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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Si era cierto que alguien lo espiaba.

– No -dijo en voz alta, y se sentó de nuevo en el sillón.

Tenía que ser una fantasía.

Debía ser una fantasía.

De vez en cuando era asustadizo, demasiado asustadizo, y las observaciones de Rolf podían muy bien referirse a una pareja joven de enamorados que se hubiera detenido para hacerse mimos. Una pausa para besarse y fumar; o quizá simplemente se trataba de un conductor responsable que se detuvo para contestar el teléfono.

Sonó el timbre.

«La niñera», pensó, y cerró los ojos.

Eran las diez, se sentía cansado como para salir.

Dentro de tres meses y cinco días se cumplirían diez años desde la muerte de su padre.

Marcus Koll abrió los ojos, se puso de pie y tiró con fuerza de sus orejas para despertarse. El timbre sonó otra vez. Mientras cruzaba la sala, decidió que el 15 de abril sería el día en que todas sus preocupaciones terminarían. Pese a que el día ya había perdido su significado original, él lo utilizaría, de todos modos, como un hito en la vida. El 15 de abril sería el punto de inflexión, y todo volvería a ser como antes. Sólo tenía que llegar hasta allí. La casa en la colina sería otra vez un fuerte; su cerco de seguridad en torno a la familia, bien lejos del dominio de su padre.

Era una promesa que se hacía a sí mismo, y por una u otra razón hizo que se sintiera un poco mejor.

Antes de que amanezca

Inger Johanne se sentía sorprendentemente satisfecha cuando el reloj despertador sonó a las cinco y media de la mañana del lunes 12 de enero. Al principio no entendió qué era lo que la despertaba tan temprano, y se quedó recostada en la cómoda tierra de nadie entre el sueño y la realidad, mientras Yngvar se lanzaba sobre el estruendo y lo acallaba. La calidez seca bajo la colcha hizo que se arropase mejor con él. Cuando Yngvar se recostó otra vez en la cama con un quejido, ella se acurrucó contra su espalda.

– Tengo que irme -murmuró él-. El vuelo a Bergen saldrá dentro de dos horas.

– Ragnhild duerme -susurró ella-. Kristiane y Jack están en casa de Isak. ¿No puedes esperar quince minutos?

Eso le costó el desayuno, y cuando casi una hora más tarde estaba sentado en el coche camino de Gardermoen, con retraso y con el estómago enojado y ardiendo, casi se arrepintió.

Inger Johanne, por el contrario, se sintió mejor que lo que se había sentido desde hacía mucho tiempo. La velada con Karen Winslow no había terminado antes de las tres de la mañana del sábado. Hubiese durado más si Karen no hubiese tenido que conducir los casi doscientos kilómetros hasta Lillesand al día siguiente. Yngvar llevó a Ragnhild a visitar a su yerno y a su nieto Amund el sábado por la mañana, y estuvo fuera todo el día. Inger Johanne durmió más de lo que recordaba haberlo hecho alguna vez. Después de un largo desayuno y de tres horas con los periódicos del sábado, fue a Tøyenbadet y allí nadó kilómetro y medio. Por la noche, Sigmund Berli llegó de visita. Sin haber sido invitado. Traía consigo pizza de Dolly Dimple y cerveza tibia. La inesperada visita le dio a Inger Johanne un pretexto para acostarse antes de las diez.

Había hecho buen uso de él.

La alegría del encuentro con su antigua compañera de estudios estaba todavía con ella. Ragnhild se había ido a la cama muy tarde el domingo, y ya estaba en esa edad en que recuperaba algo del sueño perdido al día siguiente. Inger Johanne deambuló en el enorme pijama de Yngvar, preparó una gran jarra de café y se sentó en el sofá con el ordenador sobre las rodillas. Todavía no habían comenzado las clases tras la pausa navideña, y ella decidió pasar el día en casa. Ragnhild podía dormir hasta que se despertara, aunque el jefe de pedagogía no estaría contento si la niña no llegaba al parvulario antes de las diez.

