El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
«¡Oh, Señor! -clamó el profeta durante uno de los sermones del Adviento-. Nos has tratado como un padre furioso; nos has apartado de Tu presencia. Apresura el castigo y la purificación, para volver a unirnos a Ti sin tardanza.» Hablaba de un arca en la que el penitente podía entrar para protegerse de la furia que se acercaba, y acababa cada discurso diciendo: «Cito! Cito!» para urgir a los fieles a que buscasen refugio antes de que fuese demasiado tarde.
Pero con el paso de otro año, la primavera de 1494 trajo -al menos para mí- nuevas esperanzas. Cuando ya había renunciado al sueño de ver de nuevo a Giuliano, Zalumma dejó caer en mi regazo otra carta con el sello de lacre de los Médicis.
Mi muy amada Lisa:
Quizá ahora creerás que soy un hombre de palabra. No renuncié, y aquí está el resultado: mi hermano Piero por fin me ha dado permiso para pedir tu mano. Mi corazón rebosa de júbilo; este mundo se ha convertido para mí en el paraíso.
Espero que mi largo silencio no te haya hecho dudar de la profundidad de mis sentimientos hacia ti, y ruego a Dios para que tus sentimientos hacia mí no hayan cambiado. A fuer de hombre sincero debo advertirte una cosa: los Médicis hemos escuchado las protestas contra nosotros, y las injustas acusaciones contra Piero. El sentimiento público hacia nosotros ha cambiado; y si tu padre y tú aceptáis mi propuesta, debéis ser conscientes de que podrías formar parte de una familia cuya influencia va de baja. Piero sigue confiando en que todo irá bien, pero yo me temo otro final. Ha recibido una carta de los embajadores de Carlos en la que se le exige que conceda paso libre al ejército francés a través de Toscana, y que se le provea de armas y soldados. Piero considera que no puede dar una respuesta clara; está obligado por vínculos familiares a dar su apoyo a Nápoles, y el papa Alejandro ha expedido una bula donde proclama a Alfonso de Calabria monarca de aquel reino sureño. Su Santidad también ha amenazado con quitarle a nuestro hermano Giovanni la dignidad de cardenal si Piero no protege a Nápoles del avance de Carlos.
Por otra parte, cada miembro de la Signoria está obligado por ley a jurar que nunca empuñará las armas contra Francia, y Florencia siempre ha dependido en gran medida de su comercio. Así que mi hermano mayor se encuentra en una situación imposible. No ayuda en nada que sus consejeros le den opiniones contradictorias. Muestra a los ciudadanos que todo va bien, dice uno, y mi hermano juega a pelota en la calle, a la vista del público, para dar la impresión de que la vida es normal. ¿Cuál es el resultado? Es un inútil, dice la gente, un cabeza de chorlito.
No puedo sino pensar que es víctima de una estrategia para desacreditar y destruir nuestra casa.
Piensa en esto antes de escribirme, amor, y darme tu respuesta. Hazme saber si tus sentimientos hacia mí han cambiado, y si me das tu palabra, ¡acudiré! Ahora que tengo permiso para visitar a tu padre, te avisaré del día y la hora.
Cuento los minutos hasta que te vea de nuevo. Mi felicidad se encuentra ahora en tus manos.
Sea tu respuesta sí o no, sigo siendo tuyo para siempre,
Giuliano
Dejé caer la carta sobre la falda y me llevé las manos a mis sonrojadas mejillas. Zalumma, por supuesto, se encontraba a mi lado, ansiosa por saber el contenido de la misma.
La miré, con el rostro laxo, el tono apagado por mi asombro.
– Vendrá aquí a pedir mi mano -dije.
Nos miramos la una a la otra, ambas con los ojos muy abiertos, durante un buen rato; después nos cogimos de los hombros y reímos como chiquillas.
36
Respondí inmediatamente a Giuliano. Tal era mi esperanza que no quise recordar las protestas de mi padre contra los Médicis, o su proyecto de casarme con un hombre pío. En cambio, me aferré a la promesa de Giuliano de que encontraría el modo de llegar a un acuerdo. Después de todo, era el hijo del Magnífico, ducho en diplomacia y en el arte del compromiso. Confiaba en él para conseguir lo imposible. Como yo poco sabía de la diplomacia -particularmente cuando se trataba de mi padre- opté por mantener la boca cerrada y no le dije nada de las intenciones de Giuliano.
