La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
No, pensé, ella no tendrá hijos. Su relación con Justin ya se ha agriado. Será mi Carlyon quien posea el Abbas.
Me alegré de haber ido a ver a Jane Carwillen. Nadie podía afirmar definitivamente que Judith y Justin no tendrían un hijo; pero yo estaba animada sabiendo que era improbable que lo tuviesen.
—Y eso de beber… —murmuró la anciana, sacudiendo la cabeza—. No le hará ningún bien.
—Ha sido peor desde que llegó Fanny Paunton.
—¿Fanny Paunton está con ella?
—Sí. Vino como doncella de compañía. ¿No lo sabía usted?
Sacudió tristemente la cabeza al responder:
—Eso no me gusta. Nunca pude soportar a Fanny Paunton.
—Tampoco yo. Estoy segura de que introduce bebidas alcohólicas en la casa.
—¿Por qué no vino a verme? Yo se lo habría dicho. Hace mucho que no la veo. Dígale que la echo de menos. En otra época solía venir con regularidad, pero en los últimos tiempos…
—Quizás desde la llegada de Fanny. Me gustaría echarla, pero Judith no quiere ni oírlo siquiera.
—Siempre fue leal hacia quienes la servían. ¡Y dice usted que está peor desde que llegó Fanny! No es de extrañar, teniendo en cuenta…
—¿Sí? —la estimulé. Jane Carwillen se me acercó más.
—Que Fanny Paunton bebe en secreto —concluyó. Me centellearon los ojos. Si la encontraba ebria, tendría la excusa necesaria.
—No es frecuente hallarla borracha —continuó Jane—. Aunque hay momentos en que se descuida. Yo siempre podía predecirlos. Una expresión furtiva… algo en su mirada. Cierta flojedad… oh, yo me daba cuenta. Entonces se encerraba en su cuarto… diciendo que no se sentía bien. Después bebía hasta atontarse, estoy convencida. Pero por la mañana se levantaba ya repuesta. Fanny Paunton era una mujer ladina… y mala… mala para mi joven señora. Porque estos bebedores pretenden que todos sean como ellos.
—Si la encontrara ebria, la despediría —dije.
La anciana me apretó la mano; sus dedos rasparon levemente mi piel; pensé que parecía un ave repulsiva.
—Vigile usted los signos —susurró—. Si es lista, quizá los advierta. Esté alerta.
—¿Con qué frecuencia tienen lugar esos ataques de borrachera?
—No creo que ella aguante más de un mes o seis semanas.
—Vigilaré. Sé que si puedo librar a mi cuñada de esta mujer, será lo mejor para ella.
La anciana anunció que me ofrecería un vaso de su vino de saúco. Estuve a punto de rechazarlo, pero advertí que eso sería imprudente. Estábamos sellando un pacto; estábamos de acuerdo en cuanto a la indeseabilidad de Fanny.
Acepté el vaso y bebí aquel líquido. Infundía calor y era, por cierto, muy potente. Eso, junto con el fuego de turba, me hizo arder la cara; sabía que la anciana me observaba con suma atención; yo era la nieta de Kerensa Be, quien debía de haber dado algo de qué hablar al vecindario, aun hasta en Derrise.
—Y pida a mi joven señora que venga a ver a la vieja Jane —me rogó cuando yo partía.
Contesté que así lo haría, y cabalgando de vuelta al Abbas me sentí complacida por mi viaje. Tenía la certeza de que Judith no podría dar a luz un hijo, y que muy pronto yo hallaría una razón para despedir a Fanny.
* * *
Cuando pasaba cerca de Larston Barton vi a Reuben Pengaster. Estaba de pie, apoyado en un portillo y sosteniendo en las manos un palomo. Al pasar a caballo frente a él le di los buenos días.
—Vaya, si es la señora Saint Larston. Muy buen día tengas, señora —dijo, acercándose a mí de modo que tuve que detenerme—. ¿Qué te parece? —preguntó, sosteniendo en alto al palomo, que se mostraba dócil en sus manos; el sol brillaba sobre el ala iridiscente y me llamó la atención el contraste entre aquella suave belleza y los dedos de Reuben, espatulados y bordeados de negro.
