Morales estuvieron dos semanas preparándolo. También sé que ella y Wili añadieron algunos toques de electrónica y que lo convirtieron en algo mucho mejor de lo que parece, pero Paul —se sentó y miró fijamente a Paul como si así pudiera persuadirle más fácilmente mediante la fuerza de su propia convicción—, ellos tienen otros métodos. Pueden interrogar a los del norte, o al menos a sus subordinados. Esto les conduciría a Ojal. Han hecho incursiones en Flecha Roja, en Santa Inés y en las ciudades comerciales que están más al norte. Aparentemente, las pocas personas, como Kaladze, que conocen el paradero de usted, han escapado. Pero a pesar de todas las pistas falsas que haya usted podido ir plantando, a lo largo de todos estos años, acabarán por circunscribirse a esta parte del país.

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