Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Tres proyectiles negros salieron despedidos de la boca de Knut.
El tosió buscando aire y ella aflojó el abrazo.
– ¡Gracias! -jadeó él-. No podía… ¡Mira eso!
Señaló hacia la pared opuesta. Las pastillas habían golpeado la pared y habían formado un triángulo, con menos de medio centímetro entre cada una.
– ¡Justo en el blanco! -jadeó.
Ella lo miró con las cejas levantadas y se sentó nuevamente.
– ¿Puedes decirme ahora qué es ese distintivo?
La voz de él estaba todavía alterada cuando se llevó la mano a la garganta, se la aclaró nuevamente y dijo:
– Asociación de Mujeres Noruegas.
– ¿Qué?
– Las letras son A, M y N. Asociación de Mujeres Noruegas.
Ella atrajo hacia sí el dibujo de la marca, como si él la hubiese ofendido. Un trébol rojo con tallo, y una letra en cada hoja.
– Tengo que verificarlo -murmuró, dejó la hoja y tecleó el nombre de la asociación en el campo de búsqueda de un ordenador.
– Ahí lo ves -dijo Knut-. Es lo que te dije.
Ella miró la página de acceso de la asociación.
El logotipo era un trébol rojo, con las letras A, M y N en blanco. Una en cada hoja.
– Joder…
Los pensamientos se le enredaban.
– Un cliente de prostitución y posible asesino -comenzó ella en staccato-. De sexo masculino. Que deambula. Que se va con muchachitos. En Oslo Sentrum.
– Con un distintivo de la Asociación de Mujeres Noruegas visible en la solapa de su chaqueta. ¿Qué coño es esto? ¿Nos está tratando de tomar el pelo?
Bork cogió los dibujos y se dirigió al tablero de corcho que había al lado de la ventana. Pegó allí los retratos y retrocedió dos pasos. Se quedó ahí quieto con la cabeza inclinada, hasta que, de pronto, se volvió hacia Silje y asintió diciendo:
– Quizás eso es justamente lo que hace, Silje. Tal vez este tipo nos quiere gastar una broma.
Cuando el hombre que llamó dijo ser de la Policía, Marcus Koll junior creyó por un confundido momento que alguien trataba de gastarle una broma. Cuando al cabo de unos segundos se dio cuenta de que estaba equivocado, se puso de pie y comenzó a caminar hacia un lado de la sala. Al principio estaba tan concentrado en parecer tranquilo que no entendió del todo lo que el hombre le decía.
Era imposible que supieran algo.
Trató de convencerse de que era, simplemente, impensable.
Se detuvo ante el ventanal grande encarado al sur.
El jardín en pendiente estaba iluminado. Los abetos de la cuesta, pesados de nieve, se volvían de un azul casi fluorescente contra la oscuridad compacta al otro lado de la cerca. Un techo de nubes bajas ocultaba la ciudad y el fiordo. Ahí desde donde él estaba, no había más mundo fuera de su propiedad.
Salvo en el teléfono.
– Disculpe -dijo Marcus, y trató de imponer una sonrisa a su voz-. ¿Podría ser tan amable de repetir lo que me dijo? Tenía mala recepción justo en ese momento.
– La denuncia -dijo la voz, claramente impaciente-. El lunes pasado, usted hizo una denuncia sobre una banda de atracadores de casas.
Una ráfaga suave hizo que la nieve cayese del árbol más cercano, y los cristales secos resplandecieron a la luz de la lámpara. En el sector más bajo del jardín había dos pinos altos de troncos desnudos y rectos como reglas y copas con forma de balón, como soldados erguidos en su puesto.
Marcus trató de serenarse.
Había tenido razón. Por supuesto que no sabían nada.
No había razón para preocuparse.
– ¡Ah! -dijo simplemente, y tragó saliva-. No fui yo.
– ¿Estoy hablando con Rolf Slettan? -contestó la voz en el otro extremo-. ¿En el teléfono 2307****?