—Me parece que es un ave de exposición. Con orgullo me mostró el anillo plateado que tenía alrededor de una pata.
—Es un palomo mensajero.
—Maravilloso…
Me miró con atención, y la mandíbula se le agitó un poco, como si una risa secreta, silenciosa, lo dominara.
—Dondequiera que vuele este pájaro, volverá a casa.
—A menudo me pregunté cómo encuentran el camino.
Los gruesos dedos tocaron con ternura el ala del pájaro, todos dulzura, todos suavidad. Pensé en esos dedos en torno al pescuezo del gato.
—Esto es un" milagro —continuó Reuben—. ¿Crees en milagros, señora Saint Larston?
—No lo sé.
—Oh, sí que hay milagros. Las palomas son uno de ellos. —Se le oscureció de pronto la cara—. Nuestra Hetty se fue, pero volverá. Me parece que nuestra Hetty es una paloma mensajera.
—Así lo espero —repuse.
Se le arrugó patéticamente la cara.
—Ella se fue… No me dijo nada. Debió habérmelo dicho. —Luego volvió a sonreír—. Pero regresará, lo sé. Igual que cuando suelto una paloma. Volverá, lo digo yo. Es una paloma mensajera… Nuestra Hetty es una paloma mensajera.
Levemente toqué el flanco de mi caballo.
—Bueno, Reuben, buenos días. Ojalá estés en lo cierto.
—Lo estoy, señora. Yo lo sé. Dicen que estoy "enredado por los duendes", pero en algunos aspectos tengo un poco más para compensarlo. Nuestra Hetty no estará ausente para siempre.
Aquel mes de junio, el señor Pollent tuvo un accidente andando a caballo; Joe se hizo cargo de la clientela totalmente, y al parecer no había motivo para que se demorase su casamiento con Essie.
Esto habría podido ser un tanto incómodo, si yo hubiese permitido que lo fuese. Si Joe hubiera hecho lo que yo deseaba, convirtiéndose en médico, la situación incómoda jamás habría surgido; yo no podía perdonar del todo a Joe por ser la única persona que se me enfrentaba. De no haber sido por él, yo habría logrado todo lo que me propuse. Evidentemente, sin embargo, Joe era muy feliz; se creía el hombre más afortunado del mundo y cuando estaba con él, siempre me ablandaba. Verlo arrastrar un poco la pierna izquierda al caminar me traía recuerdos de aquella noche terrible, y de cómo Kim me había ayudado; eso siempre me apaciguaba y me hacía pensar en Kim y preguntarme si alguna vez regresaría.
El día de la boda, Mellyora y yo fuimos a la iglesia en una de las carrozas del Abbas. Abuelita se había quedado a pasar la noche en casa de los Pollent. La respetabilidad de sus nietos estaba teniendo efecto inclusive en abuelita; yo estaba convencida de que en poco tiempo la tendría, viviendo como una gentil anciana en alguna casita, en la finca de Saint Larston.
Durante el trayecto advertí que Mellyora estaba pálida, pero no lo mencioné. Podía imaginarme la tensión que sobrellevaba y me prometí que dentro de poco echaría de la casa a Fanny.
La iglesia estaba adornada para la boda, porque los Pollent eran una familia sumamente respetable. Hubo una pequeña conmoción cuando ocupé mi lugar junto con Mellyora, pues pocas veces un Saint Larston asistía a una boda como ésa. Me pregunté si estarían recordándose que, después de todo, yo era tan sólo la nieta de Kerensa Be. También me pareció que muchas miradas furtivas se dirigían hacia Mellyora, la hija del párroco que ahora era nodriza de mi hijo.
Pronto concluyó la ceremonia nupcial, efectuada por el reverendo Hemphill. Entonces Essie y Joe salieron dirigiéndose al carruaje del veterinario, que los llevaría a casa de los Pollent, donde aguardaba un banquete para ellos y los invitados.
Se arrojó el arroz tradicional, y se ató al carruaje el par de zapatos viejos. Ruborizada y risueña, Essie se aferraba al brazo de Joe, que por su parte se las arreglaba para verse al mismo tiempo avergonzado y orgulloso.