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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Qué piensas de nuestra dama?

– ¿De quién? ¿Herdis?

– Idiota. De Eva Karin Lysgaard.

Yngvar no respondió. Ambos habían dedicado el día para sistematizar la cantidad enorme de documentos que formaban el caso. Habían pasado diecinueve días desde que habían asesinado a la obispo de una cuchillada, y a decir verdad la Policía de Bergen no había avanzado un paso hacia la solución. No es que se le pudiera reprochar nada por ello, pensaba Yngvar; él estaba tan en blanco como ellos. El trabajo en colaboración había funcionado sin problemas hasta el momento. Al principio, Yngvar tuvo responsabilidad por las declaraciones de los testigos más importantes, mientras que Sigmund funcionaba como enlace entre Kripos y el distrito policial de Hordaland. Era una función que cumplía brillantemente. Era difícil encontrar una persona con capacidades múltiples que fuese más jovial que Sigmund Berli, y casi no existían atisbos de conflictos que él no pudiese solucionar antes de que se tornaran serios. Durante la última semana, ambos habían asumido una especie de responsabilidad de comprobación. La Policía de Bergen hacía toda la investigación y coordinación. Operaban de manera totalmente independiente, pero Sigmund e Yngvar intentaban continuamente echar una mirada suplementaria a toda la información que llegaba.

– Creo que cometimos un error -dijo de pronto Yngvar-. Un error opuesto al que cometemos un poco demasiado a menudo.

– ¿A qué te refieres?

– Nos hemos «expandido» demasiado.

– ¡Regla número uno, Yngvar! ¡Mantén abiertas todas las posibilidades!

– Lo sé -dijo Yngvar haciendo una mueca-. Pero escucha esto…

Cogió un bloc de notas y una pluma de la mesita de noche.

– Por lo que respecta a la teoría de uno o varios locos, incluso una de esas bombas latentes de las que todo el mundo habla tanto…

– Buscadores de asilo -añadió Sigmund, y estaba a punto de empezar a hablar del tema cuando una mirada asesina de Yngvar hizo que levantase la palma en un gesto conciliador.

– En ese caso ya lo hubiéramos encontrado hace tiempo -dijo Yngvar-. Este tipo de asesinato es típico de las personas con brotes psicóticos que, por lo general, se alejan corriendo por la calle después de cometer el crimen, cubiertos de sangre y acosados por sus demonios interiores hasta que simplemente los encontramos unas horas después. Ahora han pasado casi tres semanas sin que hayamos visto el hocico de un solo maniático. Nadie se ha escapado de las instituciones psiquiátricas; no se encontró nada sospechoso en los alojamientos de buscadores de asilo, está totalmente… -golpeó el bloc con la pluma- descartado que busquemos a un asesino de esas características.

– La Policía de Bergen piensa exactamente lo mismo.

– Sí. Pero todavía mantienen abierta la puerta.

Sigmund asintió.

– Deberían cerrarla -dijo Yngvar-. Junto con un montón de otras puertas que sólo crean tensión y caos con todas sus posibilidades. Esas cartas de odio, por ejemplo, ¿alguna vez se te ha ocurrido que uno puede encontrar un asesino entre todos los que las mandaron?

– Bueno -dijo Sigmund dudando-. En el caso de Anna Lindh, por lo menos, había un asesino que estaba insatisfecho con…

– A la ministro de Asuntos Exteriores sueca la asesinó un loco de remate -lo interrumpió Yngvar-. Sin cordura, desde un punto de vista jurídico, a todos los fines prácticos. Un misfit con antecedentes psiquiátricos que encontró de pronto un objeto para su odio. Lo arrestaron catorce días después, y había tantas pistas que lo señalaban que…

– Que tú y yo lo hubiésemos atrapado en menos de veinticuatro horas -sonrió Sigmund.

Yngvar le devolvió la sonrisa.

– Han sido realmente desafortunados, estos suecos, en algunos casos muy, muy importantes…

Otra vez se quedaron callados. Del cuarto vecino se oía el ruido de agua de una ducha fuerte y de un inodoro que se vaciaba.

