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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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A partir de allí, comenzó a irle peor al egipcio americano Rashad Khalifa.

Se incluyó en el Corán.

No fue suficiente que se creyese un profeta al mismo nivel que el Profeta; fundó una nueva religión. Conforme a los sumisos, todas las otras religiones, incluido el corrupto islam, debían, simplemente, perecer, ahora que el profeta anunciado tanto en el Corán como en la Biblia había llegado, y el islam podía resucitar de manera pura y auténtica.

Se Je cerraban los ojos. Inger Johanne dejó los papeles.

Quizá podía dormir en el sofá.

No quería pensar más en Rashad Khalifa.

«No es extraño que de todas maneras encuentre seguidores», pensó intentando acomodarse al pensamiento. Muchos musulmanes modernos daban la bienvenida a su ataque al sacerdocio musulmán. Por otro lado, el misticismo de los números sería siempre tentador para todos aquellos con disposición al fanatismo; extremistas de todas las formas y modos. Las teorías de Khalifa se mantendrían, a pesar de que el hombre fue asesinado en 1990. El asesino fue un musulmán fanático que siguió una fatua, declarada en la misma reunión en que se lanzara una en contra de Salman Rushdie.

– ¡Por Dios! -murmuró tratando de cerrar los ojos-. ¡Las religiones!

Detrás de sus párpados bailaban números 19.

Eran las dos y diez de la madrugada.

El día siguiente sería terrible si no lograba dormirse pronto. Se irguió con brusquedad, y con la colcha bajo el brazo fue hasta el baño y buscó una pastilla para dormir. Normalmente le bastaba con pensar que existían. Ahora se tomó una y medía; se las tragó con agua corriente del grifo.

Quince minutos más tarde dormía pesadamente en su cama, sin soñar en nada.

Lukas Lysgaard esperó a que todos estuvieran durmiendo. Una vez más dejó un mensaje para Astrid, en el que le decía que estaba preocupado por su padre y que quería verificar que todo estuviese en orden, pero que regresaría más tarde durante la noche. Había dejado el coche en la calle de forma que el motor de la puerta del garaje no despertase a nadie.

El paseo le sentó bien. Mientras que su madre había sido siempre una amante de la luz, Lukas era un hombre que disfrutaba con las noches. De niño, siempre se había sentido seguro en la oscuridad. La noche era su amiga y lo había sido siempre desde que era pequeño y vivía en la casa grande en Nubbebakken. Desde que tenía seis o siete años, a menudo se despertaba y se fascinaba con las sombras que bailaban sobre la pared del dormitorio. El roble grande que arañaba el vidrio de la ventana quedaba iluminado desde atrás por la luz solitaria y amarilla de un farol de la calle y trazaba las figuras más bellas sobre su cama. Así, cuando no lograba dormir, se escabullía de puntillas del dormitorio y subía la empinada escalera del altillo. En la penumbra, entre baúles de viaje y muebles viejos, ropas apolilladas y juguetes que eran tan antiguos que nadie sabía bien a quién habían pertenecido originariamente, podía sentarse durante horas y perderse en ensoñaciones.

Lukas Lysgaard condujo desde Os hacia un Bergen transido de sueño a través de la húmeda oscuridad invernal. Había tomado una decisión.

Cuando recordaba su propia infancia, pensaba que tenía poco de qué quejarse.

Era un hijo amado y lo sabía. La fe religiosa de sus padres le había hecho bien cuando era pequeño. Adoptó el Dios que ellos tenían, tan fácilmente como todos los niños hacen suyos los ideales de sus padres hasta que crecen y pueden rebelarse. Su insurrección había sido silenciosa. Al principio vio al Señor como una figura paternal sólida, misericordiosa, vigilante y omnipresente, pero a los doce años comenzó a dudar.

Y en la casa de Nubbebakken no había lugar para la duda.

