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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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La MacArthur era una zona claramente delimitada de negror sobrenatural. Whitbread la rodeó tranquilamente. Brilló la Paja sobre el borde negro; luego apareció la nave alienígena.

Whitbread avanzaba lento. La nave iba creciendo poco a poco. Su núcleo central era delgado como una lanza. En sus costados aparecían indicaciones funcionales: las cubiertas de las escotillas, las antenas. Cerca del punto central destacaba un cuadrado negro y único: posiblemente la superficie de un radiador.

Dentro de los anchos anillos translúcidos que rodeaban el extremo frontal Whitbread veía moverse formas. Se perfilaban con claridad suficiente para despertar su horror; sombras vagamente humanas pero retorcidas hasta la irrealidad.

Cuatro toroides, y sombras dentro de todos ellos. Whitbread informó:

—Están utilizando todos sus tanques de combustible como espacio vital. No podrán volver a casa sin nuestra ayuda.

—¿Está usted seguro? —preguntó el capitán.

—Lo estoy, señor. Quizás haya un tanque interior, pero no puede ser muy grande.

Ya casi había llegado a la nave alienígena. Paró suavemente en el costado de los tanques de combustible habitados. Abrió la puerta de su cámara neumática.

Inmediatamente se abrió una puerta junto al extremo frontal del núcleo metálico central de la nave alienígena. Un pajeño apareció en la abertura oval; llevaba un sobre transparente. El alienígena esperaba.

—Solicito permiso para abandonar el… —dijo Whitbread.

—Concedido. Informe siempre que lo juzgue oportuno. Por lo demás, utilice su propio criterio. Los soldados están preparados, Whitbread, así que no pida ayuda a menos que realmente la necesite. Llegarán muy rápido. Buena suerte.

Cuando la voz de Cargill se esfumó, volvió la del capitán.

—No corra ningún riesgo grave, Whitbread. Recuerde que queremos que vuelva a informar.

—De acuerdo, capitán.

El pajeño se apartó grácilmente al aproximarse Whitbread a la cámara neumática. Quedó cómicamente en el vacío, con su gran mano izquierda sujeta a un anillo que sobresalía del casco.

—Hay materiales que sobresalen por todas partes —dijo Whitbread por su micrófono—. Esta nave no pudieron lanzarla desde el interior de una atmósfera.

Se detuvo en la abertura oval y saludó al alienígena que sonreía cortésmente. Sólo a medias fue sardónica su protocolaria pregunta:

—¿Me permite subir a bordo?

El alienígena se dobló por la cintura… ¿o era un cabeceo exagerado? La articulación de la espalda quedaba por debajo de los hombros. Señaló hacia la nave con los dos brazos derechos.

La cámara neumática era del tamaño adecuado para el pajeño. Whitbread vio tres botones empotrados en una red de flámulas de plata. Circuitos. El pajeño advirtió su admiración, luego se adelantó pulsando primero uno, luego otro.

La cámara se cerró tras ellos.

La Mediadora permanecía en el vacío, esperando a que la escotilla realizase su ciclo, asombrada de la extraña estructura del intruso, su simetría, la extraña articulación de sus huesos. Desde luego aquel ser no estaba relacionado con las formas de vida conocidas. Y su nave había aparecido en lo que para la Mediadora era el punto de Eddie el Loco.

La Mediadora estaba aún más asombrada de su fracaso al intentar accionar el circuito de la escotilla sin ayuda.

Aquel ser venía sin duda como Mediador. Tenía que ser una criatura inteligente. ¿O enviarían primero a un animal? No, no harían eso. Sería un terrible insulto a cualquier cultura.

La escotilla se abrió. La Mediadora penetró y activó el ciclo. El intruso esperaba en el pasillo, tapándolo como un corcho una botella. La Mediadora se quitó lentamente su cobertura depresión, quedando desnuda. Siendo alienígena, aquella criatura podría fácilmente suponerla un Guerrero. Debía convencerla de que estaba desarmada.

