Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
– De eso hace mucho tiempo -dijo mi padre.
El Espectro entornó los ojos como si prestase profunda atención a lo que había dicho mi padre, y finalmente asintió con la cabeza.
– Sí, sí, hace tiempo. En eso tiene también razón, señor Klein. Y además yo no gozaba precisamente de una excelente vida hogareña. Cierto. ¿Qué perspectivas tenía yo? Así se puede decir que lo que me sucedió fue una bendición: me obsequiaron con terapia a cambio de no vivir con un padre que me pegaba.
En aquel momento comprendí que se refería al asesinato de Daniel Skinner, aquel abusón que murió apuñalado. Pero lo que me llamó la atención en aquel momento fue cuánto se parecía aquella historia a la de las vidas de los jóvenes que recogíamos en Covenant House: malos tratos en casa, criminalidad precoz y algún tipo de psicosis. Traté de ver a El Espectro desde esa perspectiva, como si fuera uno más de nuestros acogidos. Pero el retrato no cuadraba, porque él ya no era un muchacho. Ignoro cuándo rebasan el límite y a qué edad dejan de ser unos críos que necesitan ayuda para convertirse en degenerados a quienes hay que encarcelar; o incluso si eso era justo.
– Eh, Willie, muchacho.
El Espectro intentó cruzar su mirada con la mía pero mi padre se interpuso para impedirlo. Yo le puse una mano en el hombro dándole a entender que no hacía falta que me protegiera.
– ¿Qué? -dije.
– Tú sabes que me… -repitió aquel gesto con los dedos- hospitalizaron una segunda vez, ¿verdad?
– Sí -contesté.
– Yo estaba en el grado doce y tú en el diez.
– Lo recuerdo.
– Pues durante todo el tiempo que estuve allí sólo una persona vino a verme. ¿Sabes quién?
Asentí con la cabeza. Había sido Julie.
– Parece irónico, ¿no crees?
– ¿La mataste tú? -pregunté.
– No se nos puede culpar a los dos.
Mi padre volvió a interponerse.
– Basta ya -dijo.
– ¿A quién te refieres? -inquirí yo apartándolo.
– A ti, Willie, muchacho. A ti me refiero.
– ¿Qué dices? -repliqué sorprendido.
– Basta ya -repitió mi padre.
– Tú tenías que haberla defendido -prosiguió El Espectro-. Tu deber era protegerla.
Las palabras proferidas por aquel loco se me clavaron en el pecho como un carámbano.
– ¿A qué has venido? -inquirió mi padre.
– ¿Quiere que le diga la verdad, señor Klein? No lo sé muy bien.
– Deja a los míos en paz. Si quieres a alguien, aquí me tienes.
– No, señor. No he venido a por usted -replicó él mirando a mi padre, y yo sentí como un calambre en las entrañas-. Creo que prefiero que siga vivo.
El Espectro se despidió con un gesto de la mano y echó a andar hacia la arboleda. Lo vimos internarse en la espesura y desvanecerse, como su apodo, hasta desaparecer. Permanecimos aún fuera un par de minutos y oí que mi padre respiraba angustiosamente como si acabara de salir al aire libre de las profundidades de la tierra.
– Papá.
– Entremos en casa, Will -dijo cuando ya había echado a andar.
42
Mi padre no quiso hablar.
Nada más entrar en casa se encerró arriba en su cuarto, aquel dormitorio que había compartido con mi madre durante casi cuarenta años. Se agolpaban demasiadas cosas en mi cerebro. Intenté ordenarlas, pero era inútil. Mi cerebro se bloqueaba. Y aún no sabía lo suficiente. Aún no. Necesitaba saber.
Sheila.
Había otra persona que quizá pudiera arrojar algo de luz sobre el enigma de quien había sido el amor de mi vida. Alegué una disculpa, me despedí de mi padre y volví a Nueva York. Tomé el metro del Bronx. Ya anochecía y no era un barrio recomendable, pero por una vez en mi vida estaba más allá del miedo.
