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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Staley hizo girar completamente, en el sentido de las agujas del reloj, la gran palanca roja que ahora marcaba Condición Dos. Sonaron las alarmas, y luego un toque de trompeta grabado entonó «¡A las armas!», y sus rápidas notas resonaron por los pasillos de acero.

—ATENCIÓN. ESCUCHEN. TODOS A SUS PUESTOS DE COMBATE. TODOS A SUS PUESTOS DE COMBATE. SITUACIÓN ROJO UNO.

Oficiales y tripulación se apresuraron a ocupar sus puestos: artilleros, torpederos, infantes de marina. Cocineros, personal de limpieza y almaceneros se convirtieron inmediatamente en supervisores de los posibles daños. Cirujanos y personal médico montaron estaciones sanitarias de emergencia en diversos puntos de la nave. Todo rápida y silenciosamente. Rod se sentía orgulloso. Cziller le había entregado una nave muy bien organizada, y aún seguía estándolo.

—SALA DE COMUNICACIÓN INFORMA SITUACIÓN ROJO UNO —anunció el transmisor del puente.

El tercer piloto comunicó la orden que le transmitió otro miembro de la tripulación, y todos se apresuraron a obedecer; pero no daba ninguna orden propia. Transmitía palabras que podían lanzar a la MacArthur a través del espacio, hacerla disparar su cañón láser, lanzar sus torpedos, atacar o retirarse, e informaba de resultados que Blaine probablemente ya conocería gracias a sus pantallas e instrumentos. No tomaba ninguna iniciativa ni nunca lo haría, pero a través de él se mandaba la nave. Era un robot, sin mente y todopoderoso.

—PUESTOS ARTILLEROS INFORMAN SITUACIÓN ROJO UNO.

—OFICIAL AL MANDO DE LOS INFANTES DE MARINA INFORMA SITUACIÓN ROJO UNO.

—Staley, que los soldados que no tengan que ocupar puestos de vigilancia prosigan la búsqueda de esos alienígenas perdidos —ordenó Blaine.

—Está bien, señor.

—CONTROL DE DAÑOS INFORMA SITUACIÓN ROJO UNO.

La nave pajeña desaceleró hacia la MacArthur; la llama de fusión del propulsor era una llamarada en las pantallas de la nave de combate. Rod miraba nervioso.

—Sandy, ¿qué datos podemos obtener de ese impulsor?

—No desprende demasiado calor, capitán —informó Sinclair por el intercomunicador—. El Campo puede aguantar perfectamente durante veinte minutos o más. Y el calor no se centra, capitán; no habrá puntos calientes.

Blaine asintió. Había llegado a la misma conclusión, pero era prudente comprobar cuándo podía hacerse. Observó que la luz crecía constantemente.

—Parece bastante pacífica —dijo Rod a Renner—. A pesar de que quizás sea una nave de guerra.

—Estoy seguro de que lo es, capitán. —Renner parecía muy tranquilo; aunque los pajeños atacasen, él sería más espectador que participante—. Al menos no han dirigido contra nosotros la llama de su impulsor. Es una cortesía.

—Diablos con la cortesía. Esas llamas se extienden. Algunas caen sobre nuestro Campo Langston, y ellos pueden observar los efectos que producen.

—No había pensado en eso.

—INFANTES DE MARINA INFORMAN DE LA PRESENCIA DE CIVILES EN LOS PASILLOS, CUBIERTA B, MAMPARO VEINTE.

—¡Maldita sea! —gritó Blaine—. Eso es astronomía. ¡Que despejen esos pasillos!

—Debe de ser Buckman —dijo Renner riendo—. Tendrán problemas para sacarle de allí…

—Desde luego. Señor Staley, diga a los soldados que metan a Buckman en su camarote aunque tengan que llevarle a rastras.

Whitbread sonrió. La MacArthur estaba en caída libre, sin giro. ¿Cómo podrían los soldados llevar a rastras al astrofísico?

—SALAS DE TORPEDOS INFORMAN SITUACIÓN ROJO UNO. TORPEDOS ARMADOS Y DISPUESTOS.

—Uno de los jefes de cocina cree haber visto a uno de los pajeños huidos —dijo Staley—. Los soldados van hacia allá.

