Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
Cuadrados me acompañó en la comparecencia ante el juez. También mi abogado, una mujer llamada Hester Crimstein. La conocía de un caso famoso aunque no recordaba cuál. Ella misma se presentó y no volvió a mirarme a la cara; se volvió hacia el joven fiscal como si se tratara de un jabalí malherido y ella fuese una pantera con un ataque agudo de hemorroides.
– Solicitamos que el señor Klein sea encarcelado incondicionalmente -dijo el fiscal-. Consideramos que existe riesgo grave de huida.
– ¿Por qué? -inquirió el juez, que exudaba aburrimiento por todos sus poros.
– Tiene un hermano sospechoso de homicidio que hace once años es prófugo de la justicia, señoría. Pero además la víctima de su hermano era hermana de la víctima.
– Repita eso -dijo el juez un poco desorientado.
– Al demandado, el señor Klein, se le acusa de intentar asesinar a Katherine Miller. El hermano del señor Klein, Kenneth, es sospechoso del homicidio hace once años de Julie Miller, hermana de la víctima.
El juez dejó de pronto de frotarse la cara.
– Ah, sí, recuerdo el caso.
El joven fiscal sonrió como si le hubieran dado un premio.
El juez se volvió hacia mi abogada.
– Señora Crimstein.
– Señoría, solicitamos que se retiren de inmediato todos los cargos contra el señor Klein -dijo ella.
El juez volvió a restregarse el rostro.
– Me sorprende usted, señorita Crimstein.
– No sólo eso, sino que consideramos que el señor Klein debe ser puesto en libertad condicional. El señor Klein carece de antecedentes penales. Trabaja en esta ciudad en una entidad benéfica de ayuda a los pobres y tiene raíces en la sociedad. En cuanto a la ridícula comparación con su hermano, lo consideramos culpabilidad comparada de la peor estofa.
– ¿No considera válida la preocupación de la fiscalía pública, señorita Crimstein?
– No, señoría. Tengo entendido que la hermana del señor Klein se hizo hace poco la permanente. ¿Quiere decir eso que él vaya a hacer lo mismo?
Se oyeron risas.
Al joven fiscal se le iban y se le venían los colores.
– Señoría, con el debido respeto por la absurda analogía de mi colega…
– ¿Qué tiene de absurdo? -replicó Crimstein.
– Consideramos que el señor Klein dispone de medios para huir.
– Eso es ridículo. No tiene más medios que cualquier otra persona. Se hace esa afirmación basada en la creencia de que su hermano huyó, cosa que no está demostrada, porque puede estar muerto. Pero, en cualquier caso, señoría, el ayudante del fiscal prescinde de un factor crucial.
Hester Crimstein se volvió sonriente hacia el joven.
– ¿Señor Thompson? -dijo el juez.
Thompson continuó cabizbajo.
Hester Crimstein aguardó un segundo antes de lanzarse.
– Porque la víctima de este delito atroz, Katherine Miller, manifestó hoy mismo que el señor Klein es inocente.
– Señor Thompson -dijo el juez con cara de pocos amigos.
– No es exactamente así, señoría.
– ¿No exactamente?
– La señorita Miller afirmó que no vio al agresor porque no había luz y llevaba puesta una máscara.
– Y -Hester Crimstein terminó la frase por él- que no era mi cliente.
– Dijo que no creía que fuese el señor Klein -replicó Thompson-. Pero tenga en cuenta, señoría, que está contusionada y en estado de confusión; no vio al agresor y, por consiguiente, no puede descartarse que…
– Letrado, no estamos juzgando el caso -lo interrumpió el juez-. Queda denegada su solicitud de prisión incondicional y queda fijada la fianza en treinta mil dólares.
El juez hizo sonar el mazo y quedé en libertad.
39
Quería ir al hospital a ver a Katy. Cuadrados negó con la cabeza y me dijo que no era buena idea. Su padre estaba allí y se negaba a apartarse de su lado. Había contratado a un vigilante jurado para que montase guardia ante la puerta. Comprendí. El señor Miller no había sabido proteger a una hija. No volvería a repetir el error.