La fe religiosa de su madre había sido absoluta. Su dulzura frente a otras personas independientemente de su credo o sus convicciones, así como su generosidad y su especial indulgencia hacia los pecadores débiles, se cimentaban en su certidumbre del Salvador como Hijo de Dios. Cuando Lukas entró en su adolescencia, descubrió que, en realidad, su madre no era creyente. Ella sabía. Eva Karin Lysgaard estaba segura, y él nunca se animó a confrontarla con su propia incertidumbre. Dios dejó de escuchar sus plegarias. La cristiandad se le hizo cada vez más cerrada y él comenzó a buscar en otros lados la respuesta a los misterios de la vida.

Después del servicio militar, comenzó a estudiar Física y abandonó la religión. Todavía sin decir nada. Se había casado por la Iglesia, por supuesto. Todos los niños estaban bautizados. Ahora se alegraba de eso; su madre había estado tan contenía cada vez que sostenía a un nieto frente a la congregación después de haberle dado ella misma los sacramentos del bautismo.

Cuando se acercaba a la casa de su padre, pensó que algo en su hogar había sido siempre distinto.

Cuando era un chiquillo no lo había notado. Tras la muerte de su madre trató de recordar cuándo había aparecido esta sensación velada de que su madre escondía algo. Quizás había llegado gradualmente, en paralelo con su propia fe declinante. Pese a que ella había sido una madre atenta, siempre en lo psíquico y a menudo en lo físico, a medida que él crecía le quedó cada vez más claro que la compartía con alguien. Era como una sombra sobre la casa. Algo que faltaba.

El tenía una hermana. No podía ser otra cosa.

Era difícil comprender por qué o de qué manera, pero de algún modo debía de tener algo que ver con la redención de su madre a los dieciséis años. Quizá se había quedado embarazada. Tal vez Jesús le había hablado cuando quiso abortar. Eso podía aclarar esa área en donde era intransigente y en ocasiones casi fanática: no le estaba dado a las personas poner fin a una vida creada por Dios.

Calculó que su madre tenía dieciséis años en 1962.

No debía de ser fácil estar embarazada siendo soltera en 1962, especialmente para una jovencita.

La mujer del retrato se le parecía mucho; él lo recordaba, pese a que las pocas veces que prestó atención especial a la foto había sentido rechazo, casi aversión, contra aquella mujer sin nombre de dientes bellos y un poquito torcidos.

Lukas hallaría el retrato. Entonces encontraría a su hermana.

Aparcó el coche en Nubbebakken, algo alejado de la casa de su padre.

Ahora estaba de pie frente a la puerta y trataba de no hacer ruido con el llavero.

Una vez dentro se quedó quieto y escuchó.

La casa de sus padres no había estado nunca en completo silencio. Las maderas crujían, las bisagras chillaban. Las ramas golpeaban contra los vidrios por efecto del viento. El reloj de pie hacía normalmente tanto ruido que uno podía oírlo en gran parte del primer piso. Las cañerías suspiraban con intervalos desparejos; la casa de la infancia de Lukas había sido siempre una casa viva. Los suelos eran viejos y él todavía recordaba donde tenía que pisar para no despertar a nadie.

Ahora todo estaba muerto.

No había viento fuera, y a pesar de que pisó una tabla del suelo que normalmente cedía bajo su peso, sólo pudo oír su propio pulso golpeándole los tímpanos.

Caminó hacia la escalera angosta y contuvo el aliento hasta llegar al segundo piso. La puerta del dormitorio de su padre estaba entornada. La respiración acompasada y larga le indicó que dormía pesadamente. Con cuidado, Lukas se dirigió hacia la puerta de la escalera del altillo. La vieja llave de hierro forjado estaba allí, como siempre, y él levantó el picaporte tirando hacia sí mientras la giraba, como sabía que debía hacer. El ruido del cerrojo al abrirse le hizo contener nuevamente la respiración.

Su padre seguía dormido.

Abrió la puerta con lentitud infinita.

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