Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
Le expliqué la irrupción y la agresión de El Espectro en mi apartamento. Pistillo no parecía contento.
– ¿Asselta estaba buscando a su hermano?
– Eso me dijo.
Pistillo se sonrojó.
– ¿Por qué diablos no me lo has contado antes?
– Sí que es raro, ¿no? -repliqué-. Usted, la persona a quien siempre he podido recurrir, el amigo en quien podía confiar…
– ¿Sabe quién es John Asselta? -insistió enfadado.
– Nos criamos juntos. Lo llamábamos El Espectro.
– Es uno de los locos más peligrosos que andan sueltos por ahí -dijo Pistillo-. No puede haber sido él -añadió negando con la cabeza.
– ¿Por qué está tan seguro?
– Porque ustedes dos siguen con vida.
Se hizo un silencio.
– Asselta es un asesino frío como el hielo -dijo Pistillo.
– ¿Y por qué no está en la cárcel? -repliqué.
– No sea ingenuo. Es muy bueno en lo suyo.
– ¿En matar gente?
– Sí. Vive fuera del país, aunque no sabemos dónde. Formó parte de los escuadrones de la muerte de gobiernos de América Central y ha colaborado con déspotas africanos -añadió Pistillo meneando la cabeza-. No; si Asselta pretendía matarla, ella estaría ahora con una etiqueta de identificación colgada del dedo del pie.
– A lo mejor era a otro John a quien nombraba -dije-. O quizá yo oí mal.
– Tal vez -añadió él pensativo-. Tampoco entiendo que si El Espectro o quien fuese pretendía matar a Katy Miller, ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué molestarse en esposarlo a usted?
Era algo que yo me había preguntado también, y sólo se me1 había ocurrido una respuesta.
– ¿Quizá fuera una trampa? -dije.
– ¿Qué clase de trampa? -replicó frunciendo el ceño.
– El asesino me espera. Estrangula a Katy hasta matarla. Después -sentí un escalofrío en la nuca- quizá lo preparara para que pareciera que había sido yo -añadí mirándolo.
Pistillo frunció el ceño.
– No irá a decir «lo mismo que sucedió con mi hermano», ¿verdad?
– Sí, eso es. Lo digo.
– Es una gilipollez.
– Piénselo, Pistillo. Hay algo que nunca pudieron explicar: ¿por qué había sangre de mi hermano en el escenario del crimen?
– Porque Julie Miller se defendió.
– Sabe que no. Había demasiada sangre -repliqué acercándome a él-. A Ken le prepararon una encerrona hace once años y quizás hoy alguien ha querido repetir la historia.
– No sea melodramático -dijo con desdén-. Y le voy a decir una cosa: la policía no se cree esa historia suya de escaparse de las esposas al estilo Houdini. Creen que intentó matarla.
– ¿Y usted que cree? -pregunté.
– Ha venido el padre de Katy y está hecho una furia.
– No es de extrañar.
– Pero da qué pensar.
– Pistillo, usted sabe que yo no he sido, y a pesar del número que me montó ayer, sabe que yo no maté a Julie.
– Le advertí que no se mezclara en esto.
– Y yo opté por no hacer caso de su consejo.
Pistillo lanzó un profundo suspiro y asintió.
– Exacto, tío duro, así ahora verá lo que le espera. -Se acercó e intentó fulminarme con la mirada. Yo no pestañeé-. Va a ir a la cárcel.
Lancé un suspiro.
– Creo que por hoy ya han agotado la cuota mínima de amenazas -dije.
– No son amenazas, Will. Esta misma noche irá a parar al calabozo.
– Muy bien; quiero un abogado.
Miró el reloj.
– Es demasiado tarde. Pasará la noche en la cárcel y mañana comparecerá ante el juez. Los cargos serán intento de homicidio y agresión. El fiscal alegará que existe riesgo de fuga, como sucedió con su hermano, y solicitará al juez que no le conceda la libertad bajo fianza, y yo creo que es lo que el juez dictaminará.
Comencé a replicar pero él alzó una mano.
