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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Cerró la ventana a medias y se colocó los dos libros bajo el brazo. Con el mensaje impreso en una mano y el ordenador portátil en la otra, regresó al sofá.

La Biblia de Yngvar era una traducción de 1930, según se leía en el colofón. Recorrió las hojas hasta dar con la epístola de san Pablo a los romanos y dejó correr sus dedos hacia abajo en la página:

24. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos…

Ella dudó.

… deshonraron entre sí sus propios cuerpos…

– Significa que se acostaron el uno con el otro -murmuró antes de que sus ojos hallasen el versículo 27.

… y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, y cometieron hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibieron en sí mismos la retribución debida a su extravío…

Pese a que lo entendía, cerró el gastado libro y se fue al ordenador. Tenía que haber pensado en esto de inmediato, en vez de desordenar el estante de Yngvar. Había hecho algo así sólo una vez, y a su marido el enfado le había durado horas.

Le llevó dos minutos encontrar el mismo texto en la Red, pero en una traducción más moderna.

24. Por lo que Dios los entregó también a la suciedad, de modo que siguieron sus propios deseos y deshonraron entre sí sus propios cuerpos…

«Mucho más claro», pensó, y sacudió despacio la cabeza. También el versículo 27 quedaba más claro en un lenguaje más moderno:

Del mismo modo, los hombres dejaron de tener convivencia natural con las mujeres y se encendieron de deseo unos por otros, fornicaron con hombres y hubieron de recibir castigo por su aberración.

Inger Johanne se consideraba a sí misma agnóstica. Algo que para ella sonaba mejor que indiferente. De vez en cuando estaba obligada a relacionarse con personas creyentes en el trabajo y procuraba siempre hacerlo con el debido respeto. Aparte de un devaneo religioso en su adolescencia, la fe en Dios era simplemente algo que nunca le había interesado demasiado.

Hasta ahora.

Durante los últimos meses, había tenido que relacionarse con las religiones en sus formas más intensas. Los textos como los que acababa de leer no la asustaban en sí. Como investigadora y no creyente, los colocaba en un contexto histórico y le parecían interesantes por sí mismos. Como narraciones literales relevantes para las personas vivas en 2009, encontraba atroces las palabras de san Pablo.

Si Karen y el APLC estaban en lo cierto, y la interpretación del nombre de The 25'ers surgía realmente de estos textos, debía tratarse de una organización dirigida directa y exclusivamente contra los homosexuales y las lesbianas. Sin gilipolleces. Ni una congregación ni una feligresía.

Propiamente, un grupo de odio.

Si realmente sucedía que los cristianos ultraconservadores se habían unido a los radicales musulmanes para formar una organización, había razones para creer que el odio era más violento que cualquiera de las expresiones en cuyo análisis había estado ocupada los últimos meses.

Inger Johanne leyó la última línea otra vez.

… y hubieron de recibir castigo por su aberración.

Se le erizó la piel y tomó el mensaje impreso.

El número 19.

El nombre (posiblemente árabe) Rashad Khalifa.

Los dedos pulsaron el teclado.

Aparecía en Google 4.400 veces.

– Hola, mamá. Quiero papilla.

Ragnhild cruzó la sala como una flecha, con los pies descalzos. Inger Johanne apenas alcanzó a dejar el ordenador sobre la mesa antes de que su hija se arrojase en sus brazos.

– Hoy no quiero ir al parvulario -rio la niña-. ¡Hoy tendremos juntas un día de ositos!

Inger Johanne alejó de sí a su hija con cuidado para poder mirarla a los ojos antes de decir:

– No, preciosa. Debes ir. Hoy es lunes.

– Día de ositos -insistió Ragnhild, adelantando el labio inferior.

– En otra ocasión, mi vida. Hoy mamá tiene que trabajar. Irás al parvulario. ¿Te has olvidado de que iréis a Solemskogen para hacer esquí? ¿Asar salchichas en un fuego y todo?

La cara mohína de la niña se deshizo en una gran sonrisa.

– ¡Cierto! ¿Y cuántos días faltan para mi cumpleaños?

– Nueve días. Faltan sólo nueve días y cumplirás cinco años.

Ragnhild rio, contenta.

– Entonces tendré el mejor cumpleaños del mundo con crema encima.

– Y para que seas tan grande, haremos papilla de avena. Pero antes las dos nos daremos una ducha.

– Muy bien -contestó su hija, y saltó como un conejo camino del baño.

Inger Johanne sonrió ante aquel espectáculo. Había sido un delicioso fin de semana e iba a disfrutar de una hora de soledad compartida con su hija menor antes de comenzar en serio una nueva semana.

Si tan sólo pudiese sacarse de la cabeza a The 25'ers.

La última persona que abrió la puerta de acceso a la pequeña capilla del Crematorio del Este se llamaba Petter Just. Se quedó inmóvil un momento y se preguntó si estaba en el lugar correcto. Faltaban tres minutos para las doce, pero no podía haber habido más de veinte personas en el lugar. Petter Just, un compañero de clase de Niclas Winter que no había visto a su viejo amigo desde hacía muchos años, había creído que estaría lleno de gente. Había leído que a Niclas le había ido bastante bien. Sus obras las compraban museos y colecciones privadas. El periódico del barrio había publicado un año atrás un largo reportaje sobre el atelier de Niclas, y de allí él había sacado la idea de que el tipo estaba en camino hacia un gran debut internacional.

Un hombre mayor, delgado y con gafas, que indicaban que era casi ciego, le puso un pedazo de papel en la mano. Un retrato de Niclas adornaba la portada del folleto, con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte escritos debajo en letra anticuada.

Petter Just tomó el pequeño fascículo y se sentó, callado, en el último banco.

Las campanas tañeron cuatro veces antes de silenciarse, y entonces comenzó el órgano.

La capilla era simple, casi árida. Baldosas en el suelo y paredes de estuco beis que en el último par de metros hacia el techo se convertían en angostas ventanas rectangulares. En lugar de un altar, la pared frontal estaba adornada con un fresco del que Just no entendió nada. Más que nada le recordaba a un anuncio del Partido del Centro, con árboles y trigales, granjeros y sembradíos, y un caballo que por encima de todo se parecía a un fjording noruego. «En todo caso, un animal así no anduvo jamás dando vueltas por Oriente Medio», pensó tratando de encontrar una posición cómoda en el duro banco tapizado con un género rojo lleno de manchas.

Realmente creía que Niclas se había hecho famoso. No famoso como para aparecer en el Se og Hør o en el VG, por supuesto, pero bien conocido en su campo. Un artista en serio, algo así. Cuando Petter decidió pasar por el entierro, fue más que nada porque alguna vez se había divertido mucho junto con el tipo. Quizá se habían divertido un poco demasiado durante un periodo, en uno y otro sentido, podría decirse. Niclas había sido muy loco en cuanto a drogas y esas cosas. No reparaba mucho en a quién se follaba, tampoco.

Petter Just se sonrojó ante aquel pensamiento.

En todo caso él ya no hacía esas cosas. Tenía una mujer, una linda mujer, y esperaban su primer hijo en julio. En rigor, él no había sido nunca como Niclas, pero cuando su madre mencionó al pasar que su viejo amigo había muerto y que el entierro sería ese mismo día, quiso por lo menos rendirle los últimos honores.

Casi nadie cantó.

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