Llamé al hospital con el móvil de Cuadrados, pero la telefonista me dijo que no se autorizaban llamadas. Llamé a una floristería y le envié un ramo; me pareció simplista y absurdo, pues había estado a punto de morir estrangulada en mi apartamento y yo ahora le enviaba un ramo de flores con un osito de peluche y un globo, pero era la única manera que tenía de darle a entender que pensaba en ella.
Cuadrados había venido con su coche, un Coupe de Ville de 1968 azul Venecia que llamaba tanto la atención como nuestro amigo Raquel Roscoe en una asamblea de las Hijas de la Revolución Americana. Cruzamos por el túnel Lincoln, donde había tráfico denso, como siempre. Dicen que el tráfico está cada vez peor, pero yo no sé qué opinar, porque de niño cuando viajábamos en el coche familiar -en los tiempos de las «rubias» con carrocería de madera- cruzábamos el túnel los domingos y recuerdo que ya entonces se avanzaba despacio en la oscuridad con aquellas ridículas luces que colgaban del techo como murciélagos, la cabina de cristal con el empleado, el hollín que manchaba los azulejos de un color orín-marfil; no dejábamos de mirar angustiados hacia delante hasta que sabíamos que faltaba poco para el final al llegar a las divisorias de goma de aspecto metálico que se erguían dándonos la bienvenida al mundo de la luz, de los rascacielos, de la otra realidad, como si hubiésemos viajado en una vagoneta. íbamos al circo de los hermanos Ringling o al Barnum & Bailey y dábamos vueltas enloquecidos a aquellos cordeles con lucecitas, o íbamos a veces al Radio City Music Hall a ver un espectáculo que durante diez minutos nos extasiaba pero que enseguida nos aburría; la época en que hacíamos cola para sacar entradas a mitad de precio en la taquilla o mirábamos libros en la enorme librería Barnes 8c Noble (creo que entonces sólo había una), o entrábamos en el Museo de Historia Natural, o recorríamos alguna feria callejera, como la preferida de mi madre, la del libro en septiembre en la Quinta Avenida.
Mi padre refunfuñaba por el tráfico, la falta de sitio para aparcar y las «porquerías» de todas clases, pero a mi madre le encantaba Nueva York, el teatro, el arte, el barullo de la ciudad. Sunny se había adaptado al ambiente de coches compartidos y zapatillas de tenis de la periferia urbana, pero en Nueva York sus sueños y sus viejos anhelos le salían a flor de piel. Ni que decir tiene que ella nos quería, pero a veces, yendo sentado a su lado en la ranchera, al observar cómo miraba por la ventanilla, yo pensaba si no habría sido más feliz sin nosotros.
– Muy acertado -dijo Cuadrados.
– ¿El qué?
– Que me acordase de que Sonay era una asidua de Cuadrados Yoga Corporation.
– ¿Cómo fue?
– Llamé a Sonay y le expliqué el problema. Me dijo que los dueños de QuickGo eran dos hermanos, Ian y Noah Muller, y ella misma los llamó para decirles qué queríamos -añadió encogiéndose de hombros.
– Eres increíble -comenté meneando la cabeza.
– No cabe duda.
Las oficinas de QuickGo estaban en un almacén sobre la Autopista 3 en el corazón de las marismas de Nueva Jersey. El tráfico que cruza Nueva Jersey es muy intenso, fundamentalmente porque las carreteras secundarias más transitadas discurren por las zonas más horrendas del llamado Estado Jardín. Yo soy defensor acérrimo del estado en que nací y me consta que, en su mayor parte, Nueva Jersey es espléndida, pero el fundamento de las críticas es doble: en primer lugar, las ciudades están en decadencia, ya sea Trenton, Newark o Atlantic City. Dan pena y son penosas. Por ejemplo, Newark. Yo tengo amigos de Quincy, Massachusetts, que dicen que son de Boston, y tengo amigos de Bryn Mawr que afirman que son de Filadelfia, y yo, que me he criado a menos de quince kilómetros de Newark, nunca he oído a nadie decir que era de Newark.