Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Licenciado en asesinato
Licenciado en asesinato - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 106
Перейти на страницу:

Los alumnos se llamaban entre sí en el pasillo. La sargento Havers no se había apartado de la puerta. Pitt la miró y tiró la tiza sobre el escritorio.

– Tengo una clase -insistió.

– Me parece que el señor Lockwood y usted no se llevan muy bien -contestó Lynley con placidez. Observó la reacción de Pitt en los músculos que rodeaban sus ojos.

– Lockwood está buscando una excusa para despedirme, porque no encajo en sus proyectos para Bredgar Chambers. La está buscando desde el momento en que nos conocimos.

– Sin éxito, por lo visto.

– Su principal problema es que, a pesar de mi mujer y de mi apariencia, soy un buen profesor, y el número de mis alumnos que superan los exámenes de ingreso en la universidad lo demuestra. Así que no puede deshacerse de mí. Y es consciente de que sé más cosas sobre él que la mayoría de los profesores. -La última frase de Pitt era una clara invitación a profundizar en el tema. Lynley le siguió la corriente.

– ¿Por ejemplo?

– Conozco sus antecedentes, inspector. Hice cuanto pude por averiguarlos. Él quiere despedirme, y yo no tengo la menor intención de rendirme sin luchar. Por lo tanto, me guardo un par de datos en la manga por si la junta de gobierno decide poner en entredicho mi aptitud.

Pitt era un experto en proporcionar información para lograr un efecto máximo. Lynley no dudó de que empleaba el mismo método para tratar con superiores y colegas. No facilitaba el trato con él.

– Señor Pitt -indicó Lynley-, tiene una clase a esta hora, como ha dicho antes. Terminaremos esta entrevista antes si va al grano.

– No hay grano que valga, inspector. Sé todo sobre la actuación mediocre de Lockwood en la Universidad de Sussex, sobre su interesante convivencia con tres jovencitas antes de casarse con Kate, sobre su trabajo en la última escuela pública, desde la cual sus colegas le enviaron a Coventry, porque siempre que se pasaban de la raya les denunciaba para escalar puestos. Al rector le encantaría expulsarme, inspector, si estuviera seguro de que no iba a contarle a la junta de gobierno todo lo que sé sobre él.

– Al parecer, ha descubierto muchos trapos sucios.

– Voy a conferencias. Me reúno con otros profesores. Ellos hablan. Yo escucho. Yo siempre escucho.

– De todos modos, este colegio tiene bastante prestigio. ¿Cómo logró Lockwood ser nombrado rector, si su pasado es tan negro como usted lo pinta?

– Manipulando algunos datos. Pisoteando a los débiles. Lamiéndole el culo a la gente que podía ayudarle en su carrera. Por un precio, desde luego.

– ¿Giles Byrne?

El rostro de Pitt expresó aprobación.

– Es usted rápido. Bravo. ¿Por qué cree que le concedieron a Matthew Whateley la beca de la junta de gobierno? No porque fuera el mejor o el más brillante. No lo era. Era normal. Un chico excelente, pero nada del otro mundo. Eso es todo. Había media docena de candidatos más merecedores de la beca. La decisión dependía del rector, pero Giles Byrne quería a Matthew Whateley. Matthew fue elegido quid pro quo. De paso, Byrne demostró a los demás miembros de la junta de gobierno la magnitud de su poder. Él es así, ¿sabe? Bueno, todos somos iguales. El poder es una droga. Cuanto más tienes, más quieres.

El aforismo podía aplicarse a la vida de Pitt. El conocimiento era poder, y durante los últimos minutos había exhibido el suficiente para denigrar al rector de todas las formas posibles, como si mancillar la reputación del hombre repercutiera en beneficio de la suya, como si centrar la conversación en Lockwood eliminara la posibilidad de que invadieran una parcela más cercana y sensible.

– Usted intercambió guardias de fin de semana con John Corntel -señaló Lynley-. ¿Por qué?

– Mi mujer quería ver una obra de teatro en Crowley. Yo quería complacerla, y le pedí a John que cambiáramos el turno.

Para alejarla de la botella, sin duda, pensó Lynley.

– ¿Qué obra fueron a ver? -preguntó en voz alta.

– Un compromiso comprometido. -Pitt sonrió ante la ironía del título-. Sé que es una obra antigua, pero aún no la habíamos visto.

– ¿El viernes o el sábado por la noche?

– El viernes.

