Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
– Se refería a su hermano.
Negué con la cabeza y quise protestar, pero me contuve al ver que se disponía a decir algo más.
– Sheila nunca se adaptó a este tipo de vida. Ella era muy ambiciosa. Conoció a Ken, congeniaron y él la ayudó a matricularse en una buena universidad en Connecticut, aunque más para que vendiera drogas que para otra cosa. En las calles tienen que matarse por un tramo de acera, pero en una buena universidad de ricos, si sabes moverte y lo diriges bien, se puede sacar una buena pasta.
– ¿Y dice que mi hermano montó todo eso?
– ¿Es que de verdad pretende decirme que no lo sabía? -replicó volviendo a balancearse.
– No.
– Yo pensé…
– ¿Qué?
– No sé lo que pensé -añadió negando con la cabeza.
– Por favor -dije.
– Es raro. Primero, Sheila está con su hermano y, ahora, reaparece con usted, y usted pretende no saber nada.
De nuevo, no sabía qué decir.
– Bien, ¿y qué fue de Sheila?
– Usted lo sabrá mejor que yo.
– No, me refiero a la época en que estudió en la universidad.
– Yo no volví a verla desde que dejó la calle. Sólo me llamó un par de veces al principio. Pero Ken a mí no me gustaba; usted y Cuadrados vi que eran buena gente y pensé que ella había encontrado algo bueno. Pero al oír su apellido… -añadió encogiéndose de hombros.
– ¿El nombre de Carly le suena de algo? -pregunté.
– No. ¿Por qué?
– ¿Sabía que Sheila tenía una hija?
– Dios mío -comentó con voz condolida reanudando el balanceo.
– ¿Lo sabía?
– No -respondió negando firmemente con la cabeza.
– ¿Conoce a Philip McGuane? -añadí a continuación.
– No.
– ¿Y a John Asselta o Julie Miller?
– No -respondió sin vacilar-. No los conozco -agregó levantándose y dándome la espalda-. Esperaba que hubiera escapado -espetó.
– Lo hizo -dije-. Durante un tiempo.
Vi que se le hundían los hombros y que parecía respirar con más dificultad.
– No merecía ese fin -añadió.
Tanya se dirigió a la puerta. No la seguí. Miré otra vez hacia el cuarto de Castman, sin poder evitar de nuevo el pensamiento de que eran dos presos. Tanya se detuvo y noté que clavaba la mirada en mí. Me volví hacia ella.
– Hoy en día hay métodos quirúrgicos -dije-; Cuadrados conoce a gente y podemos ayudarla.
– No, gracias.
– No puede vivir siempre en su venganza.
– ¿Cree que se trata de eso? -replicó forzando una especie de sonrisa-. ¿Cree que lo tengo aquí por esto? -añadió señalando su rostro.
Me quedé confuso una vez más.
Negó rotundamente con la cabeza.
– ¿Le contó Louis cómo reclutó a Sheila?
Asentí con la cabeza.
– Él se atribuye todo el mérito y recalca su estilo y su labia, pero casi todas las chicas, incluso las que llegan por primera vez en autobús, tienen miedo de irse solas con un tío. La diferencia en su caso era que tenía una pareja. Una mujer. Para ayudar a cerrar la venta. Para que las chicas se sintieran seguras.
Aguardó. Su mirada era insolente. Dentro de mí brotó un temblor que iba en aumento. Tanya se acercó a la puerta. Abrió. Y yo salí para no volver nunca.
43
Había dos mensajes telefónicos en el contestador. El primero, de la madre de Sheila, Edna Rogers. Su tono era seco e impersonal, decía que el funeral se celebraría dos días más tarde en una iglesia de Masón, Idaho, indicándome los horarios y cómo llegar desde Boise. Lo guardé.
El segundo era de Yvonne Sterno. Me decía que llamase urgentemente. Eso me inquietó. Pensé que quizás había descubierto la identidad de Owen Enfield, en cuyo caso ¿era algo positivo o negativo?
