La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
Hardy juntó las manos en actitud de oración, y luego alzó la vista embarazado. Había adquirido aquel hábito mucho antes de ingresar en el sacerdocio, y no podía prescindir de él; pero indicaba concentración, no reverencia.
—No hizo usted nada, y ellos no manifestaron curiosidad por tal cosa. —Pensó intensamente durante largos segundos—. Sin embargo yo pregunté los nombres de las piezas y pasé mucho tiempo allí, y mi Fyunch(click) pareció sorprenderse mucho. Pude interpretar mal la emoción, desde luego, pero creo realmente que mi interés por las herramientas les desconcertó.
—¿Intentó usted utilizar alguna? —preguntó Whitbread.
—No. ¿Y usted?
—Bueno, yo estuve jugueteando con algunas…
—¿Y se sorprendieron por eso, o manifestaron curiosidad?
—No dejaron de observarme ni un instante —dijo Jonathon, encogiéndose de hombros—. No noté ningún cambio de actitud.
—Sí —Hardy unió de nuevo sus manos, pero esta vez sin darse cuenta de lo que hacía—. Creo que hay algo extraño en esa habitación y en la curiosidad que les causa nuestro interés por ella. Pero dudo que sepamos el motivo mientras el capitán Blaine no nos envíe su especialista. ¿Saben ustedes quién vendrá?
—Envía al ingeniero jefe Sinclair —dijo Horvath.
—Hummm. —El sonido era involuntario; los otros miraron a Whitbread, que sonrió lentamente—. Si los pajeños estaban desconcertados con usted, señor, piense lo que pasará cuando oigan hablar al teniente Sinclair.
En un barco de guerra de la Marina los hombres no mantienen un peso medio. Durante los largos períodos de ocio, los que tienen tendencia a comer, se divierten comiendo. Engordan. Pero los hombres capaces de dedicar su vida a una causa (incluyendo un buen porcentaje de los que permanecerán en la Marina) tienden a olvidarse de comer. No pueden centrar la atención en la comida.
Sandy Sinclair miraba fijo al frente. Estaba sentado, muy rígido, al borde de la mesa de examen. Sinclair hacía siempre eso; no podía mirar a un hombre a los ojos estando desnudo. Era grande y delgado, y sus músculos nervudos eran mucho más fuertes de lo que parecían. Podría haber sido un hombre medio con un esqueleto demasiado grande.
Un tercio de su área superficial era tejido rosa cicatriz. Ardiente metal procedente de una explosión había dejado aquella extensión rosada sobre sus costillas. El resto procedía principalmente de llamas y salpicaduras de metal al rojo. Una batalla en el espacio deja siempre huellas, si es que el combatiente sobrevive.
El médico tenía veintitrés años y era muy alegre.
—Veinticuatro años de servicio, ¿eh? ¿Ha participado alguna vez en un combate?
—Ya tendrá usted su propia cuota de cicatrices —masculló Sinclair—, si continúa el tiempo suficiente en la Marina.
—Le creo, le creo. Bien, teniente, está usted en magnífica forma para sus cuarenta y tantos años. Podría soportar perfectamente un mes de caída libre, según mi opinión, pero jugaremos sobre seguro y le haremos volver a la MacArthur dos veces por semana. Supongo que no hará falta que le diga que debe seguir haciendo los ejercicios de caída libre.
Rod Blaine llamó al transbordador varias veces al día siguiente, pero hasta el anochecer no pudo localizar a nadie, aparte del piloto. Hasta Horvath estaba a bordo de la nave pajeña.
El capellán Hardy estaba exhausto y alborozado; sonreía abiertamente y tenía grandes círculos oscuros bajo los ojos.
—Estoy tomándolo como una lección de humildad, capitán. Son mucho mejor que yo en mi trabajo, en lingüística. He decidido que el modo más rápido de aprender su idioma era enseñarles ánglico. Ninguna garganta humana hablará jamás su idioma, o idiomas, sin ayuda de una computadora.
—Estoy de acuerdo. Haría falta una orquesta completa. He oído algunas de sus grabaciones. En realidad, capellán, no se podía hacer gran cosa.
