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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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– He dicho… -balbució Ford volviéndose hacia McGuane, pero éste lo miró tranquilamente con los brazos cruzados.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada mientras el espantoso borboteo apagado de Cromwell resonaba en el silencio del despacho.

– Por favor -musitó Ford.

McGuane negó con la cabeza y repitió:

– Nosotros no nos echamos faroles.

El Espectro dio una vuelta más al mango sin soltarlo.

41

Tenía que contarle a mi padre lo de la cinta de seguridad.

Cuadrados me dejó en una parada de autobús cerca de Meadowlands. No tenía ni idea de qué hacer después de lo que acababa de ver. Durante el trayecto por la autopista de Nueva Jersey, ante el espectáculo de aquellas naves industriales ruinosas, puse mi cerebro en punto muerto. Era la única manera de seguir adelante.

Ahora ya sabía que Ken estaba vivo.

Acababa de ver la prueba. Había estado viviendo en Nuevo México con el nombre de Owen Enfield. En cierto modo me sentía eufórico. Había una posibilidad de redención, una posibilidad de volver a estar con mi hermano, la posibilidad de que -ni me atrevía a pensarlo- todo se arreglara.

Pero en ese momento pensé en Sheila.

Habían encontrado sus huellas en la casa de mi hermano, donde habían aparecido dos cadáveres. ¿Qué pintaba Sheila en aquello? No podía imaginarlo, o quizás es que me negaba a aceptar la evidencia. Me había engañado -en los momentos de lucidez, la única explicación que veía era la del engaño, fuera el que fuese- y si lo pensaba detenidamente, si realmente me abandonaba al recuerdo de pequeñas cosas, como su modo de sentarse sobre las piernas en el sofá mientras charlábamos, de echarse el pelo hacia atrás como si estuviera bajo una cascada, el olor que desprendía cuando salía de la ducha en albornoz, su costumbre de ponerse en las noches de otoño mis sudaderas, que le venían tan grandes, aquella manera de tararear en mi oído cuando bailábamos, o de mirarme desde el otro extremo del cuarto de una forma que me cortaba la respiración, y reconocía que todo había sido una farsa deliberada…

Punto muerto.

Opté por centrarme en una única idea: llegar al final del asunto. Mi hermano y mi amante me habían dejado por las buenas, sin explicaciones y sin decir adiós. Era evidente que no podría superarlo hasta averiguar la verdad. Cuadrados me había prevenido desde el principio de que era muy posible que no me gustara lo que descubriese; pero quizás, en definitiva, esto era necesario. Quizás había llegado la hora de volverse valiente. Tal vez había llegado la hora de que yo ayudara a Ken, a diferencia de cómo había sido siempre.

Por lo tanto, tenía que centrarme en eso: Ken estaba vivo. Era inocente -si hasta ahora había subconscientemente abrigado dudas, Pistillo las había disipado-. Ahora podría volver a ver a Ken y estar con él y -no estaba seguro- resarcirme del pasado y hacer que mi madre descansara en paz, o algo por el estilo.

Aquel último día de duelo oficial, mi padre no estaba en casa. Tía Selma se encontraba en la cocina. Me dijo que había salido a pasear; advertí que se había puesto un delantal y me pregunté de dónde lo habría sacado porque nosotros no teníamos; estaba seguro. ¿Lo habría traído ella? Selma era la clase de mujer que parece ir siempre en delantal aunque no lo tenga puesto. No sé si me explico. Me quedé a observar cómo limpiaba el fregadero; Selma, la apacible hermana de Sunny, trabajaba con calma. Yo nunca la había valorado, y creo que a casi todos les sucedía lo mismo: Selma estaba allí y punto; era una de esas personas que llevaban una vida "discreta como si temiera llamar la atención del destino. Ella y mi tío Murray no tenían hijos; no sabía por qué, aunque en cierta ocasión sorprendí a mis padres hablando sobre un aborto. Era la primera vez que la contemplaba conscientemente pensando en ella como en un ser humano que se esfuerza a diario por hacer bien las cosas.

– Gracias -dije.

Selma asintió con la cabeza.