Yvonne contestó al primer timbrazo.
– ¿Qué sucede? -pregunté.
– Will, he averiguado algo importante.
– La escucho.
– Tendríamos que habernos dado cuenta antes.
– ¿De qué?
– Ate cabos. Un individuo con nombre falso, el enorme interés del FBI y tanto misterio en una urbanización tranquila. ¿Me sigue?
– No, la verdad.
– La clave era Cripco -prosiguió-. Bien, es una empresa tapadera, así que indagué en diversas fuentes. La verdad es que no hacen mucho esfuerzo por ocultarse. La cobertura no es tan densa. El caso es que ellos lo plantean de manera que, si alguien descubre al tipo, saben o no saben. No van a llegar muy lejos en las averiguaciones.
– Yvonne…
– ¿Qué?
– No tengo ni idea de qué me habla.
– De Cripco, la empresa que alquiló la casa y el coche y que me ha llevado en la indagación hasta el Ministerio de Justicia.
De nuevo sentí que me daba un vuelco el corazón y, tras una pausa, un débil rayo de esperanza se abrió paso en las tinieblas.
– Un momento -dije-. ¿Quiere decir que Owen Enfield es un agente secreto?
– No, no creo. ¿Qué iba a estar investigando en Stonepointe? ¿Alguien que hiciera trampas a la canasta?
– ¿Qué es, entonces?
– Quien controla el programa de testigos protegidos es el departamento de Justicia, no el FBI.
No salía de mi sorpresa.
– ¿Quiere decir que Owen Enfield…?
– El Gobierno lo tenía aquí escondido con una identidad falsa, y la clave, como le digo, es que no tenía una cobertura muy buena, pero mucha gente no lo sabe. Qué demonios, muchas veces hacen chapuzas. Mi fuente de información del periódico me contó el caso de ese narcotraficante negro de Baltimore a quien ocultaron en una zona residencial de blancos de las afueras de Chicago. Fue un desastre. Éste no es el mismo caso pero pongamos que, si alguien busca a fulano de tal, lo reconocerá o no. Ellos no se molestan en indagar en su pasado para asegurarse. ¿Me entiende?
– Creo que sí.
– Así que yo creo que lo que sucedió es que el tal Owen Enfield los estorbaba, como sucede con casi todos los testigos protegidos; luego, si efectivamente es un testigo protegido y por lo que sea mató a esos dos tipos y ha huido, el FBI no quiere que se descubra el pastel. ¿Se da cuenta de lo embarazoso que resulta que el Gobierno haya hecho un trato con alguien que comete un doble crimen? La mala prensa y todo eso, ¿entiende lo que quiere decir?
No contesté.
– ¿Will?
– Sí.
Hizo una pausa.
– ¿No irá a dejarme colgada, eh?
Pensé en la posibilidad.
– Vamos, recuerde el trato: toma y daca.
No sé lo que le habría dicho; si habría llegado a decirle que mi hermano y Owen Enfield eran una misma persona, considerando que era mejor desvelarlo que seguir ocultándolo, pero tomando la decisión por mí. Oí un clic y se cortó la conexión.
Llamaron con fuerza a la puerta.
– Agentes del FBI. Abra.
Reconocí la voz de Claudia Fisher. Agarré el picaporte, lo hice girar y casi me tira al suelo al irrumpir con una pistola en la mano ordenándome que pusiera las manos en alto. La acompañaba Darryl Wilcox, y los dos estaban pálidos y con cara de cansancio, de miedo incluso.
– ¿Qué diablos es esto? -exclamé.
– ¡Manos arriba!
Lo hice y ella sacó unas esposas, pero pareció cambiar de idea y se detuvo.
– ¿Nos acompaña por las buenas? -preguntó con voz tranquila.
Asentí con la cabeza.
– Entonces vamos.
44
No discutí. No me hice el gallito ni pedí llamar por teléfono o a un abogado. No pregunté siquiera adónde íbamos. Sabía que protestar en aquella delicada coyuntura sería inútil o contraproducente.