La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
Una vez limpio se reunió con los demás en la sala.
El capellán, Horvath y Sally Fowler, todos con zapatillas de caída de suela rígida, todos alineados hacia arriba. Whitbread nunca se había fijado antes en aquello.
—Señor Ministro de Ciencias, me pongo a sus órdenes.
—Está bien, señor… Whitbread. —Se alejó. Parecía preocupado e inquieto. Todos lo parecían.
Habló el capellán, laboriosamente.
—Ya ve, ninguno sabemos realmente qué hacer. Nunca se ha establecido contacto con alienígenas.
—Son muy cordiales. Quieren hablar —dijo Whitbread.
—Vaya, eso me pone en un apuro, aunque sea positivo. —El capellán lanzó una nerviosa carcajada—. ¿Cómo es su nave, Whitbread?
Intentó explicárselo. Muy estrecha hasta que se llega a los toroides plásticos… frágil… es inútil intentar distinguir o diferenciar a los pajeños, salvo los Marrones, que son algo distintos de los Marrones-y-blancos…
—Van desarmados —les dijo—. Estuve tres horas explorando la nave. No había a bordo ningún lugar en que pudiesen esconder armas grandes.
—¿Tuvo usted la impresión de que intentaban ocultarle algo?
—No…
—No parece usted muy seguro —dijo rápidamente Horvath.
—Bueno, no es eso, señor. Es que estaba recordando en este momento la sala de herramientas. Entramos en una sala que era todo herramientas: paredes, techo y suelo. En un par de paredes había cosas normales: brocas manuales, sierras de extraños mangos, tornillos y destornilladores. Cosas que yo podía reconocer. Y clavos y lo que me pareció un martillo con una gran cabeza lisa. Todo aquello parecía el taller del sótano de un aficionado a la mecánica. Pero también había cosas realmente complejas; cosas que no pude descubrir para qué servían.
La nave alienígena flotaba fuera, frente a la escotilla frontal. Dentro de ella se movían formas no humanas. Sally las observaba también… pero Horvath dijo secamente:
—Decía usted que los alienígenas no le conducían.
—No creo que pretendieran ocultarme nada. Estoy seguro de que fui yo quien se dirigió a la sala de herramientas. No sé por qué, pero creo que era una prueba de inteligencia. Si lo era, fracasé.
—El único pajeño —dijo el capellán Hardy— al que hemos interrogado hasta ahora no comprende siquiera los gestos más simples. Ahora me dice usted que los pajeños han estado haciéndole pruebas de inteligencia…
—E interpretando gestos. Tienen una facilidad asombrosa para comprenderlos, de veras. Son distintos. Ya vio usted las imágenes. Hardy se acarició el pelo rojizo.
—¿Las de la cámara de su casco? Sí, Jonathon. Creo que estamos tratando con dos tipos distintos de pajeños. Uno es un sabio idiota y no habla. Los otros… hablan—concluyó torpemente; se dio cuenta de que estaba jugueteando con su pelo y lo alisó de nuevo—. Pero será difícil aprender a contestarles.
Whitbread comprendió que todos temían el encuentro, y sobre todo Sally. E incluso el capellán Hardy, que nunca se inquietaba por nada. Todos temían aquel primer contacto.
—¿Alguna impresión más? —preguntó Horvath.
—Sigo pensando que la nave estaba diseñada para caída libre. Hay puntos de fijación en toda ella. Y también muebles hinchables. Y hay pequeños pasadizos unidos a los toroides, de la misma anchura que ellos. Con aceleración deben de ser como trampillas abiertas sin salida.
—Es extraño —musitó Horvath—. La nave estaba bajo aceleración hasta hace cuatro horas.
—Exactamente, señor. Las uniones deben de ser nuevas.