—Lo siento —dijo Hardy sonriendo—. Procuraremos enviar informes con más frecuencia. Por cierto, en este momento el doctor Horvath está enseñando el transbordador a un grupo de pajeños. Parecen particularmente interesados en el impulsor. El Marrón quiere desmontarlo, pero el piloto no le deja. Dijo usted que no había secretos en esta embarcación.
—Dije eso, desde luego, pero podría ser un poco prematuro que les dejasen ustedes manipular la fuente energética de su nave. ¿Qué dijo Sinclair de eso?
—Lo ignoro, capitán —Hardy parecía desconcertado—. Le han tenido todo el día en esa sala de herramientas. Aún sigue allí.
Blaine se rascó la nariz. Estaba obteniendo la información que necesitaba, pero no era precisamente con el capellán Hardy con quien quería hablar.
—Dígame, ¿cuántos pajeños hay a bordo del transbordador?
—Cuatro, uno por cada uno de nosotros. Yo, el doctor Horvath, la señorita Sally el señor Whitbread. Parecen estar asignados como guías.
—Cuatro —Rod estaba intentando acostumbrarse a la idea.
El transbordador no era una nave armada, pero pertenecía a la Marina de guerra de Su Majestad, y tener a bordo a un grupo de alienígenas… Demonios. Horvath sabía los riesgos que corría.
—¿Sólo cuatro? —preguntó—. ¿No tiene Sinclair un guía?
—Aunque parezca extraño, no. Hay varios pajeños viéndole trabajar en la sala de herramientas, pero no tiene ninguno concreto asignado a él.
—¿No hay ninguno tampoco para el piloto y para los técnicos espaciales del transbordador?
—No —Hardy caviló un momento—. Es extraño, ¿verdad? Como si clasificasen al teniente Sinclair como un simple tripulante.
—Será que no les cae simpática la Marina.
David Hardy se encogió de hombros. Luego, cautelosamente, dijo:
—Capitán, tarde o temprano tendremos que invitarles a subir a la MacArthur.
—Me temo que eso es imposible.
—Bien —dijo Hardy, con un suspiro—, por eso lo planteo ahora, para que podamos discutirlo. Ellos han demostrado que confían en nosotros, capitán. No hay un centímetro cúbico de su nave que no hayamos visto, o al menos sondeado con instrumentos. Whitbread podrá testificar que no hay rastro alguno de armas a bordo. Acabarán preguntándose qué secretos culpables guardamos a bordo.
—Se lo explicaré… ¿Están los pajeños cerca? ¿Pueden oírme?
—No. Y además no han aprendido suficiente ánglico todavía.
—No olvide usted que lo aprenderán, y no olvide las cintas grabadoras. Bueno, capellán, tiene usted un problema… sobre los pajeños y la Creación. El Imperio tiene otro. Hemos hablado durante mucho tiempo sobre la aparición de los Grandes Brujos Galácticos, y sus dudas sobre si dejaban entrar a los humanos o no, ¿verdad? Sólo que es al revés, ¿no cree? Tenemos que decidir si vamos a dejar a los pajeños salir de su sistema, y hasta que eso se decida no queremos que vean los generadores del Campo Langston, el Impulsor Alderson, nuestras armas… ni siquiera que vean qué parte de la MacArthur es espacio vital, capellán. Eso indicaría demasiado sobre nuestra capacidad. Tenemos mucho que ocultar, y lo ocultaremos.
—Está usted tratándoles como a enemigos —dijo suavemente David Hardy.
—Esto no es decisión de usted ni mía, doctor. Además, quiero plantear algunas preguntas cuya respuesta debo conocer antes de decidir si los pajeños son o no verdaderamente amigos.
Rod dejó que su mirada pasase por encima del capellán, y sus ojos se centraron muy lejos. No lamento que no sea decisión mía, pensó. Pero en último término deberán preguntarme. Aunque no sea más que como futuro marqués de Crucis. Sabía que habría de plantearse el tema, y que se plantearía más veces; estaba preparado.