La nave alienígena se acercó más; su propulsor era un resplandor de un blanco firme. Todo se desarrolla perfectamente, pensó Blaine. La desaceleración se mantenía. Evidentemente ellos confiaban en todo… sus propulsores, sus computadoras, sus sensores…

—SALA DE MOTORES INFORMA SITUACIÓN ROJO UNO. CAMPO A MÁXIMA POTENCIA.

—Los soldados han llevado al doctor Buckman a su camarote —dijo Staley—. Tiene usted al doctor Horvath en el intercomunicador. Quiere quejarse.

—Escúchele usted, Staley. Pero no mucho tiempo.

—SECCIÓN ARTILLERA INFORMA. TODAS LAS BATERÍAS APUNTANDO A LA NAVE ALIENÍGENA.

La MacArthur estaba en situación de alerta total. La tripulación esperaba en su puesto. Todo el equipo no esencial localizado cerca del casco de la nave había sido enviado abajo.

La torre en que estaba la cabina de control de Blaine sobresalía como una protuberancia del casco del crucero. Por razones de gravedad de giro estaba convenientemente situada lejos del eje de la nave, pero en caso de combate era lo primero que sobresalía. La cabina de Blaine era ahora una cascara hueca, y su mesa y el engranaje más importante se había elevado, automáticamente, desde hacía mucho hacia una de las zonas de recreo de gravedad nula.

Todos los compartimentos del núcleo central de la nave estaban atestados, mientras que las cubiertas exteriores estaban vacías, despejadas para permitir a los grupos de control de daños trabajar libremente.

La nave pajeña se aproximaba muy deprisa. Aún no era más que una luz deslumbradora, cuyo propulsor de fusión desprendía un abanico luminoso sobre el Campo Langston de la MacArthur.

—SECCIÓN ARTILLERA INFORMA. NAVE ALIENÍGENA DESACELERANDO A CERO OCHO SIETE CERO GRAVEDADES.

—Ninguna sorpresa —dijo Renner con voz apagada.

La luz se amplió hasta llenar la pantalla… y luego se hizo más difusa. Al instante siguiente la nave alienígena se deslizaba al costado del crucero de combate, y la llama de su impulsor se había apagado.

Era como si la nave hubiese entrado en un muelle invisible prefijado seis días atrás. La nave había quedado en posición de descanso respecto a la MacArthur. Rod vio sombras moverse dentro de los anillos hinchados de su extremo frontal.

Renner lanzó un bufido, y dijo muy alterado:

—¡Demonios!

—Señor Renner, contrólese.

—Disculpe, señor. Es la hazaña más asombrosa de pilotaje espacial que he visto. Si alguien me lo contase, le llamaría mentiroso. ¿Quiénes se creen que son? —Renner estaba realmente furioso—. Cualquier aprendiz de astrogador que intentase una locura como ésta sería degradado, si es que sobrevivía.

Blaine asintió. El piloto pajeño no había calculado ningún margen de error. Y…

—Estaba equivocado. No puede ser una nave de guerra. Mírela.

Sí. Es frágil como una mariposa. Podría aplastarla con la mano. Rod caviló un momento y luego dio órdenes.

—Pida voluntarios. Establezca un primer contacto con esa nave, utilizando sólo un taxi sin armas. Y… mantenga Situación Rojo Uno.

Hubo muchos voluntarios.

Uno de ellos fue el guardiamarina Whitbread. Y Whitbread ya había hecho lo mismo antes.

Ahora esperaba en el taxi. Observaba cómo las puertas del hangar se desplegaban a través de su placa facial plástica polarizada.

Había hecho aquello antes. La minera pajeña no le había matado. El negror se agitó. Súbitas estrellas aparecieron a través de un vacío del Campo Langston.

—Es bastante grande —dijo la voz de Cargill en su oído derecho—. Puede usted salir ya, señor Whitbread. Deprisa.

Whitbread accionó los racimos impulsores. El taxi se elevó, pasó flotando a través de la abertura y llegó a un espacio estrellado en el que se divisaba a lo lejos el resplandor del Ojo de Murcheson. Tras él se cerró el Campo Langston. Whitbread quedaba aislado allí fuera.

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