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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Golpeé levemente la puerta, y cuando no obtuve respuesta, volví a golpear con más fuerza. Oí tintinear un vaso y cerrarse la puerta de un aparador. Judith seguía manteniendo la simulación de que no bebía.

—Oh, eres tú —dijo.

—Vine a charlar contigo un poco…

Al acercarme a ella sentí en su aliento el olor a licor, y advertí la expresión vidriosa de sus ojos; tenía el cabello desaliñado. Se encogió de hombros y yo puse una silla frente al espejo, diciéndole:

—Déjame arreglarte el cabello, Judith. Siempre me gustó hacerlo. Tu cabello es lo que yo llamo "dócil". Hace lo que una quiere que haga.

Ella se sentó, obediente, y mientras le sacaba los broches y el cabello le caía en torno a los hombros, pensé en lo vulnerable que se la veía. Le masajeé la cabeza como antes; ella cerró los ojos.

—Hay magia en tus dedos —dijo con voz suave, confusa.

—Judith, eres muy desdichada —respondí con suavidad. No contestó, pero vi que entreabría la boca—. Ojalá pudiese yo hacer algo.

—Me agrada que me peines.

—Quiero decir, algo para ayudarte a ser más feliz —reí. Ella sacudió la cabeza continué—: ¿Acaso es juicioso beber tanto? Sé que Fanny te consigue el whisky. Hace mal. Desde su llegada has empeorado.

—Quiero a Fanny aquí. Es mi amiga —replicó ella con una expresión obstinada en los labios.

—¿Tu amiga? ¿Que te trae alcohol a escondidas cuando Justin está tan ansioso porque no bebas, cuando quiere ver que mejora tu salud?

Judith abrió los ojos, que por un instante relampaguearon.

—¿Lo quiere? Tal vez prefiera verme muerta.

—Qué disparate. Quiere que estés bien. Deshazte de Fanny. Sé que te perjudica. Ponte bien… y fuerte. Si tu salud fuera mejor, podrías tener un hijo, lo cual daría tanto placer a Justin.

Volviéndose, me apretó un brazo. Sus dedos me quemaban la piel.

—No comprendes. Crees comprender, todos lo creen. Creen que es por mi culpa que no tenemos hijos. ¿Y si te dijera que es por culpa de Justin?

—¿De Justin? ¿Quieres decir acaso…?

Me soltó y, encogiéndose de hombros, se volvió de nuevo hacia el espejo.

—¿Qué importancia tiene? Cepíllame el cabello y nada más, Kerensa. Eso me sosiega. Luego átamelo, me acostaré y dormiré un poco.

Tomé el peine. ¿A qué se refería ella? ¿Sugería que Justin era impotente? Experimenté una gran excitación. De ser así, jamás habría peligro de que alguien desplazase a Carlyon. Los problemas de Justin y Mellyora quedaron olvidados frente a una cuestión tan importante.

Pero ¿hasta qué punto podía yo confiar en las descabelladas declaraciones de Judith? Pensé en Justin… tan calmo y distante; su amor hacia Mellyora que, estaba segura, no se había consumado. ¿Se debía esto a incapacidad, en vez de a moralidad? Tenía que averiguarlo.

Entonces recordé la historia de la familia Derrise; la versión del monstruo y la maldición. Quería saber más acerca de esa familia.

—Judith… —empecé a decir.

Pero ella tenía los ojos cerrados y ya estaba semidormida. Poco podría obtener de ella entonces, y además, no sabría con certeza hasta qué punto era cierto.

Recordé que, siendo yo doncella de compañía de Judith, ésta hablaba con frecuencia de su antigua nodriza, Jane Carwillen, que había trabajado para su familia durante años, habiendo sido niñera de la madre de Judith. Había oído decir a Judith que aquella había dejado ya a la familia, pero que vivía en una cabaña situada en la finca Derrise. Decidí que, si iba a Derrise y hablaba con Jane Carwillen, tal vez me enterase de algo importante.

* * *

Al día siguiente partí a caballo hacia el páramo, dejando a Carlyon con Mellyora.

