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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—En primer lugar, ¿por qué nos enviaron una nave desde Paja Uno? ¿Por qué no desde el racimo troyano? Está mucho más cerca.

—En cuanto pueda se lo preguntaré.

—En segundo lugar, ¿por qué cuatro pajeños? Quizás no sea importante, pero me gustaría saber por qué asignaron uno a cada uno de ustedes, los científicos, otro a Whitbread y ninguno a los miembros de la tripulación.

—Bueno, tienen razón, ¿no? Asignaron guías a las cuatro personas más interesadas en enseñarles…

—Exactamente. ¿Cómo lo supieron? Sólo como ejemplo, dígame, ¿cómo pudieron saber que estaría a bordo el doctor Horvath? Y la tercera pregunta es: ¿qué pretenden ahora?

De acuerdo, capitán —Hardy parecía deprimido, irritado.

Era más difícil de rechazar que Horvath, y lo sería aún más… En parte porque era el confesor de Rod. Y el tema volvería a plantearse. Rod estaba seguro.

23 • Eliza cruza el hielo

Durante las semanas que siguieron la MacArthur fue un torbellino de actividad. Todos los científicos tenían que trabajar horas extra cada vez que se recibían datos del transbordador, y cada uno de ellos quería ayuda de la Marina inmediatamente. Seguía en pie, además, el problema de las miniaturas fugadas, pero esto se había convertido en una partida, en la que la MacArthur iba perdiendo. En el comedor todos apostaban que habían muerto pero no se encontraban los cuerpos. Esto preocupaba a Rod Blaine, pero nada podía hacer.

Permitió también a los soldados que hiciesen guardias con uniforme normal. No pesaba ninguna amenaza sobre el transbordador, y era ridículo mantener a una docena de hombres incómodos con la armadura de combate. Lo que hizo fue doblar la guardia que vigilaba alrededor de la MacArthur, pero nadie (ni ser ni objeto) intentó aproximarse, escapar o enviar mensajes. Por otra parte, los biólogos analizaban frenéticos las posibles claves de la psicología y la fisiología pajeña, la sección astronómica continuaba trazando mapas de Paja Uno, Buckman se desesperaba cada vez que otros utilizaban los instrumentos astronómicos y Blaine procuraba mantener tranquila su superpoblada nave. Su admiración hacia Horvath aumentaba cada vez que tenía que mediar en una disputa entre científicos.

Había más actividad a bordo del transbordador. El teniente Sinclair había sido trasladado, inmediatamente después de su llegada, a la nave pajeña. A los tres días un Marrón-y-blanco comenzó a seguir a Sinclair de forma permanente; era un pajeño particularmente tranquilo. Parecía interesado en la maquinaria del transbordador, a diferencia de los otros pajeños asignados a los humanos. Sinclair y su Fyunch(click) pasaron muchas horas a bordo de la nave alienígena, examinándolo todo.

—Ese tipo tenía razón en lo de la sala de herramientas —dijo Sinclair a Blaine en uno de sus informes diarios—. Es como las pruebas de inteligencia no verbales que se hacen a los nuevos reclutas. Hay fallos en algunas de las herramientas, y mi tarea es arreglarlos.

—¿Qué tipo de fallos?

Sinclair rió entre dientes, recordando. Le resultaba difícil explicar el chiste a Blaine. El martillo de gran cabeza lisa machacaba un pulgar cada vez. Había que ajustarlo. El láser calentaba demasiado rápido…, un problema complicado. Generaba una frecuencia de luz inadecuada. Sinclair lo arregló doblando la frecuencia. Aprendió también mucho sobre lásers compactos. Hubo de pasar por otras pruebas como aquélla.

—Son buenos, capitán. Se necesita ingenio para idear algunos de los instrumentos de pruebas sin indicar más de lo que quieren. Pero no pueden impedirme que descubra cosas de su nave… Capitán, he aprendido ya lo suficiente para rediseñar los vehículos auxiliares de nuestra nave de modo que resulten más eficaces. O para ganar millones de coronas diseñando naves mineras.

—¿Se retirará usted cuando vuelva, Sandy? —preguntó Rod; pero sonrió abiertamente para indicar que bromeaba.