Llegó la Cuaresma. El primer viernes, Savonarola subió al púlpito. Habló de un «nuevo Ciro» que se preparaba para cruzar los Alpes; no el emperador persa de la Antigüedad, sino obviamente Carlos, que se vería forzado a cruzarlos en su marcha rumbo al sur para entrar en Italia.
Si antes la gente miraba a fray Girolamo con un profundo respeto, ahora lo hacía como si fuese un semidiós, porque él -en sus mentes- había advertido hacía dos años lo que se conocía como «el problema con Francia».
«Dios es su guía -afirmó Savonarola de este nuevo Ciro-. Las fortalezas caerán ante él, y ningún ejército podrá contenerlo. Aquel que gobierna Florencia se comportará como un borracho, y hará lo opuesto a lo que debe hacerse.» Tras haber criticado a Piero, el predicador se volvió contra el papa Borgia. «¡Debido a ti, oh, Iglesia, se ha levantado esta tormenta!» De nuevo habló del Arca, donde los píos podrían refugiarse del inminente diluvio, y otra vez acabó el sermón con el grito de «Cito! Cito!».
Durante este tiempo, el rey Carlos trasladó su corte de París a Lyon, peligrosamente cerca de Toscana. Todos los ciudadanos florentinos se inquietaron; aquellos que antes se habían burlado de fray Girolamo comenzaron a escucharlo.
Unas pocas semanas antes de la Pascua, en una mañana gris, con el cielo encapotado, Zalumma y yo volvimos a casa muy temprano del mercado; una fina llovizna me había mojado del rostro y el pelo. Mi padre había anunciado que no solo no comería carne durante la Cuaresma sino que también prescindiría del pescado, y dado que todos estábamos obligados a unirnos a su abstinencia, no tuve necesidad de detenerme en el carnicero y el pescadero.
Cuando nuestro carruaje dio la vuelta para ir hacia la parte trasera de nuestra casa, vi un coche que llevaba el escudo de armas de los Médicis en la portezuela. No llevaba allí mucho tiempo; los hermosos caballos blancos todavía resollaban después del viaje a través del Arno. El cochero, sentado en el pescante, nos saludó con una amable sonrisa.
– ¡Dios se apiade de nosotros! -exclamó Zalumma.
Bajé del carruaje y pedí a nuestro cochero que llevase las compras a la cocina. Me sentía furiosa con mi padre; obviamente había concertado una cita con mi pretendiente para una hora en la que yo estaría ausente. Al mismo tiempo, me sorprendió que hubiese aceptado hablar con Giuliano. Renació en mí la ilusión de que mi pretendiente podía no solo convencer a su hermano, sino también a mi padre.
Mi ira se convirtió en terror cuando tomé conciencia de mi aspecto. Para complacer a mi padre, ahora me vestía con sencillas prendas oscuras. E incluso mantenía la anticuada tradición de llevar un topacio, una gema que tenía fama de enfriar las llamas de Eros y ayudar a las vírgenes a mantener la castidad. Aquel día me había puesto un vestido de cuello alto de lana marrón oscuro, que hacía juego con el collar de topacio; tenía todo el aspecto de una devota piagnona. Mi velo de tul negro no me había protegido el cabello de la humedad, y los rebeldes rizos asomaban por debajo de la tela. Sujeté la mano de Zalumma.
– ¡Tienes que encontrar la manera de espiar su conversación! ¡Ve!
No hizo falta decirle nada más. Se marchó corriendo, mientras yo caminaba a paso lento, con todo el decoro que podía, hacia la casa.
La puerta de la gran sala estaba abierta, una prueba más de que no se esperaba mi regreso.
Oí la voz calma y grave de mi padre, lo que me tranquilizó de inmediato; había esperado que fuese hostil. Al pasar por delante de la puerta abierta, miré al interior.