Inger Johanne verificó su correo electrónico. Tenía nueve mensajes nuevos. La mayoría no tenían interés. Uno era de la Policía. Lo leyó rápidamente y entendió de inmediato que era el mismo que Yngvar había recibido el sábado por la mañana. Hacía referencia al asesinato de Marianne Kleive. La Policía había recibido una lista completa de los invitados a la boda en el hotel Continental y, como era rutina, quería saber si alguno de ellos había observado algo que fuese de relevancia para el caso. Inger Johanne lo borró enseguida. Yngvar ya había respondido por los dos. Por su parte, ella quería pensar lo menos posible en esa noche fatal en la que Kristiane casi había sido arrollada por un tranvía.

Karen Winslow ya había tenido tiempo para contestar a la pregunta que ella le había mandado el día anterior. Inger Johanne se abrigó mejor con la manta y abrió el mensaje mientras daba pequeños sorbos al café bien caliente.

¡Querida Inger!

¡Fue tan maravilloso verte! ¡Una velada deliciosa y un interesante (!) paseo por la ciudad! Fue fantástico conocer a tu marido, y debo decir: el mío tiene un par de cosas que aprender de él. Su calidez y generosidad una vez que aparecimos en medio de la noche excedieron todas mis expectativas.

Te escribo esto desde el aeropuerto de Oslo. La boda fue increíble, pero el viaje de ida y vuelta conduciendo hasta Lillesand fue una pesadilla…

Como acordamos, en cuanto pueda te haré llegar información acerca de los aspectos más importantes de tu investigación. Sólo para responder a las preguntas de tu mensaje de esta mañana: el nombre de The 25'ers se basa en la suma de los dígitos 19, 24 y 27 (¿eso se me olvidó, no?). Nuestra teoría es que los números 24 y 27 apuntan a la epístola de san Pablo a los romanos, primer capítulo, versículos 24 y 27. Los puedes buscar tú misma. El número 19 parece tener cierto significado «mágico» en el Corán. Es demasiado complicado de explicar en este mensaje, pero si buscas en Google «Rashad Khalifa», comprenderás de lo que te hablo. Si nuestros especialistas en números tienen razón, el nombre The 25'ers es bastante aterrador…

Están llamando a mi vuelo, o sea, que tengo que correr.

¡¡¡Y no te olvides de que tú y tu familia prometisteis venir este año a visitarnos!!!

Os mando un gran abrazo,

Karen

Inger Johanne leyó de nuevo el mensaje. Necesitaba una copia impresa para recordar la extraña referencia. La impresora estaba en el dormitorio. En cuanto abrió la puerta, la golpeó el olor encerrado de mantas, sueño y sexo. Yngvar se negaba a dormir con la ventana abierta cuando la temperatura bajaba de cinco grados bajo cero. Rápidamente, conectó el ordenador a la impresora. Cuando el ruido le indicó que el documento ya estaba impreso, arrastró los pies hasta la ventana y la abrió.

Cerró los ojos contra el frío.

«La Biblia», pensó.

Ni siquiera estaba segura de que tuviesen un ejemplar. Sabía que en la biblioteca de Yngvar había una edición del Corán. Él había insistido en tener su propia estantería en el dormitorio, con cinco metros de anaqueles llenos de una absurda mezcla de libros. Ahí estaba la preciosa serie de libros sagrados del Club del Libro junto a libros de referencia sobre armas, tratados de heráldica, casi veinte libros sobre caballos y la cría de caballos y una edición vetusta de la Enciclopedia Británica, junto a todo lo que alguna vez fue dibujado y publicado por Frode Øverli.

Sin cerrar la ventana, se sentó en cuclillas frente a los estantes en el lado de la cama que correspondía a Yngvar. Era fácil encontrar el Corán; la edición estaba cubierta de dorados a la hoja y adornos orientales. Al lado había un libro tan gastado que ni siquiera tenía lomo. Cuando lo cogió con cuidado, sintió las tapas afinadas por el paso del tiempo.

La Biblia.

Abrió el libro despacio. En el lado interno de la tapa se leía: «Para Yngvar, de sus abuelos paternos, 16 de septiembre de 1956», escrito con letra elegante. Calculó velozmente que debía tratarse de la fecha del bautismo; Yngvar había nacido la noche de San Juan de ese mismo año.

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