La segunda semana, le asignaron un Fyunch(click) también a Rod Blaine.

Se sentía al mismo tiempo decepcionado y halagado. La pajeña parecía igual que todas las demás: marcas marrón-y-blanco, una sonrisa suave en su cara ladeada que llegaba a una altura suficiente para que Rod pudiese darle palmadas en la cabeza… si la viese alguna vez en persona, cosa que nunca sucedía.

Cada vez que llamaba al transbordador allí estaba ella, siempre deseosa de ver a Blaine y hablar con él. Y su ánglico era cada día mejor. Intercambiaban unas cuantas palabras y eso era todo. Rod no tenía tiempo para un Fyunch(click), ni necesidad de uno, tampoco. Aprender el lenguaje pajeño no era trabajo suyo (a juzgar por los progresos hechos, no era trabajo de nadie), y sólo veía a la alienígena a través de la pantalla comunicadora. ¿Qué sentido tenía un guía al que nunca habría de conocer directamente?

—Parecen ceer que usted es importante —explicó Hardy.

Era algo digno de considerar mientras dirigía aquel manicomio de nave. Y la alienígena no se quejaba en absoluto.

El torbellino de actividad de aquel mes apenas si afectaba a Horace Bury. No recibía noticia alguna del transbordador, y nada podía aportar al trabajo científico de la nave. Siempre atento a los rumores que podían serle útiles, esperaba que las noticias se filtrasen; pero no se filtraban muchas. Las comunicaciones con el transbordador parecían quedar congeladas en el puente, y no tenía auténticos amigos entre los científicos, aparte de Buckman. Blaine había dejado de ponerlo todo en el intercomunicador. Por primera vez desde que habían salido de Nueva Chicago, Bury se sentía prisionero.

Le molestaba más de lo que debería haberle molestado, aunque era lo bastante introspectivo para saber por qué siempre había procurado controlar su entorno en la medida de sus posibilidades: en un planeta, a lo largo de años luz de espacio y décadas de tiempo… o en un crucero de batalla de la Marina. La tripulación le trataba como a un huésped y no como a un amo. Y en donde no era un amo, Bury se sentía un prisionero.

Además, estaba perdiendo dinero. En algún punto de las áreas prohibidas de la MacArthur, fuera del alcance de todos, salvo los científicos de más alto rango, los físicos estudiaban el material aurífero de la Colmena de Piedra. Le costó semanas enterarse de que se trataba de un superconductor del calor.

Sería, pues, un material de valor incalculable, y Bury sabía que debía obtener una muestra. Sabía incluso cómo podría conseguirla, pero se obligaba a esperar. ¡Aún no! El momento de robar la muestra sería justo antes de que la MacArthur aterrizase en Nueva Escocia. Allí esperarían naves, a pesar del coste, no sólo una nave en la que se le reconocería abiertamente como propietario y amo, sino por lo menos otra. Entre tanto, lo único que podía hacer en la MacArthur era escuchar, escudriñar, saber.

Tenía varios informes sobre la Colmena de Piedra para poder comparar. Intentó incluso obtener información de Buckman; pero los resultados fueron más divertidos que provechosos.

—Oh, olvide la Colmena de Piedra —había exclamado Buckman—. No tiene el menor interés. Fue trasladada allí. No tiene nada que ver con la formación de los racimos de los puntos troyanos, y los pajeños han alterado la estructura interna hasta el punto de que no hay manera de saber nada sobre la roca original…

Así que los pajeños podían hacer, y hacían, superconductores de calor. Y estaban además los pequeños pajeños. Le divertía mucho la búsqueda de las miniaturas escapadas. Naturalmente la mayoría del personal de la Marina continuaba buscando incesantemente a la miniatura huida y a la cría. Y la miniatura estaba ganando. Desaparecían alimentos de lugares extraños: camarotes, salas, todos los puntos salvo la cocina. Los hurones no eran capaces de localizar nada. ¿Habrían hecho las miniaturas un pacto con los hurones?, se preguntaba Bury. Desde luego los alienígenas eran… alienígenas; sin embargo los hurones no habrían tenido ningún problema para olfatearlos la primera noche.

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