Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Era considerado.
Se acercaban a Maridalsveien. Las nubes navegaban por el cielo y el murmullo de las copas de los árboles casi ahogaba el ruido de los coches en el Ringveien, un poco hacia el norte.
Dentro de tres minutos llegarían a casa.
Casi estaba tentada de despertar a Kristiane.
Sólo para presentársela.
Y cuando llegas allí
– Antes que nada he de mostrarte esto -dijo Kjetil Berggren, y colocó cuatro objetos frente a ella, sobre un trozo de tela blanca-. Tómate el tiempo que necesites.
La voz era baja y casi rebosaba de empatía, como si ya estuviesen en el velatorio de Marianne. Si hubiese sido el caso, ninguno de ellos hubiera estado vestido apropiadamente. Ya era sábado 10 de enero, y el gastado anorak de Kjetil Berggren colgaba de un gancho en la puerta. Cuando rodeó la mesa para sentarse otra vez, hubo de subirse uno de los calcetines altos.
– Me esperaban un maillot y botas de patinar -dijo Synnøve.
El policía no respondió.
– Ahora me siento mejor -dijo ella sin inflexión-. Tranquilízate.
Había dormido por primera vez después dos semanas. Dormido en serio. En cuanto Berggren y la pastora accedieron a dejarla en paz la noche anterior, les dio de comer a los perros y se zambulló en la cama. Se despertó catorce horas después. Estuvo recostada unos segundos sin saber bien cómo estaba o lo que sentía. Una vez que la evidencia de la muerte de Marianne la golpeó nuevamente, empezó a llorar otra vez. Esto era de todos modos diferente. Ya no había por qué angustiarse. Marianne estaba muerta y la búsqueda había terminado. En algún momento aquella pena se convertiría en algo con lo que vivir. Ahora lo entendía, al cabo de catorce días en un infierno. Lo que fue una inmovilidad dolorosa se había vuelto movimiento. Hacia algo. Y una vez que llegara allí todo estaría mejor.
Por la mañana se percató, en realidad, de cuánta tensión había acumulado en aquellas dos semanas. La espalda le dolía y le costaba mover la cabeza de uno a otro lado. Cuando trató de comer un poco de cereales a modo de desayuno tardío, sintió la mandíbula casi paralizada. Al final se rindió y tomó un baño con agua muy caliente. Reposó en la tina hasta que el agua se entibió y la piel de la punta de los dedos estaba por caérsele.
Synnøve Hessel había estado dando vueltas por la casa silenciosa. Había dejado entrar a Kaja por primera vez, para tener consuelo y compañía. Marianne había puesto como condición para quedarse con los perros polares el que estuviesen siempre fuera de la casa. Kaja dudó ante la puerta abierta hasta que al final se dejó encerrar y trepó al sofá. Ahí se habían lamentado juntas, Synnøve y la perra, hasta que Kjetil Berggren llegó a buscarla, tal como habían acordado, a las tres.
Ahora estaba sentada en la misma salita de la última vez. Un agente de Oslo estaba allí cuando ella llegó, pero no quería hablar con otro que no fuera Kjetil. No todavía.
– Entiendo que esto se ha vuelto demasiado para ti, Synnøve, y yo…
– Kjetil -lo interrumpió ella-. Esto lo digo con toda seriedad. Si te pudieras imaginar cómo lo he pasado desde que Marianne desapareció, comprenderías que es mucho más fácil…
Se calló y cerró los ojos.
– Dejemos esto bien claro, ¿vale?
– ¿Te has tratado las heridas de la cara? -preguntó él.
– Son superficiales.
Pareció como que Kjetil Berggren fuera a protestar. En cambio, indicó con la cabeza el pequeño mantel sobre la mesa que los separaba.
– ¿Puedo tomarlos? -preguntó ella.
– No. Lo siento.
La alianza de oro blanco era un poco más grande que la suya propia. El diamante engarzado era completamente opaco, y quizá no hubiese sido visible si ella no hubiese sabido que estaba allí. Fue Marianne la que quiso diamantes. Por su parte, Synnøve había querido una simple alianza de oro común, sin adornos. Ella quería un anillo de boda tradicional; Synnøve quería estar casada con Marianne igual que los demás, por lo que el anillo debía ser de oro y simple.
