Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Synnøve estiró su jersey. Levantó el vaso con agua y lo volvió a dejar sin beber. Jugó con su anillo. Se peinó con los dedos.
Trató de hacer que el tiempo pasara.
Era en eso en lo que debía concentrarse en los días venideros. En hacer pasar el tiempo. El tiempo cura todas las heridas, pero cada vez que miraba el reloj había pasado solamente medio minuto desde la última vez que lo viera.
Y ninguna herida estaba curada.
– ¿Puedo irme? -murmuró.
– Por supuesto. Te llevaré a casa en el coche. Tendremos que molestarte con algunas preguntas de ahora en adelante, pero…
– ¿Quién?
– ¿Quién qué?
– ¿Quién me molestará?
– Bueno, como el cuerpo se encontró en Oslo y como todo parece indicar que el delito tuvo lugar allí, es un caso para la Policía de Oslo. Desde luego que colaboraremos en lo que precisen, pero…
– Quiero irme.
Se puso de pie. Kjetil Berggren notó que el jersey era demasiado grande y que colgaba de sus hombros. Debía de haber perdido cinco o seis kilos en sólo un par de semanas. Había seis kilos que de hecho ella no tenía.
– Tienes que comer -dijo-. ¿Comes algo?
Sin responder, ella retiró la cazadora del respaldo de la silla.
– No tienes que llevarme -dijo-. Caminaré.
– Pero me llevará sólo tres minutos el…
– Caminaré -lo atajó ella.
Se volvió hacia él desde la puerta.
– No me creíste -dijo-. No me creíste cuando te dije que algo terrible le había pasado a Marianne.
Él se miró las uñas, sin contestar.
– Espero que te moleste -dijo ella.
Él asintió, todavía sin levantar la vista.
«No me molesta en lo más mínimo. No me molesta para nada; Marianne había muerto hacía tiempo cuando acudiste a nosotros», pensó.
Pero no dijo nada.
No había nada que decir acerca de la efectividad. Los dibujantes de la Policía no sólo habían terminado ya un esbozo de la cara, sino también un perfil, una imagen de frente de toda la figura y además un dibujo más detallado de una especie de emblema o broche que, según Martin Setre, el hombre llevaba en la solapa. Silje Sørensen hojeó rápidamente los cuatro dibujos antes de colocarlos juntos sobre el escritorio, frente a sí.
Desconfiaba de ese tipo de esbozos, pese a que era ella quien los había encargado.
La mayor parte de la gente son testigos lamentables. Una misma situación o una misma persona pueden ser descritas de maneras totalmente distintas. Los testigos pueden contar cosas que no estaban ahí y relatar hechos que nunca sucedieron. Vívidamente y con detalle. No mienten, simplemente recuerdan mal y llenan el vacío de su memoria con sus propias experiencias o con su fantasía.
Al mismo tiempo, los retratos robot podían ser a veces determinantes. El dibujante tenía que ser bueno, y el testigo debía ser especialmente observador. Existían programas informáticos muy avanzados que podían facilitar la tarea y en algunos casos hacerla más precisa, pero ella prefería los dibujos hechos a mano.
Eso era lo que tenía.
Observó el retrato.
El hombre era blanco y podía tener cualquier edad entre treinta y cinco y cincuenta años. En las notas que seguían a la carpeta, pudo leer que Martin Setre no estaba totalmente seguro de si el tipo llevaba la cabeza afeitada o si, en realidad, había perdido el pelo. En todo caso iba calvo. Cara redonda. Ojos oscuros, sin gafas. La nariz era recta y la mandíbula ancha, casi cuadrada. La parte inferior de la cara estaba enmarcada por una papada. Era pesado, eso ella también lo podía ver en la figura completa, pero no era particularmente gordo. La altura estimada era de 1,70.
Un tipo sonriente y pequeñajo, algo gordo.
Silje imaginó que el retrato estaba hecho de ese modo porque el sujeto sonreía todo el tiempo. Miró las notas y encontró en ellas la confirmación de su teoría.
Buenos dientes.
Las ropas eran oscuras. Un abrigo oscuro sobre una camisa oscura. También la corbata era oscura, y el nudo parecía flojo.
