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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Volvimos a contener la risa y después permanecimos en silencio pensando entristecidos cómo un carácter tan animoso se había marchitado ya mucho antes de aparecer la enfermedad. Al cabo de un rato, mi padre se volvió a mirarme y abrió desmesuradamente los ojos al advertir las contusiones.

– Pero ¿qué demonios te ha sucedido?

– No es nada -respondí.

– ¿Te has peleado?

– No, no es nada. Tengo que decirte una cosa.

Estaba muy tranquilo y no sabía cómo enfocaba la situación, pero fue él quien tomó la iniciativa.

– Anda, enséñamela -dijo.

Lo miré sorprendido.

– Esta mañana llamó tu hermana y me ha contado lo de la fotografía.

Aún la llevaba en el bolsillo. La saqué, él la cogió y la dejó en la palma de la mano como si temiera arrugarla; bajó la vista y dijo:

– Dios mío.

Vi que se le humedecían los ojos.

– ¿Tú no lo sabías? -pregunté.

– No -respondió mirando otra vez la foto-. Tu madre nunca me dijo nada hasta… Bueno, ya sabes.

Vi que una sombra cruzaba su rostro: su mujer, su compañera le había ocultado aquello y se sentía dolido.

– Hay otra cosa -dije.

Se volvió hacia mí.

– Ken ha estado viviendo en Nuevo México.

Le expliqué a grandes rasgos lo que sabía y él escuchó atento y tranquilo como el marinero que aguanta sin mareo el temporal.

– ¿Cuánto tiempo ha estado viviendo allí? -preguntó cuando terminé mi relato.

– Unos meses. ¿Por qué?

– Tu madre dijo que volvería. Dijo que volvería cuando demostrase su inocencia.

Seguimos sentados sin hablar. Dejé volar mi imaginación reconstruyendo a mi modo los hechos, más o menos así: once años antes a Ken le hacen caer en una trampa, huye y vive fuera del país, escondido, en la clandestinidad, como dijeron en los noticiarios. Los años pasan. Vuelve a casa.

¿Por qué?

¿Era, como decía mi madre, para demostrar su inocencia? Sí, era lógico, pensé, pero ¿por qué ahora? No acababa de entenderlo, pero el hecho es que había regresado y lo estaba pagando. Alguien lo había descubierto.

¿Quién?

La respuesta era obvia: el asesino de Julie. Esa persona, hombre o mujer, quería silenciar a Ken. ¿Y qué más? No lo sabía; quedaban cabos sueltos.

– Papá.

– Dime.

– ¿Tú sospechabas que Ken estuviera vivo?

Tardó en contestar.

– Resultaba más fácil pensar que había muerto.

– No me has contestado.

Su mirada era otra vez vaga.

– Ken te quería mucho, Will.

Dejé que la frase flotara en el aire.

– Pero no era del todo bueno -añadió.

– Eso lo sé -dije.

Dejó que lo asimilara.

– Cuando asesinaron a Julie -añadió-, Ken estaba metido en líos.

– ¿Qué quieres decir?

– Volvió a casa huyendo de algo.

– ¿De qué?

– No lo sé.

Reflexioné al respecto y recordé que había estado unos dos años fuera de casa y que parecía muy nervioso, incluso el día en que me preguntó por Julie. A mí todo aquello me pareció entonces muy raro.

– ¿Te acuerdas de Phil McGuane? -preguntó mi padre.

Asentí con la cabeza. Era el antiguo amigo de Ken en el instituto, el «primero de la clase», de quien ahora se decía que estaba «relacionado».

– He oído que se trasladó a la antigua finca de los Bonanno.

– Sí.

Cuando yo era niño, los mafiosos de entonces ocupaban la finca más importante de Livingston, una propiedad con una inmensa verja de hierro, con la puerta de entrada flanqueada por dos leones de piedra. Corría el rumor -algo habitual en las comunidades de zonas residenciales, donde hay rumores de todo tipo- de que en ella había cadáveres enterrados; se decía que la verja estaba electrificada y que, si alguien intentaba llegar a la casa por el bosque de atrás, tiraban a matar. Dudo mucho que aquellas historias fuesen ciertas, pero la policía acabó deteniendo a Bonanno a la edad de noventa y un años.