Antes de que llamara se entreabrió la puerta con la cadena puesta. Tanya dijo:
– Está durmiendo.
– Es con usted con quien quiero hablar -repliqué.
– Yo no tengo nada que decir.
– La vi a usted en el funeral.
– Váyase.
– Por favor. Es importante -dije.
Tanya suspiró y quitó la cadena.
Entré y vi la tenue lamparita del rincón. Recorrí el deprimente cuarto con la vista y pensé que Tanya era quizá tan prisionera como Louis Castman. La miré de frente y ella retrocedió como escaldada.
– ¿Hasta cuándo piensa tenerlo aquí? -pregunté.
– No tengo planes -respondió.
No me invitó a sentarme y permanecimos de pie uno frente al otro. Cruzó los brazos y aguardó.
– ¿Por qué acudió al funeral? -pregunté.
– Quería presentarle mis últimos respetos.
– ¿Conocía a Sheila?
– Sí.
– ¿Eran amigas?
Quizá sonriera pero, por la horrorosa mutilación de su rostro con aquellas cicatrices, no podría asegurarlo.
– No teníamos amistad.
– Entonces, ¿por qué acudió?
Tanya ladeó la cabeza.
– ¿Quiere oír una cosa extraña?
No sabía qué contestar y simplemente asentí con la cabeza.
– Era la primera vez que salía del piso en año y medio.
Tampoco sabía qué responder pero dije:
– Me alegro.
Tanya me miró escéptica. En el cuarto no se oía más que su respiración, y me pregunté cuál sería exactamente su afección física y si era consecuencia de la brutal mutilación, pero el caso es que respiraba como si su garganta fuese una pajita de zumo obstruida.
– Por favor, dígame por qué asistió -añadí.
– Ya se lo he dicho; para presentarle mis respetos. -Hizo una pausa-. Pensé que podría ayudar.
– ¿Ayudar?
Miró a la puerta del cuarto del paralítico y yo seguí su mirada.
– Él me ha contado a qué vino usted y pensé que a lo mejor podía explicarle algunas cosas.
– ¿Qué es lo que él le contó?
– Que usted estaba enamorado de Sheila -dijo Tanya arrimándose a la lámpara. Era realmente difícil apartar los ojos de su rostro. Finalmente, se sentó y me hizo una señal invitándome a que hiciera lo mismo-. ¿Es cierto?
– Sí.
– ¿La mató usted? -inquirió.
La pregunta me sorprendió.
– No.
No pareció creérselo.
– No lo entiendo -añadí-. ¿Dice que vino para ayudar?
– Sí.
– ¿Y por qué se marchó?
– ¿No se lo imaginó?
Negué con la cabeza.
Se sentó -o más bien se derrumbó- en la silla con las manos en el regazo y comenzó a balancearse desde delante hacia atrás.
– ¿Tanya?
– Fue al oír su apellido -dijo.
– ¿Cómo dice?
– Me pregunta por qué me marché, ¿no? -añadió deteniendo el balanceo-. Fue porque oí su apellido.
– No lo entiendo.
– Louis -dijo mirando otra vez a la puerta- no sabía quién era usted, y yo tampoco hasta que oí su nombre en el funeral cuando Cuadrados hizo el elogio fúnebre. Usted es Will Klein.
– Sí.
– Y -añadió con voz tan queda que tuve que inclinarme para oír bien- es el hermano de Ken.
– ¿Usted conocía a mi hermano?
– Hace mucho tiempo que nos conocimos.
– ¿Cómo?
– A través de Sheila -respondió enderezándose en el asiento y mirándome. Resultaba extraño; dicen que los ojos son el espejo del alma, pero es absurdo. Los ojos de Tanya eran normales, sin mácula o defecto, ni vestigio alguno de su pasado o de sus tormentos-. Louis le habló a usted de un antiguo gánster que conoció Sheila.
– Sí.