Quise decirle que la quería y que apreciaba lo que hacía y que deseaba -sobre todo ahora que había muerto mi madre- que nos tratásemos más; que a mi madre le habría gustado… Pero no pude.

Me contenté con darle un abrazo. Ella, de entrada, lo aceptó un poco tensa, sorprendida por mi extemporánea muestra de afecto, pero luego se relajó.

– Todo irá bien -dijo.

Yo conocía el itinerario de paseo de mi padre. Crucé Coddington Terrace, evitando pasar por delante de la casa de los Miller. Sabía que mi padre también lo hacía. Había cambiado de ruta años atrás. Continué por detrás de la casa de los Jarat y de los Arnay para coger el camino que conduce por Meadowbrook a los terrenos de béisbol de Little League. No había nadie jugando porque era el fin de temporada. Mi padre estaba sentado en la última fila de las gradas. Recordé cuánto le gustaba hacer de entrenador ataviado con aquella camiseta blanca tres cuartos con mangas verdes y la palabra Senador en el pecho, y su gorra verde con una S, echada hacia atrás. Le encantaba quedarse en el banquillo, agarrado despreocupadamente a la marquesina polvorienta, con las axilas sudadas. Colocaba el pie derecho en el reborde de la pista de ceniza y el izquierdo en el cemento, quitándose con soltura la gorra para enjugarse al mismo tiempo la frente con el antebrazo y volvérsela a poner. Se le veía radiante aquellas tardes de final de primavera, sobre todo cuando jugaba Ken. Compartía el puesto de entrenador con el señor Bertillo y el señor Horowitz, sus dos mejores amigos, con quienes se juntaba para beber cerveza, los dos muertos de un ataque cardíaco antes de cumplir los sesenta. Ahora, sentado a su lado, sé perfectamente que es como si estuviera oyendo los aplausos y las bromas, captando el olor que desprenden las pistas del querido terreno de juego de Little League.

Me miró y me sonrió.

– ¿Recuerdas cómo arbitraba tu madre?

– Sí, algo. ¿Qué edad tenía yo, cuatro años?

– Sí, más o menos -respondió meneando la cabeza y sonriente al recordarlo-. Tu madre estaba por entonces en pleno auge de su fase de liberación femenina y usaba aquellas camisetas con la leyenda de UN LUGAR PARA LA MUJER EN EL PARLAMENTO Y EN EL SENADO y cosas por el estilo. Ten en cuenta que te hablo de años antes de que autorizaran a las chicas a jugar en la Little League. Bueno, la cuestión es que tu madre se enteró de que no había árbitros femeninos, pero consultó el reglamento y vio que no estaba prohibido.

– ¿Y se inscribió?

– Sí.

– ¿Y qué?

– Bueno, a los más viejos casi les da un ataque, pero el reglamento es el reglamento y no pudieron impedir que arbitrase, aunque hubo un par de problemas.

– ¿Como por ejemplo?

– Pues que era la peor árbitro del mundo -respondió mi padre con otra sonrisa, una sonrisa ya rara en él, una sonrisa tan del pasado que sentí una punzada-. Ella ignoraba casi totalmente el reglamento del juego y tú sabes que no veía bien. Recuerdo que en su primer partido alzó el pulgar gritando: «¡Salvado!», y siempre que pitaba una falta hacía unos movimientos… Como una coreografía de Bob Fosse.

Contuvimos la risa como si estuviésemos viéndola en plena acción haciendo aquellos gestos, avergonzados y fascinados a la vez.

– ¿Y los entrenadores no se cabreaban?

– Claro, pero ¿sabes qué hicieron los del equipo?

Negué con la cabeza.

– La pusieron con Harvey Newhouse. ¿Te acuerdas de él?

– Su hijo fue compañero de clase. Era jugador profesional, ¿verdad?

– Sí, blocador de ofensiva en el equipo de los Rams. Harvey pesaría sus ciento cincuenta kilos. Bien, con él detrás y tu madre en el terreno de juego, cuando algún entrenador se desmandaba, bastaba con una mirada de Harvey para que el tipo volviera a sentarse en el banquillo.

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