La condujo hacia las secciones hinchadas, más espaciosas. Aquella criatura grande y torpe se movía con dificultad. No se adaptaba bien a la caída libre. Se detenía para atisbar por los paneles-ventanas de las secciones de la nave, y examinaba mecanismos que los Marrones habían instalado en el pasillo. ¿Por qué haría eso un ser inteligente?

A la Mediadora le habría gustado remolcar a la criatura, pero ésta quizás pudiese interpretarlo como un ataque. Y eso debía evitarlo a toda costa.

De momento la trataría como a un Amo.

Había una cámara de aceleración: veintiséis retorcidas literas dispuestas en tres columnas, todas similares en apariencia a la litera transformada de Crawford; sin embargo no eran idénticas. El pajeño seguía avanzando delante de él, grácil como un delfín. Su piel era una compleja estructura de curvadas fajas marrones y blancas, salpicadas de cuatro matas de tupido pelo blanco en el pubis y en los sobacos. A Whitbread le parecía una criatura hermosa. Ahora se había detenido para esperar por él… con impaciencia, pensó Whitbread.

Intentó no pensar hasta qué punto estaba atrapado. El pasillo, a oscuras, resultaba claustrofóbicamente estrecho. Miró una hilera de tanques conectados por bombas, posiblemente un sistema de refrigeración del combustible de hidrógeno. Se comunicaría con aquel tanque negro exterior.

La luz iluminó al pajeño.

Era una gran abertura, grande incluso para Whitbread. Tras ella: luz solar difusa, como la de una tormenta. Whitbread siguió al pajeño hacia lo que tenía que ser uno de los toroides. Se vio inmediatamente rodeado de alienígenas.

Eran todos idénticos. Los colores del pelo, aparentemente caprichosos, se repetían en todos ellos. Por lo menos una docena de caras ladeadas y sonrientes le rodearon a cortés distancia. Hablaban entre sí con voces rápidas y vibrantes.

De pronto la charla se interrumpió. Uno de los pajeños se aproximó a Whitbread y le habló con varias frases cortas que debían de ser idiomas distintos, aunque para Whitbread nada significaba ninguna de ellas.

Whitbread se encogió de hombros, ostentosamente, agitando las manos.

El pajeño repitió el gesto, instantáneamente, con increíble exactitud. Whitbread se elevó. Braceó desesperadamente en caída libre, cacareando como un pollo.

Blaine habló en su oído, con voz serena y metálica:

—Está bien, Whitbread, todos se están riendo también aquí. El asunto es…

—¡Oh, no! Señor, ¿estoy otra vez en el intercomunicador?

—Lo importante es lo que puedan pensar los pajeños que está haciendo usted, señor Whitbread.

—Está bien, señor. Lo hice sin darme cuenta. —Whitbread se había calmado—. Es el momento de mi strip-tease, capitán. Por favor, apague ese intercomunicador…

El indicador de su barbilla estaba en amarillo, por supuesto. Veneno lento; pero esta vez no iba a respirarlo. Inspiró profundamente y levantó su casco. Reteniendo la respiración, cogió el mecanismo respiratorio de la sección exterior de su traje y se ajustó la boquilla entre los dientes. Abrió la espita de aire; funcionaba.

Lentamente, empezó a desvestirse. Primero se quitó la cubierta general que contenía la instalación electrónica y los instrumentos de apoyo. Luego desabotonó las cintas protectoras de las cremalleras y abrió la tupida tela del traje de presión propiamente dicho. Las cremalleras corrían a lo largo de cada uno de los miembros y del pecho; sin ellas costaría horas entrar y salir de un traje, que parecía una media que cubriese todo el cuerpo o unos leotardos. Las fibras elásticas se adaptaban a cada curva de su musculatura, y así había de ser para que no explotase en el vacío; con su auxilio, su propia piel era en cierto modo su traje de presión, y sus glándulas sudoríparas el sistema regulador de temperatura.

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