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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Los tanques flotaban libres frente a él mientras se afanaba con el traje. Los pajeños se movían lentamente, y uno de ellos —marrón, sin fajas, idéntico a la minera que estaba a bordo de la MacArthur— se acercó a ayudarle.

Utilizó un instrumento de su caja de herramientas para fijar el casco a la pared de plástico translúcido. Sorprendentemente, no pudo hacerlo. El pajeño marrón advirtió instantáneamente sus dificultades. Él (o ella o ello) sacó un tubo de algún material desconocido y frotó con él el casco de Whitbread; tras esto pudo fijarlo. Jonathon dirigió la cámara hacia él, y fijó el resto de su traje al lado.

Los humanos se habrían alineado con las cabezas en la misma dirección, como si hubiesen de definir una ruta hacia arriba antes de poder hablar cómodamente. Los pajeños estaban situados en todos los ángulos. Evidentemente no les importaba gran cosa la posición. Esperaban, sonriendo.

Whitbread se quitó el resto de su traje, hasta quedar sin nada.

Los pajeños se acercaron a examinarle.

El Marrón destacaba entre todos los demás. Era más bajo que los otros, con las manos algo más grandes, y tenía algo extraño en la cabeza; a Whitbread le parecía exactamente igual que la minera. Los otros se parecían al que había muerto en la sonda de vela de luz pajeña.

El Marrón examinaba ahora su traje, parecía hurgar en la caja de herramientas; pero los demás examinaban detenidamente a Whitbread, tanteando su musculatura y localizando las articulaciones de su cuerpo, buscando puntos donde la presión provocase reflejos.

Dos examinaron sus dientes, que Whitbread mantenía firmemente apretados. Otros rastrearon sus huesos con los dedos; sus costillas, su espina dorsal, el contorno del cráneo, la pelvis, los huesos de los pies. Palparon sus manos y movieron los dedos en sentidos distintos a su articulación normal. Aunque actuaban con bastante delicadeza, resultaba desagradable.

Su charla aumentó de volumen. Algunos de los sonidos eran tan agudos que resultaban casi chillidos y silbidos inaudibles, pero tras ellos había tonos melodiosos de intensidad media. Parecían repetir constantemente una frase en tono agudo. Luego se situaron todos detrás de él, mostrándose unos a otros el perfil de su columna vertebral. La columna vertebral de Whitbread parecía interesarles mucho. Un pajeño le hizo una señal, cerrando un ojo inclinándose luego hacia adelante y hacia atrás. Las articulaciones restallaron como si tuviese rota la espalda en dos puntos. A Whitbread le resultaba incómodo ver aquello, pero entendió la idea. Se encogió en posición fetal, se incorporó y se encogió de nuevo. Una docena de pequeñas manos alienígenas tantearon su espalda.

De pronto retrocedieron. Uno se aproximó y pareció invitarle a explorar su propia anatomía. Whitbread hizo un gesto negativo con la cabeza y apartó ostentosamente la vista. Aquello era para los científicos.

Recogió su casco y habló por el micrófono.

—Preparado para informar, señor. No estoy seguro de lo que debo hacer ahora. ¿Debo intentar llevar conmigo a la MacArthur a algunos de ellos? La voz del capitán Blaine parecía tensa.

—Desde luego que no. ¿Puede usted salir de su nave?

—Puedo, señor, si tengo que hacerlo.

—Preferiríamos que lo hiciese. Informe por una línea segura, Whitbread.

—De acuerdo, señor.

Jonathon hizo una señal a los pajeños, indicando su casco y luego la cámara neumática. El que le había conducido hasta allí asintió. Whitbread se colocó de nuevo el traje con ayuda del Marrón, ajustó las cremalleras y fijó su casco. Un Marrón-y-blanco le condujo hasta la cámara neumática.

No había ningún lugar conveniente fuera para fijar la línea de seguridad, pero después de una ojeada su acompañante pajeño fijó un gancho en la superficie de la nave. Aquel gancho no parecía esencial. Jonathon se preguntó qué podría ser. Luego frunció el ceño. ¿Dónde estaba el anillo en que se apoyó el pajeño cuando Whitbread penetró en la nave? Había desaparecido. ¿Por qué?