En el Tormo Derrise me detuve para contemplar la casa… una magnífica mansión hecha con piedra de Cornualles, rodeada por su parque, donde entreví el reflejo del sol en los estanques de peces. No pude sino compararme con Judith, que había nacido con todo ese lujo y ahora era una de las mujeres más infelices del mundo, mientras que yo, nacida en la pobreza en la cabaña de un pescador, había llegado a ser la señora Saint Larston. Me decía que mi carácter se estaba fortaleciendo; y si además se estaba endureciendo, pues bien, la dureza era fuerza.

Cabalgando hacia la finca Derrise, hallé en el camino a unos jornaleros a quienes pedí que me indicasen la cabaña de la señorita Carwillen. No tardé mucho en dar con ella.

Até mi caballo a una cerca y llamé a la puerta. Tras un breve silencio, oí unos lentos pasos; después una mujercita abrió la puerta.

Tenía la espalda encorvada y caminaba con ayuda de un bastón; tenía la cara tan arrugada como la cascara de una manzana en depósito, y me atisbaba a través de unas cejas desaliñadas que sobresalían.

—Discúlpeme por venir —dije—. Soy la señora Saint Larston, del Abbas.

—Lo sé —asintió ella—. Es la nieta de Kerensa Be.

—Soy la cuñada de Judith —respondí con calma.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó ella.

—Hablarle. Estoy ansiosa por Judith…

—Entre, pues —replicó, volviéndose un poco más hospitalaria.

Entré en el cuarto, donde ella me condujo a un taburete de respaldo alto que había frente a un fuego de turba. La chimenea parecía un hueco en la pared, sin barrotes para contener el fuego. Me recordó a la que había en la cabaña de abuelita.

Me senté junto a la mujer y esta preguntó:

—¿Qué le ocurre a la señorita Judith?

Decidí que esa mujer era franca, de modo que yo debía aparentar que lo era también. Sin rodeos dije:

—Está bebiendo demasiado.

Esa observación la conmovió. Vi crisparse sus labios; después, pensativa, se tiró de un pelo largo y rígido que brotaba de una verruga en su barbilla.

—Vine porque estoy muy ansiosa por ella —agregué— y pensé que tal vez usted podría aconsejarme.

—¿En qué sentido?

—Si ella pudiera tener un hijo —proseguí—, creo que eso la ayudaría, y si no bebiese tanto mejoraría su salud. Hablé con ella al respecto. Parecía desalentada, creyendo que para ella no es posible tener un hijo. Usted conoció bien a la familia…

—Es una familia estéril —repuso ella—, siempre hubo este problema. No tienen hijos con facilidad. Algunos llevan esa maldición.

No me atrevía a mirarla; temía que la astuta anciana viese en mis ojos satisfacción y comprendiese el motivo.

—Oí decir que hay una maldición sobre la familia —arriesgué—. Según me dijeron, hace mucho una Derrise dio a luz un monstruo.

Lanzó un resoplido.

—En todas estas familias antiguas hay relatos descabellados. La maldición no es ningún monstruo. Es esta esterilidad y… la bebida. La una acompaña a la otra. Es como una desesperación en ellos. Dicen que no tener hijos está en la familia… y es como si hubiesen resuelto ser infecundas y lo son. Dicen… "algunos de nosotros no podemos resistir la bebida"… Entonces— no la resisten.

—De modo que esa es la maldición familiar —comenté, y al cabo de una breve pausa—: ¿Cree usted improbable que Judith pueda tener un hijo?

—¿Quién sabe? Pero hace un tiempo que está casada y, por cuanto sé no hay ninguna señal. Su abuela tuvo dos, sí… crió a una y perdió al otro. Era un varón, pero no fuerte. La madre de mi joven señora fue una Derrise» Su marido adoptó su apellido al casarse con ella… para mantener viva a la familia, ¿me entiende? Parece que se vuelve cada vez más difícil para ellos. Mi joven señora estaba tan enamorada… Recuerdo lo entusiasmada que estaba cuando llegó él. Dijimos "seguramente un amor así será fructífero." Pero no lo parece.

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