– Nunca llegamos a casarnos -dijo.
– Yo creí que ustedes eran…
– Éramos convivientes registradas. Como si manejásemos un negocio juntas, algo así. Con la nueva ley, habíamos planeado casarnos en verano.
Las lágrimas le quemaban en las heridas de la cara.
– En todo caso, ese anillo parece ser el suyo.
Estiró con indolencia su mano para mostrar el anillo gemelo. Después tomó aliento y continuó con ritmo vehemente y rápido:
– El collar también. El llavero es definitivamente el suyo. Nunca vi antes ese lápiz de memoria, pero seguramente tenemos unos treinta similares dando vueltas por ahí. ¿Puedes llevarte eso ahora? ¡¿Puedes llevártelo?! -Se llevó las manos a la cara-. Me imagino -dijo casi ahogada- que tengo que identificar estas cosas porque no quieren que vea a Marianne.
Kjetil Berggren no contestó. Rápido, y sin tocar los cuatro objetos, guardó cada uno en una bolsa de plástico individual y dobló el mantel con cuidado sobre ellos.
– Por supuesto, también haremos análisis de ADN. Pero lamento decirte que es bastante seguro que la persona muerta es Marianne.
– Dijeron que había pagado -dijo Synnøve llevando finalmente las manos a la falda-. ¡El hotel dijo que Marianne había pagado la habitación!
– Sí, fue pagada. Pero no por ella.
– ¿Por quién, entonces? Si alguien lo hizo, debe ser probablemente el asesino, y entonces debe ser bastante fácil… ¿No tienen cámaras de seguridad? ¿Un listado de clientes? Debe de ser lo más fácil del mundo…
Se calló al ver la expresión en el rostro de Kjetil.
– El hotel Continental tiene vigilancia por vídeo en lugares específicos del edificio -dijo él lentamente-. En la recepción, entre otros. Pero las grabaciones se borran al cabo de una semana, desgraciadamente. La próxima semana van a cambiar a vídeo digital, y entonces todo se guardará durante mucho mas tiempo. Pero hasta ahora han utilizado un equipo antiguo. VHS, simplemente. No pueden guardar las cintas eternamente, ya lo sabes.
– VHS -dijo ella, incrédula-. ¿En un hotel de lujo?
El asintió y continuó:
– La cuenta la pagaron la noche del 19. Eso se deduce de la caja. El conserje dijo que el que pagó la habitación era un hombre. Al contado. Le cuesta dar una descripción más precisa. Había mucha gente esa noche en el lugar, estaban en medio de la temporada de los banquetes navideños. El Theatercafeen estaba que reventaba de gente, y uno puede pasar directamente de allí al salón de estar, donde también hay servicio. Ahí es donde uno pasa por la recepción.
– ¿Eso quiere decir que…?
La misma Synnøve no sabía lo que eso quería decir.
– Además, esa misma noche se celebraba una boda -siguió el policía-. Mucho ruido y movimiento. Parece que también se produjo un episodio bastante dramático con una niñita que había salido del hotel y que casi fue atropellada por un bus o un tranvía. En todo caso hubo una conmoción, y el conserje no puede recordar mucho más que el pago en sí.
– Pero ¿quién…, quién en el mundo puede tener interés en hacer todo esto? Simplemente no puedo entender que… matarla, esconderla, pagar la cuenta…, es tan absurdo, tan… ¡¿Quién puede hacer algo así?!
– Eso es lo que tratamos de averiguar -dijo Kjetil con calma-. La clave está en saber por qué mataron a Marianne. Si tienes alguna información que pueda ayudarnos para…
– Por supuesto que no la tengo -interrumpió ella-. ¡Por supuesto que no tengo la menor idea de por qué alguien querría matar a Marianne! ¡En todo caso deben de ser sus jodidos padres!
Él dejó pasar la exagerada acusación sin contradecirla.