Bueno, la MacArthur estaba cerca. Si se rompía el gancho podrían salir a cogerle. Cautelosamente se separó de la nave pajeña hasta colgar en el espacio vacío. Utilizó el visor de su casco para alinearse exactamente con las antenas que sobresalían de la superficie totalmente negra de la MacArthur. Luego tocó con la lengua el mecanismo de seguridad.

Un fino rayo de luz concentrada brotó de su casco. Brotó otro de la MacArthur, tras el suyo, y fue a dar en un pequeño receptáculo instalado en el casco. El anillo que rodeaba aquel receptáculo permanecía en la oscuridad; si la luz se desbordaba, el sistema de control que había en la MacArthur la corregiría; si la luz alcanzaba un tercer anillo que rodeaba las antenas receptoras de Whitbread, cortaría totalmente la comunicación.

—Seguro, señor —informó. Dejó que una nota irritada pero desconcertada asomara en su voz. Después de todo, pensó, tengo derecho a una pequeña manifestación de mis opiniones.

Blaine contestó inmediatamente.

—Señor Whitbread, la razón de esta medida de seguridad no es hacerle sentirse incómodo. Los pajeños aún no entienden nuestro idioma, pero pueden hacer grabaciones; luego acabarán entendiendo el ánglico. ¿Me comprende?

—Sí, señor, perfectamente. —Demonios, el capitán es previsor.

—Bueno, señor Whitbread, no podemos permitir que ningún pajeño suba a bordo de la MacArthur hasta que quede resuelto el problema de las miniaturas, y no podemos permitir que los pajeños sepan que tenemos este problema. ¿Ha comprendido?

—Perfectamente, señor.

—Muy bien. Voy a enviar a un equipo de científicos a su encuentro… ahora que ha roto usted el hielo, como si dijésemos. Por cierto, le felicito. Antes de que envíe a los científicos, ¿quiere usted hacer algún comentario?

—Bueno. Sí, señor. Primero, que hay dos pequeños a bordo. Los vi colgados a la espalda de dos adultos. Son mayores que las miniaturas y del mismo color que los adultos.

—Más prueba de sus propósitos pacíficos —dijo Blaine—. ¿Qué más?

—Bueno, no tuve oportunidad de contarlos, pero debe de haber unos veintitrés Marrones-y-blancos y dos Marrones como la minera del asteroide. Los dos niños estaban con los Marrones. No sé por qué.

—Pronto podremos preguntárselo. De acuerdo, Whitbread, ahora enviaremos a los científicos. Ellos ocuparán el transbordador. Renner, ¿me escucha?

—Le escucho, señor.

—Establezca un rumbo. Quiero que la MacArthur se sitúe a cincuenta kilómetros de la nave pajeña. No sé lo que harán los pajeños cuando nos acerquemos, pero el transbordador estará allí antes.

—¿Vamos a poner en marcha la nave, señor? —preguntó Renner incrédulo. Whitbread sintió ganas de reír, pero se contuvo.

—Sí.

Nadie dijo nada durante largo rato.

—Está bien —capituló Blaine—. Lo explicaré. El almirante está muy preocupado por las miniaturas. Cree que podrían comunicarse con esa nave. Tenemos orden de no dar a las miniaturas huidas oportunidad de comunicarse con un pajeño adulto, y está muy cerca un klick.

Hubo más silencio.

—Eso es todo, señores. Gracias, señor Whitbread —dijo Rod—. Señor Staley, informe al doctor Hardy de que puede subir a bordo del transbordador cuando quiera.

Bueno, ya está, pensó el capellán Hardy. Era un hombre grueso y lento, de ojos soñadores, y pelo rojizo que empezaba a encanecer. Salvo los domingos, que salía a celebrar los oficios religiosos, se había mantenido voluntariamente encerrado en su camarote durante la mayor parte del viaje.

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