Esta idea asaltó de pronto a Whitbread. Aquellas uniones tenían que ser nuevas…
—Pero eso nos explica aún más —dijo quedamente el capellán Hardy—. Y dice usted que los muebles están situados en todos los ángulos. Todos vimos que los pajeños no se preocupaban de cuál era su orientación cuando hablaban con usted. Como si estuviesen extrañamente adaptados a la caída libre. Como si hubiesen evolucionado en ella…
—Pero eso es imposible —protestó Sally—. Imposible, pero… ¡Tiene usted razón, doctor Hardy! Los humanos siempre se orientan. ¡Incluso los veteranos que han pasado toda su vida en el espacio! Pero nadie puede evolucionar en caída libre.
—Una raza lo suficientemente vieja podría —dijo Hardy—. Y tenemos esos brazos asimétricos. ¿Progreso evolutivo? Es conveniente tener en cuenta esta teoría cuando hablemos con los pajeños. —Si podemos hablar con ellos, añadió para sí.
—Lo que más les extrañó fue mi columna vertebral —dijo Whitbread—. Como si no hubiesen visto nunca una. —Se detuvo—. No sé si se lo han dicho. Me desnudé para que me vieran. Me parecía justo que ellos… supieran con quién trataban —No podía mirar a Sally.
—No me río —dijo ella—. Tendré que hacer lo mismo.
Whitbread dio un respingo.
—¿Cómo?
Sally eligió cuidadosamente las palabras; tengo que recordar las costumbres provincianas, se dijo. No alzó la vista de la cubierta.
—No creo que el capitán Blaine y el almirante Kutuzov pretendan ocultar a los pajeños la existencia de dos sexos entre los humanos. Tienen derecho a saber cómo estamos hechos, y yo soy la única mujer a bordo de la MacArthur.
—¡Pero es usted la sobrina del senador Fowler! Sally no sonrió al oír esto.
—No se lo diremos. —Se levantó inmediatamente—. Piloto Lafferty, partiremos ya.
Se volvió, de nuevo la dama imperial, y por el gesto que hizo no parecía que estuviese en caída libre.
—Jonathon —dijo—, le agradezco su interés. Capellán, debe reunirse conmigo en cuanto le llamen —y con esto, se fue. Mucho después, Whitbread dijo:
—Me preguntaba por qué estábamos todos tan nerviosos. Y Horvath, sin mirarle, dijo:
—Ella insistió.
Sally llamó al transbordador cuando llegó. El mismo pajeño que había recibido a Whitbread u otro idéntico la ayudó a subir a bordo cortésmente.
Una cámara del taxi recogió esto e hizo inclinarse profundamente hacia adelante al capellán.
—Ese gesto que hizo parece de usted, Whitbread. Es un excelente imitador.
Sally volvió a llamar unos minutos después. Estaba en uno de los toroides.
—Estoy rodeada de pajeños. Muchos de ellos llevan instrumentos. De tamaño manual, Jonathon…
—La mayoría no tenían nada en la mano. ¿Cómo son esos instrumentos?
—Bueno, uno parece una cámara a medio desmontar y otro tiene una pantalla como la de un osciloscopio —hubo una pausa—. Bueno, llegó el momento…
Durante veinte minutos no supieron nada de Sally Fowler. Los tres hombres esperaron con los ojos fijos en la pantalla vacía del intercomunicador.
Por fin sonó áspera la voz de Sally.
—Muy bien, caballeros, pueden venir ustedes ya.
—De acuerdo —dijo Hardy, soltándose y flotando en un lento arco hacia la cámara neumática del transbordador. Su tono era también áspero pero aliviado. La espera había terminado.
Alrededor de Rod había el movimiento habitual del puente; los científicos observaban las principales pantallas visuales, los oficiales controlaban los movimientos de la MacArthur. Para mantener a los tripulantes ocupados Rod había ordenado al guardiamarina Staley que realizase un simulacro de asalto a la nave pajeña con los soldados. Todo puramente teórico, por supuesto; pero ayudaba a mantener a Rod ocupado impidiéndole cavilar sobre lo que sucedía a bordo de la nave alienígena. La llamada de Horvath fue una distracción venturosa, y Rod se mostró muy cordial en su respuesta.