– No -dijo Marcus, y se concentró en respirar despacio-. Es mi marido. Rolf. Él fue quien les llamó. Yo me llamo Marcus Koll. Como le dije cuando contesté el teléfono.
Se hizo un silencio de un par de segundos en el otro extremo.
«La pausa de los que somos diferentes», pensó Marcus; ese pedacito de tiempo de confusión silenciosa. O de menosprecio. O de ambos. Estaba acostumbrado, como todos lo están a sus estigmas cuando los han llevado durante suficiente tiempo. Antes de que el pequeño Marcus comenzase la escuela, Koll junior se había dejado retratar en el Dagens Næringsliv como el único hombre homosexual con marido e hijo en una lista de las cien personas más ricas del país. La esperanza era que el pequeño Marcus estuviese protegido porque todos lo sabían y que no precisasen andar murmurando.
Algunas semanas después, se le ocurrió que no todos leían el Dagens Næringsliv.
– ¡Ah, entiendo! -se oyó por fin al otro lado de la conversación-. ¿Está… él ahí, Rolf Slettan?
– Sí. Pero está acosando a nuestro hijo.
El silencio al otro lado de la línea fue tan largo que Marcus creyó que la comunicación se había interrumpido.
– ¡Hola! -dijo en voz alta.
– Sí, sí -contestó el hombre-. Aquí estoy. ¿Puede pedirle que me llame? Su denuncia quedó aquí desde entonces y hay un par de preguntas que me gustaría…
– ¿Debe llamar al número que aparece aquí, en la pantalla? -lo interrumpió Marcus.
– Ehh…, sí, puede hacer eso. Pídale que pregunte por el inspector Pettersen. ¿Llamará esta noche?
– Es difícil que sea así -dijo Marcus-. Tenemos planes esta noche. Pero si es importante, por supuesto que puedo procurar que llame. Dentro de media hora, más o menos.
– Sí, eso estaría bien. Pasó algo anoche, y podría ser…
– Perfecto. Se le diré.
Cortó la comunicación sin dar las gracias y dejó el teléfono sobre la mesa. Se dio cuenta de que el cuarto estaba muy oscuro. Recorrió despacio la habitación yendo de lámpara en lámpara, encendiéndolas todas hasta que la sala estaba tan iluminada que la visión del jardín casi desapareció en el contraste abrupto entre el exterior y el interior.
Rolf le había contado lo de las huellas de automóvil en el portón. Al principio Marcus se asombró, casi se irritó porque Rolf se hubiese obcecado con los rastros insignificantes de alguien que se había detenido a la entrada del camino. El lugar no estaba dentro del perímetro de la cerca y formaba un espacio natural para dar paso al tráfico en sentido inverso. Una vez que la nieve empezó a caer pesada en Año Nuevo, él había visto cada vez más huellas en ese sitio.
Cuando Rolf tuvo oportunidad de explicarse mejor, Marcus accedió a discutir. Tuvo que aceptar que era raro que alguien aparcase allí, como indicaban las huellas de distinta profundidad y las colillas de cigarrillos. Cuando Rolf afirmó con persistencia que el mismo vehículo había estado directamente más arriba en el camino mientras él inspeccionaba las huellas frente al portón, y que desapareció en el momento en que él mostró interés en él, Marcus se quedó callado.
La fuerte sensación que Rolf tenía acerca de que alguien los había vigilado coincidía demasiado bien con su propia y creciente inquietud. Le dio por mirar cada vez más seguido sobre su hombro, buscando no sabía bien qué o a quién. Hasta ahora no había podido determinar nada concreto, pero desde antes de las Navidades, la sensación de tener una sombra viviente se había vuelto más fuerte. Después de Año Nuevo entendió que el ataque de pánico que casi lo había derribado al suelo cuatro días antes de Navidad, después de años de tranquilidad, no se debía sólo a la conciencia torturada que lo agotaba.
Era como si alguien lo estuviese mirando.
El problema, tal como Marcus Koll junior lo veía, era que probablemente esa vigilancia no tenía nada que ver con robos o bandas de ladrones.