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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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Pistillo me había advertido que me mantuviera al margen. Había llegado a detenerme por un delito del que era inocente. Incluso me había amenazado con imputarme una falsa acusación si era preciso, y yo no había hecho caso. Me pregunté de dónde sacaría yo este nuevo valor y me dije que era sencillamente porque no tenía nada que perder. Quizás el valor consistiera en eso, en alcanzar ese límite en que a uno le importa todo un bledo. Sheila y mi madre estaban muertas y había perdido a mi hermano, como quien dice, y un hombre acorralado, aunque timorato como yo, acaba por reaccionar como una fiera.

Nos detuvimos ante una fila de casas de Fair Lawn, en Nueva Jersey. Dondequiera que mirase veía lo mismo: céspedes bien cuidados, parterres floridos perfectos, muebles de jardín otrora blancos ya oxidados y mangueras tendidas sobre la hierba conectadas a aspersores bamboleantes que lanzaban una neblina líquida. Fuimos hacia una casa muy distinta de las demás. Fisher hizo girar el picaporte de la puerta. No estaba cerrada. Entramos en una habitación con un sofá rosa y una mesita con televisor junto al que había fotos de dos niños en escala de edades, desde las primeras cuando eran bebés hasta ya en las últimas de jovencitos bien vestidos dando un beso en la mejilla a una mujer, que imaginé sería, su madre.

La cocina tenía una puerta batiente. Pistillo estaba sentado ante una mesa de fórmica con un té frío. Junto al fregadero estaba la mujer de la fotografía, la supuesta madre. Fisher y Wilcox salieron. Yo permanecí de pie.

– Me han intervenido el teléfono -dije.

Pistillo negó con la cabeza.

– No es una simple intervención que indique el origen de las llamadas, sino un auténtico dispositivo de escucha y, para que no haya dudas, montado con autorización judicial.

– ¿Qué quieren de mí? -pregunté.

– Lo que hemos querido durante once años -respondió-: a su hermano.

La mujer que estaba en el fregadero abrió el grifo y enjuagó un vaso. En la nevera, adheridas con imanes, había más fotos de ella, algunas con Pistillo y con más niños, pero en casi todas se la veía con aquellos dos del salón en instantáneas más recientes en la playa o en el patio de la casa.

– María -dijo Pistillo.

La mujer cerró el grifo y se volvió.

– María, te presento a Will Klein. Will, María.

La mujer -imaginé que era la esposa de Pistillo- se secó las manos con un paño y me dio la mano con firmeza.

– Encantada -dijo en tono educado, algo exagerado.

Musité lo propio con una inclinación de cabeza y, a una señal de Pistillo, me acomodé en una silla de metal con asiento de vinilo.

– ¿Quiere beber algo, señor Klein? -preguntó la mujer.

– No, gracias.

Pistillo alzó su vaso de té frío.

– Esto es pura dinamita. Debería tomarse un vaso -dijo.

María seguía a la expectativa y yo finalmente acepté su invitación para romper el hielo. Ella vertió el té despacio y me puso el vaso delante. Le di las gracias y esbocé una sonrisa a la que ella me correspondió no sin esfuerzo.

– Joe, yo espero en la otra habitación -dijo.

– Gracias, María.

La mujer cruzó la puerta batiente.

– Es mi hermana -dijo Pistillo mirando a la puerta-. Sus dos hijos son ésos -añadió señalando las fotos de la nevera-: Vic de dieciocho años y Jack de dieciséis.

– Ya -comenté cruzando las manos en el regazo-. Así que han estado escuchando mis llamadas.

– Sí.

– Entonces sabrá que no tengo ni idea de dónde está mi hermano.

Pistillo dio un sorbo al té.

– Eso lo sé -dijo sin apartar la vista de la nevera y haciéndome una seña con la cabeza para que yo también mirara-. ¿No echa nada en falta en las fotos?

– Pistillo, de verdad que no estoy de ánimo para juegos.

– Yo tampoco. Mire con más atención. ¿No nota que falta algo?