El dibujo era en blanco y negro, y tantos tonos grises hicieron que se sintiera pesimista. Cuando sostuvo el dibujo de la figura completa y lo observó más profundamente, se le ocurrió que debía de haber miles de hombres parecidos a ése. Era cierto que Martin había dicho que el hombre hablaba inglés o norteamericano, pero utilizar una lengua distinta que la propia era un truco viejo y muy utilizado.
Había atisbos de hoyuelos en las mejillas.
Knut Bork entró sin llamar y la sobresaltó.
– ¡Disculpa! -dijo, perplejo-. ¡No sabía que estabas aquí! ¿No tienes nada mejor que hacer un sábado por la tarde?
– Si yo no hubiese estado aquí, la puerta tampoco hubiese estado abierta.
– Yo…
Bork era alto y de piel clara, casi pálida, tenía cabellos rubios rojizos y ojos de un azul hielo. Cuando se sonrojaba, lo hacía intensamente. Parecía un semáforo.
– No es tan importante -sonrió Silje, estirando la mano-. ¿Qué es lo que me ibas a dejar?
– Esto -dijo él mansamente, y le entregó una delgada carpeta de casos-. Tiene que ir en el caso de Marianne Kleive.
Ella tomó los papeles y los dejó al lado de los retratos robot sin examinarlos.
– Justo lo que necesitamos ahora -dijo-. Un asesinato espectacular en uno de los mejores hoteles de la ciudad. ¿Has visto los tabloides?
Él alzó las cejas y dejó escapar un suspiro largo.
– ¿Algo nuevo? -preguntó ella señalando la carpeta con un movimiento de cabeza.
– Sólo un par de declaraciones nuevas de testigos. Parece que la mitad de Oslo estuvo en el jodido hotel esa noche. Y ya sabes cómo son, todos creen que tienen algo interesante que contar. Estamos cercados por personas que quieren declarar.
Silje levantó la taza de café.
– A veces ningún testigo es mejor que mil -dijo-. Lo peor es que los tenemos que tomar a todos seriamente. Uno u otro puede verdaderamente haber visto algo relevante. ¡Salud!
El café estaba tibio y amargo.
– ¿No deberías irte a casa pronto?
– Gracias, lo mismo digo -dijo él-. ¿Te llegaron los dibujos? Déjame ver.
Rodeó el escritorio y se inclinó sobre los retratos.
– Ninguna marca característica -murmuró.
– No. Está por debajo de la estatura media, pero la propia expresión «media» indica que no está solo en eso…
– ¿Crees que esto es una pista ciega?
El sostuvo el retrato a la altura de su cara.
– Tal vez -suspiró ella-. Pero es la única que tenemos.
– ¿Qué es eso? -preguntó él, indicando el dibujo de una solapa-. ¿Una insignia?
– Algo por el estilo. ¿La reconoces?
– ¿No es un trébol?
– Sí.
– Todos los dibujos están en blanco y negro, pero el trébol es rojo.
– Martin estaba completamente seguro -dijo él-. Como norma general, no queremos colores en estos dibujos, porque tienden a confundir. Pero este alfiler, o lo que sea, era aparentemente, y sin dudas, rojo.
– ¿Y estos… garabatos, qué representan?
Ambos observaron el dibujo. En cada una de las hojas del trébol había un dibujo que recordaba las letras de un alfabeto extraño.
– A Martin le pareció que había una letra en cada hoja -dijo Silje-. Pero no se acuerda de cuál.
Knut Bork agarró una caja de pastillas que había sobre la mesa.
– ¿Puedo coger una? -preguntó, e introdujo un dedo en la caja antes de que ella llegase a contestar.
– Por supuesto -contestó Silje-. Coge cinco. Hay algo conocido en ese distintivo, ¿verdad?
– Sí -dijo Knut Bork, y comenzó de pronto a reír fuerte-. ¡Te diré lo que es! ¡Mi abuela tenía uno así en cada chaqueta que tiene y que le pertenece!
La risa se cortó en seco. Silje lo miró. Otra vez estaba rojo como un tomate y boqueaba como un pez en tierra.
– Knut -dijo ella con cuidado-. ¿Todo bien? ¿Te…? Se puso de pie tan rápido que la silla rodó hasta chocar contra la pared detrás de ella con un ruido. Bork era significativamente más alto que ella. Por un momento consideró subirse al escritorio, pero abandonó la idea. Lo rodeó desde atrás con un brazo y trabó sus manos sobre el pecho con el pulgar derecho apuntando hacia el cuerpo. Entonces apretó con toda su fuerza.