– ¿Qué pasa con él? -pregunté.

– Ken tenía algo que ver con McGuane.

– ¿En qué sentido?

– Es todo cuanto sé.

Pensé en El Espectro.

– ¿Tenía algo que ver también con John Asselta?

Mi padre se puso tenso y advertí temor en su mirada.

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Porque los tres eran amigos en el instituto -comencé a responder, y de pronto decidí decírselo-. Lo he visto hace poco.

– ¿A Asselta?

– Sí.

– ¿Ha vuelto? -preguntó con voz queda.

Asentí con la cabeza.

Mi padre cerró los ojos.

– ¿Qué sucede?

– Asselta es peligroso -respondió.

– Lo sé.

– ¿Te ha hecho eso él? -preguntó señalando mi cara.

«Vaya pregunta», pensé.

– En parte, cuando menos -contesté.

– ¿En parte?

– Es largo de contar, papá.

Cerró los ojos de nuevo y, cuando los abrió, apoyó sus manos en los muslos y se levantó.

– Vamos a casa -dijo.

Quería preguntarle más cosas, pero vi que no era el momento. Lo seguí. Le costaba trabajo descender las inseguras gradas. Le ofrecí mi mano, pero él rehusó. Cuando llegamos a la grava delante de casa giramos para entrar por el camino y allí, sonriendo tranquilo con las manos en los bolsillos, nos esperaba El Espectro.

Por un instante pensé que era cosa de mi imaginación, como si por haber hablado de él hubiésemos hecho comparecer un fantasma. Pero oí el suspiro de sorpresa de mi padre y acto seguido aquella voz del Espectro:

– Vaya, ¡qué enternecedor!

Mi padre se puso delante de mí escudándome.

– ¿Qué quieres? -exclamó.

El Espectro se echó a reír.

– Caramba, a mí cuando me iban mal las cosas me obsequiaban con unos caramelos para que me sintiera mejor.

Nos quedamos paralizados y El Espectro alzó la vista al cielo, cerró los ojos y respiró hondo.

– Ah, Little League -comentó bajando la mirada hacia mi padre-. ¿Recuerda el día en que mi padre acudió al partido, señor Klein?

Mi padre apretó los dientes.

– Fue un momento inefable, Will. Un clásico. Mi querido viejo estaba tan borracho que se puso a mear en un rincón de la cafetería. ¿Te imaginas? Pensé que a la señora Tansmore le daba un ataque -añadió riéndose con unas carcajadas que se me clavaron en el alma. Cuando cesaron, añadió-: Buenos tiempos, ¿verdad?

– ¿Qué es lo que quieres? -insistió mi padre.

Pero El Espectro tenía su propio guión y no pensaba salirse de él.

– Dígame, señor Klein, ¿recuerda cuando era entrenador de la selección en las finales del estado?

– Sí -respondió mi padre.

– Ken y yo estábamos en…, ¿cuarto grado era?

Mi padre no contestó.

– Espere… -prosiguió El Espectro con cara seria-. Ah, casi se me olvida que aquel curso lo perdí, ¿no es cierto? Y el siguiente también. Por la cárcel, claro.

– Tú no fuiste a la cárcel -dijo mi padre.

– Cierto, cierto, tiene toda la razón, señor Klein. Estuve… -fingió marcar la palabra entre comillas con un gesto de los dedos- hospitalizado. ¿Sabes lo que eso significa, Willie, muchacho? Encierran a un niño con los peores chiflados del mundo para que se corrija. Mi primer compañero de habitación se llamaba Timmy y era pirómano; a la tierna edad de trece años, Timmy quemó a sus padres vivos; una noche robó una cajetilla de cerillas a un celador borracho y prendió fuego a mi cama: estuve en la enfermería tres semanas y poco me faltó para prenderme fuego yo mismo para no tener que volver.

Pasó un coche por Meadowbrook Road y vi a un niño pequeño en la parte trasera, en un asiento de seguridad adaptable. Ni la menor ráfaga de viento movía las ramas de los árboles.

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