No me molesté en mirar pues sabía de sobra a qué se refería.

– El padre.

– Lo ha acertado a la primera -comentó chasqueando los dedos y mirándome como un presentador de concursos-. Impresionante.

– ¿A qué demonios viene todo esto? -inquirí.

– Mi hermana perdió a su marido hace doce años. Los niños tenían, bueno, calcule usted mismo, seis y cuatro años. María los sacó adelante sola. Yo ayudaba en lo que podía, pero un tío no es un padre, ¿me entiende?

No contesté.

– Él se llamaba Víctor Donet. ¿Le dice algo el nombre?

– No.

– Murió asesinado de dos tiros en la cabeza; una ejecución -dijo apurando el té-. Su hermano estaba allí-añadió.

Me dio un vuelco el corazón. Pistillo se levantó sin esperar mi reacción.

– Sé que mi vejiga se resentirá, Will, pero voy a tomarme otro vaso. ¿Quiere usted también algo?

Traté de reaccionar de la impresión.

– ¿Qué quiere decir con que mi hermano estaba allí?

Pero él se tomó su tiempo: abrió el congelador, sacó la bandeja de cubitos de hielo y los desprendió en el fregadero, donde rebotaron en la porcelana; cogió unos cuantos con la mano y los echó en el vaso.

– Antes de nada, quiero que me prometa una cosa.

– ¿El qué?

– Algo relacionado con Katy Miller.

– ¿En qué sentido?

– Ella es una cría.

– Lo sé.

– La situación es peligrosa; no hace falta ser un genio para darse cuenta. No quiero que vuelva a sufrir daño.

– Ni yo.

– Bien, en eso estamos de acuerdo -añadió-. Will, prométame que no volverá a embarcarla en nada.

Lo miré y vi que no era una cuestión negociable.

– De acuerdo -dije-. Ella queda al margen.

Me miró cara a cara para saber si mentía. La verdad era que en eso él tenía razón: Katy ya había pagado un alto precio. No estaba muy seguro de poder soportar que pagara otro aún más alto.

– Hábleme de mi hermano -pedí.

Acabó de servirse el té, se sentó, miró a la mesa y alzó la vista.

– Habrá leído en los periódicos las redadas que hicimos -dijo-, se enteraría de la limpieza que efectuamos en el Fulton Fish Market. Vería en la televisión desfilar a los viejos mafiosos ante el juez y pensaría que todo había acabado. La mafia se ha acabado. Los polis han ganado.

Terminó de servirse té y se reclinó en el asiento. Yo tenía la garganta seca, como atascada de arena, y di un sorbo al té. Era demasiado dulce.

– ¿Conoce la teoría de Darwin? -inquirió.

Pensé que era una pregunta retórica, pero vi que aguardaba una respuesta.

– La supervivencia de los más fuertes, y eso -dije.

– No los más fuertes -replicó-. Esa es la interpretación que ahora se le da, pero es errónea. Para Darwin, los que sobrevivían eran los que mejor se adaptaban, no los más fuertes. ¿Ve la diferencia?

Asentí con la cabeza.

– En resumen, que los criminales más listos supieron adaptarse. Trasladaron sus negocios fuera de Manhattan. Vendían drogas, por ejemplo, en zonas de la periferia menos competitivas. Para ello pusieron en marcha un mercado básico de corrupción en Nueva Jersey. Un ejemplo: Carden, donde tres de los cinco últimos alcaldes han sido convictos de delitos. O Atlantic City, donde el soborno está a la orden del día; y lo de Newark y toda esa reconversión, pamplinas. La reconversión implica dinero y con el dinero llegan los sobornos y la corrupción.

– ¿Qué tiene todo esto que ver, Pistillo? -pregunté rebulléndome en el asiento.

– Sí que tiene que ver, imbécil -replicó enrojeciendo pero sin perder los estribos muy a su pesar-. Mi cuñado, el padre de esos dos niños, intentó limpiar esa escoria de las calles. Era agente secreto. Alguien lo descubrió. Él y su compañero acabaron con dos tiros en la cabeza.

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