– Yo creo que también ese montón de cartas es una pista ciega -dijo Yngvar-. Igual que esa pista del aborto a la que los periódicos le dan bombo. Son los antiabortistas los que pueden llegar a matar por su causa. Por lo menos en los Estados Unidos. No los que apoyan la libertad de elegir el aborto. Eso sería muy rebuscado.

– Pero ¿qué crees tú, entonces? ¡Enseguida habrás nombrado todas las posibilidades que tenemos! ¿En qué coño estás pensando?

– ¿Adónde iba? -preguntó Yngvar mirando al vacío-. Tenemos que averiguar hacia dónde se dirigía cuando la mataron.

Sigmund vació el vaso y se quedó mirándolo durante un momento hasta que abrió con decisión la petaca de Famous Grouse y se sirvió más.

– Con cuidado -dijo Yngvar-. Tenemos que levantarnos temprano.

Sigmund no hizo caso de la advertencia.

– El problema es, por supuesto, que no podemos preguntarle a ella -dijo-. Y el viudo se niega, todavía, rotundamente, a decir nada acerca de cuál era el objetivo del paseo. Nuestros colegas aquí en la ciudad le dijeron que tiene el deber de explicarlo y hasta lo amenazaron con un interrogatorio legal. Pero las consecuencias de eso…

– No arrastrarán jamás a Erik Lysgaard hasta la corte. No tendría sentido. Ha sufrido y sufre lo suficiente. Debemos encontrar otra cosa.

– ¿Qué?

Yngvar vació su vaso y sacudió la cabeza cuando Sigmund tomó la botella para llenarlo de nuevo.

– Campaña de puerta a puerta -dijo brevemente.

– ¿Dónde? ¿En todo Bergen?

– No. Debemos…

Abrió el cajón de la mesita de noche y extrajo un mapa de la ciudad.

– Tenemos que crear un campo de tiro más o menos así -dijo dibujando un círculo con el índice mientras le mostraba el mapa a su colega.

– Es la jodida mitad de Bergen -dijo Sigmund, desanimado.

– No. Es el lado este del centro. La parte noreste.

Sigmund agarró el mapa.

– ¿Sabes?, Yngvar, ésta es la proposición más ridícula que se te haya ocurrido jamás. Se ha dicho con la mayor claridad posible en los medios que existe gran incertidumbre sobre por qué la obispo estaba caminando por la calle durante la noche de Navidad. Si hubiese alguien allí afuera que supiese que iba camino de él o de ella, ya hubiera tomado contacto hace mucho. Eso en el caso de que no tengan nada que esconder, y entonces no se gana nada con ninguna maldita campaña de puerta a puerta, en todo caso.

Arrojó el mapa sobre la cama y bebió un largo trago del vaso.

– Además -agregó-, puede ser que simplemente haya salido a pasear. Y entonces estamos exactamente en el mismo lugar.

Los ojos de Yngvar adquirieron una vez más esa mirada vidriosa que Sigmund conocía tan bien.

– ¿Tienes otras buenas ideas? -preguntó, saboreando el whisky en los labios-. ¿Ideas que yo pueda torpedear aquí y ahora?

– La foto -dijo Yngvar con decisión antes de echar una mirada al reloj.

– La foto. Ajá. ¿Qué foto?

– Son las once y media. Tengo que dormir.

– Pero ¿de qué hablas?

Sigmund no dio señales de querer irse a su propia habitación. Por el contrario, se acomodó mejor en la silla y trasladó los pies hasta el borde de la cama.

– La que desapareció -dijo Yngvar-. Ya te conté algo de la fotografía que estaba en el «cuarto de servicio»… -Dibujó las comillas en el aire-. Ahí donde Eva Karin solía ir, según dicen, cuando no lograba dormir. La primera vez que entré, había cuatro retratos; y tres cuando regresé dos días más tarde. Lo único que puedo recordar es que se trataba de un retrato.

– Pero seguramente Erik Lysgaard no…

– Definitivamente, tenemos que olvidarnos de Erik. Es un lost case. Durante demasiado tiempo creí que él era la clave para saber más sobre la caminata misteriosa. Pero el tipo está totalmente cerrado. Lukas, por otro lado…

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