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Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
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– ¡Asilo! -rugió la aparición, aferrando a la chica que se debatía entre sus brazos-. ¡Esmeralda! ¡Asilo! -Avanzó tres pasos, tambaleándose, y cayó de rodillas sin soltar a la muchacha.

Los demás alumnos se rieron cuando el muchacho inclinó la cabeza, hundió el rostro en el cuello de la chica y besó sonoramente sus labios, dejando restos de maquillaje en su piel y en el jersey.

– ¡Suéltame! -chilló ella.

Cowfrey Pitt intervino.

– Ya es suficiente, señor Pritchard. Hemos disfrutado considerablemente. Ha conseguido que nos sintamos agradecidos porque la película fuera muda.

Clive Pritchard aflojó su presa y la chica cayó al suelo. Era baja, carente de atractivos, de facciones afiladas y huesudas, y su rostro cubierto de acné. Lynley la reconoció de su visita del día anterior a la clase de química de Emilia Bond.

– ¡Pequeño…! -La muchacha se estiró el jersey amarillo-. ¡Mira lo que has conseguido! ¡Tendré que lavármelo!

– Te ha encantado -respondió Clive-. Nunca habías estado tan cerca de un hombre, ¿verdad?

Ella se puso en pie de un salto.

– Debería…

– Basta. -Pitt no necesitó alzar la voz. Su tono ominoso fue suficiente-. Pritchard, quítese ese ridículo maquillaje. Le doy diez minutos para hacerlo, más ocho páginas de traducción para mañana por este fascinante espectáculo con que nos ha regalado. Daphne, puedes ir a asearte.

– ¿Eso es todo? -gritó Daphne, cerrando los puños, torciendo el rostro de tal manera que sus ojos desaparecieron-. ¿Ocho páginas de traducción? ¿Ese va a ser su castigo? ¿Cree que lo hará? -No esperó respuesta-. ¡Aléjate de mí, bastardo! -siseó cuando pasó junto a Clive.

Lynley miró a la sargento Havers, pero comprendió que no hacía falta darle indicaciones subrepticias. Se había hecho cargo de la situación y ya estaba siguiendo a la muchacha.

Barbara Havers no solía sentir escrúpulos por utilizar un momento de trastorno emotivo para aprovechar la coyuntura en beneficio de un caso. Sin embargo, mientras seguía a Daphne por el pasillo y una corta escalera hasta entrar en un lavabo, notó cierta resistencia en su interior. Sabía el motivo. Le gustara o no, deseaba evitar todo daño a aquella adolescente poco desarrollada, de cabello sucio, gestos torpes y pecho hundido. Aunque no se parecían físicamente, ambas eran inadaptadas. Procedían de diferentes medios sociales, como adivinó Barbara por el acento de la chica, pero el aislamiento que padecían en sus respectivos medios era idéntico.

Barbara vio desde la puerta que la chica abría el agua de un lavabo. La habitación olía a desinfectante. Hacía mucho frío. En el borde del lavabo había una pequeña pastilla verde de jabón. Daphne se enjabonó las manos, hizo una mueca y se frotó la mancha que el maquillaje había dejado en su cuello.

– Bastardo -masculló al espejo con los puños crispados-. Asqueroso bastardo.

Barbara se acercó a ella y le tendió un pañuelo doblado.

– Utiliza éste -dijo.

– Gracias -dijo la chica. Lo cogió y se secó la piel.

– ¿Siempre se comporta así?

– Más o menos. Patético, ¿no? Todo con tal de llamar la atención.

– ¿La atención de quién?

Daphne mojó el pañuelo y lo frotó contra el jersey.

– De cualquiera. Le odio. Bastardo. -Parpadeó rápidamente.

– ¿Te acosa muy a menudo?

– Clive acosa a todo el mundo, pero me prefiere a mí porque sabe que yo no… Tonto del culo. Canalla. Se cree que es la hostia.

– Conozco el tipo. Un regalo de Dios.

– Finge que todo es para divertirse, una broma que yo no le sigo como hacen los demás, pero lo que ellos no saben es que cuando se pone encima de mí en el suelo, me aprieta contra su… para que pueda notar lo grande que… -Se mordió su labio tembloroso-. A él le excita. ¡Me pone de malhumor! -Se inclinó sobre el lavabo. Su cabello pegajoso y lacio le ocultó el rostro.