– ¿Y el sábado?

– El sábado, nada. Nos quedamos en casa por la noche. Vimos la televisión. Leímos. Hasta intentamos entablar una conversación.

– ¿Vio a Emilia Bond el viernes o el sábado?

La cuestión acicateó el interés de Pitt. Ladeó la cabeza.

– Por la noche, no. La vi durante el día, por supuesto. Vive en la residencia Galatea. Es difícil no toparse con ella, pero no la vi ninguna de ambas noches. Según recuerdo, su puerta estaba cerrada cuando entré en el edificio. -Al observar que la expresión de Lynley cambiaba, Pitt prosiguió-. Cuido de mis niñas, inspector. Al fin y al cabo, soy el director de la residencia. Para ser sincero, vale la pena no quitarles el ojo de encima.

– Ah, ¿sí?

Pitt enrojeció.

– No me refería a eso.

– Pues explíqueme a qué se refería.

Un estallido de carcajadas en el pasillo les indicó que los alumnos de Pitt empezaban a impacientarse. Ni Lynley ni Havers se movieron un milímetro.

– Causan problemas innecesarios en el campus, inspector. Provocación. Tentación. Ya he visto a dos expulsadas el año pasado por conducta licenciosa, una de ellas con un jardinero, aunque le parezca mentira, y otra se marchó con todo sigilo, afligida por el tipo de desgracia que sus padres etiquetaron eufemísticamente de «traslado a otro colegio». -Lanzó una especie de carcajada-. Y eso es tan sólo en Galatea. Dios sabe lo que ocurrirá en Eirene.

– Tal vez sea debido a que no haya una directora, sino un director -apuntó Lynley-. Ha de ser difícil vigilar a las chicas si deben respetarse ciertas normas de intimidad.

– No sería difícil si Emilia Bond realizara su trabajo con más empeño, pero como no puedo confiar en ella, lo hago yo mismo.

– ¿De qué modo?

Pitt se encrespó visiblemente.

– No estoy interesado en las quinceañeras, inspector. ¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte de Matthew Whateley? Sólo le trataba durante los partidos. ¿Por qué no se va a otro sitio y habla con alguien que pueda decirle algo valioso, inspector? Yo no soy la persona adecuada. Los tres estamos perdiendo el tiempo. Sé muy poco sobre el trabajo policial, pero me da la impresión de que debería buscar a alguien aficionado a tontear con jovencitos. No soy su hombre, francamente. Y tampoco sé quién es. Me conformo con decirle… -Frunció el entrecejo de repente.

– ¿Señor Pitt? -preguntó Lynley.

– Bonnamy.

– He oído el nombre. Matthew iba a visitarle. Como Voluntario de Bredgar, era el trabajo que tenía asignado. ¿Por qué le ha mencionado?

– Soy el responsable de los Voluntarios. Conozco a ese hombre. Antes de que llegara Matthew, ningún alumno había sobrevivido a la primera visita. A Bonnamy le gustó Matthew desde el primer momento.

– ¿Está insinuando que el coronel Bonnamy es el hombre al que le gusta tontear con jovencitos?

Pitt sacudió la cabeza con brusquedad.

– No; pero si alguien del colegio perseguía a Matthew en ese sentido, el chico sólo se lo habría confesado al coronel Bonnamy.

Se trataba de una posibilidad bastante cierta, admitió Lynley. Sin embargo, tampoco pasaba por alto que Pitt había alzado varias pantallas de humo durante la conversación, en forma de alusiones a Alan Lockwood, referencias a Giles Byrne, críticas a Emilia Bond y, ahora, la amistad del coronel Bonnamy con el muchacho asesinado. Se daba de nuevo en Bredgar Chambers excesiva información en el curso de un interrogatorio, como si fingir colaboración pudiera borrar la huella indeleble de la culpa.

Lynley miró a la sargento Havers, que aún custodiaba la puerta.

– Déjeles entrar, sargento -dijo.

Ella abrió la puerta. Entraron a la vez cuatro alumnos, tres chicos y una chica. No miraron ni al profesor ni a los detectives, sino que dirigieron miradas furtivas al pasillo, acompañadas de sonrisas maliciosas. Una segunda chica se dispuso a entrar en el aula, pero una figura deforme y encorvada, que llevaba una capa negra y un espantoso maquillaje, se apoderó de ella, levantándola del suelo, y la inmovilizó en el umbral.

1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 106
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)