– No se moleste, y ahorre aliento porque, esto no le va a gustar, a mí me tiene sin cuidado que sea culpable o no. Voy a buscar pruebas para que lo declaren culpable y, si no las encuentro, las inventaré. Adelante, cuéntele a su abogado lo que le estoy diciendo, pero lo negaré. A los ojos del juez, usted no será más que un sospechoso de homicidio que durante once años ha ayudado a esconderse a un hermano asesino y yo, uno de los agentes de la ley de mayor prestigio en este país. ¿A quién cree que darán crédito?
Me quedé mirándolo.
– ¿Por qué hace esto?
– Ya le dije que no se mezclase.
– ¿Qué habría hecho usted en mi lugar si se hubiera tratado de su hermano?
– No se trata de eso. Usted no me hizo caso y ahora su novia ha muerto y Katy Miller está viva de milagro.
– Yo nunca he hecho daño a ninguna de las dos.
– Claro que se lo ha hecho. Ha sido el causante. Si me hubiera hecho caso, ¿cree que habría sucedido lo mismo?
Sus palabras me hirieron, pero insistí:
– ¿Y usted, Pistillo? ¿Por qué ocultaba la relación con Laura Emerson?
– Escuche; no estoy aquí para jugar a esgrima con usted. Esta noche va a ir a la cárcel. Y no se engañe: me encargaré de que lo encierren.
Se dirigió a la puerta.
– Pistillo. -Volvió la cabeza y dije-: ¿Qué es lo que pretende en realidad?
Se detuvo e, inclinándose de modo que sus labios estuvieran a unos centímetros de mi oído, musitó:
– Pregúntele a su hermano.
Y se fue.
38
Pasé la noche en un calabozo de Midtown Sur en la Calle 3 5 Oeste que apestaba a orina y a ese hedor a vodka rancio que desprende el sudor de los borrachos: un grado por encima del aroma a colonia de auxiliar de vuelo. Tenía dos compañeros de celda: una prostituta travestida que no dejaba de gritar y que dudaba entre orinar de pie o sentada, y un negro que simplemente dormía. No tengo ninguna anécdota de agresiones, robo o violación. Fue una noche sin incidentes.
Quienquiera que estuviese de guardia se pasó el turno poniendo el CD de Bruce Springsteen «Born to Run», y sentí añoranza. Como todo buen chico de Jersey, yo me sabía la letra de memoria y, aunque parezca extraño, cuando oía una de las poderosas baladas del Jefe siempre recordaba a Ken. Nosotros no éramos campesinos que sufrieran penurias, ni habíamos tenido coches rápidos o vagado por la costa (en Jersey se dice «la costa», no «la playa») -aunque a juzgar por lo que yo había visto en los últimos conciertos de la E Street Band, esas características eran aplicables a la mayor parte de su público-, pero había algo en esas historias de lucha por la vida, anhelo de romper las ataduras, de aspirar a otra cosa y tener el valor de escapar, que no sólo hallaba eco en mí, sino que me hacía pensar en mi hermano, incluso antes del asesinato.
Aquella noche, cuando oí a Bruce cantar que se quedaba embobado ante las estrellas pensando en lo preciosa que era su chica, pensé en Sheila y revivió en mí el dolor.
Sólo llamé a Cuadrados. Lo desperté. Cuando le conté lo que había sucedido exclamó: «¡Qué desastre!». Acto seguido, prometió buscarme un buen abogado y averiguar cómo estaba Katy.
– Ah, oye, las cintas de vigilancia de ese QuickGo -añadió.
– ¿Qué?
– Tu idea dio resultado. Mañana podremos verlas.
– Si me sueltan.
– Sí, claro -dijo Cuadrados-. Si te niegan la libertad bajo fianza, menuda putada -añadió.
Por la mañana, la policía me trasladó al registro central del número 100 de Centre Street. A partir de ese momento se hicieron cargo de mí los funcionarios de prisiones. Me encerraron en una celda común del sótano. Si alguien no cree que Estados Unidos sea un crisol de culturas, debería vivir aquel popurrí de (in)humanidad hormigueante que puebla esa especie de Naciones Unidas. Oí al menos diez idiomas distintos. Había matices de color de piel e indumentarias para todos los gustos: gorras de béisbol, turbantes, pelucas y hasta un fez. Hablaban todos a la vez y, los entendiera o no, todos alegaban inocencia.