Barbara comprendió la dinámica de la relación con bastante facilidad. El verdugo y su víctima.

– ¿Por qué no le denuncias?

– ¿A quién?

Formuló la pregunta con amargura, ofreciendo una oportunidad con dos sencillas palabras. Barbara la aprovechó, procurando hablar con indiferencia.

– No lo sé. Yo no fui a un colegio como éste, pero si no quieres que un adulto se entere, aunque no entiendo por qué te incomoda tanto, seguro que otro alumno… quizá alguno con influencia…

– ¿Se refiere a Chas Quilter, nuestro piadoso prefecto superior, nuestro ejemplo paradigmático? ¡No me haga reír! Aquí, todos son iguales. Forman un frente común. Cumplen su papel. Chas no es distinto. Es peor.

– ¿Peor que Clive? Me cuesta creerlo.

– Ni hablar. Ni hablar. La hipocresía siempre es peor que la ignorancia. -Daphne se pasó los dedos por el cabello.

Barbara experimentó una punzada de excitación, pero habló con cautela.

– ¿Hipocresía?

No obtuvo éxito. Al oír la pregunta, la chica se replegó. Incluso ahora, la llamada a la lealtad era más fuerte que la sed de venganza. Dobló el pañuelo y se lo dio a Barbara.

– Gracias -dijo-. El jersey no tiene remedio, pero he podido quitarme el maquillaje de la piel.

Su respuesta a la pregunta de Barbara hizo inútil cualquier otro subterfugio. No había nada que perder si atacaba con una pregunta directa.

– Estás en la clase de química de sexto superior que da la señorita Bond, ¿verdad?

– Sí.

– Vives en…

– Galatea.

– Ella es la preceptora de la residencia. La debes conocer bastante bien.

– Imagino que como las demás alumnas.

– ¿Quieres decir como Chas, o como Brian Byrne?

El nuevo enfoque del interrogatorio pareció sorprender a Daphne.

– No tengo ni idea. La señora Bond es amable con todo el mundo, ¿no?

– La debes de ver mucho en la residencia, puesto que es la preceptora.

– Sí. Bueno, no. Yo… No lo sé. La veo de vez en cuando. No pienso en ello.

– ¿Y el fin de semana pasado?

La comprensión alumbró en el rostro de la muchacha. Desvió la vista hacia la puerta.

– El señor Pitt me está esperando. Muchas gracias por el pañuelo.

Barbara la dejó marchar, y se quedó para reflexionar sobre la única información que parecía viable: el comentario de Daphne sobre Chas Quilter y la hipocresía. Que el prefecto superior no era lo que aparentaba había sido evidente desde el primer momento que entraron en la residencia Erebus y vieron el desorden que reinaba en ella. Incluso antes, un comentario sin importancia lanzado por un chico que pasaba «Que te den por el culo, Quilter» hablaba de una especie de cáncer que corroía tanto la autoridad del prefecto como el cargo que ejercía en el colegio. Pero ese cáncer carecía de una clara definición. Había que ver si guardaba alguna relación con la muerte de Matthew Whateley.

El coronel Andrew Bonnamy y su hija vivían a un kilómetro del pueblo de Cissbuy, en una casa que formaba parte de un grupo de cinco, ocultas en parte del sendero que las bordeaba por un seto particular, necesitado de un urgente podado. Como los demás edificios, la casa de Bonnamy era pequeña, de madera combinada con argamasa y juncos, encalada pero con señales visibles de su antigüedad. Las grietas corrían sobre su superficie como fallas geológicas, trepando desde los cimientos hasta el techo, al que prestaban su sombra castaños altos y angulosos, cuyas ramas se doblaban hasta rozar las tejas.

Cuando Lynley y Havers entraron en el breve camino privado situado a un lado de la casa, vieron que una mujer bajaba por una pendiente hacia un huerto. Vestía una falda de dril descolorida, una chaqueta azul marino con la cremallera subida hasta el cuello y unos pesados zapatones. Cargaba a la espalda una bolsa de basura, y con la otra mano sostenía unas tijeras de podar y un rastrillo. Cuando se acercó a ellos, vieron que su cara estaba manchada de polvo. También observaron que acababa de llorar, pues las lágrimas habían dejado regueros en su piel. Aparentaba unos cuarenta años de edad.

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