La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—Zebulah —se presentó él con una sonrisa—. Y no soy yo quien le ha salvado, sino tu amor.
Tika bajó la cabeza, dejando que sus pelirrojos bucles le ocultaran el rostro.
—Así lo espero—susurró—. ¡Le quiero tanto! Estaría dispuesta a morir si con ello pudiera sanarle.
Ahora que tenía la absoluta certeza de que Caramon recobraría la salud perdida, la muchacha centró su atención en aquel extraño. Era un humano de mediana edad, barbilampiño, con los ojos tan vivaces y francos como su sonrisa. Vestía una túnica roja, ajustada por un cinto del que pendían varios saquillos.
—Eres un mago —aventuró de pronto—. ¡Igual que Raistlin!
—Tu afirmación lo explica todo —declaró Zebulah—. Al entreverme en una nebulosa tu maltrecho amigo me ha confundido con su hermano.
—¿Qué haces aquí? —siguió inquiriendo la joven mientras observaba el extraño lugar por vez primera.
Por supuesto lo había visto cuando el hombre la trajo, pero su inquietud le había impedido fijarse. Advirtió ahora que se encontraba en una cámara de un edificio desmoronado y ruinoso. La atmósfera estaba tan caldeada que resultaba asfixiante, con un aire húmedo donde proliferaban las planas selváticas.
Se distinguían algunos muebles, tan antiguos y destartalados como la estancia en la que habían sido distribuidos sin orden ni concierto. Caramon yacía en un lecho de tres patas, sustituyendo a la que debiera ocupar la cuarta esquina una pila de libros cubiertos de moho. Finos riachuelos de agua, semejantes a lustrosas serpientes, se deslizaban por un muro de piedra que el musgo hacía refulgir de una manera harto singular. Todo resplandecía en destellos fantasmales, como esmeraldinos reflejos de la tupida capa vegetal que inundaba la pared y se había enseñoreado hasta de los más lóbregos rincones en un profuso abanico de formas y colores. Verde en la parte inferior, dorada un poco más arriba y de un rojo coralino en lo alto, trepaba en mágicas gradaciones para reptar por el techo abovedado sin ningún obstáculo a su expansión.
—¿Qué haces en este lugar? —murmuró y, por cierto, ¿dónde estamos?
—Estamos... donde estamos —fue la misteriosa respuesta de Zebulah—. Los elfos marinos os salvaron de parecer ahogados y yo me ocupé de acomodaros en esta cámara.
—¿Elfos marinos? Hasta que tú los mencionaste, ignoraba su existencia —admitió Tika lanzando una inquisitiva mirada a su alrededor, como si esperase descubrir a uno de ellos oculto en algún rincón—. Tampoco recuerdo que tales criaturas nos rescatasen. No se grabó en mi memoria más visión que la de una pez gigantesco y afable...
—No es necesario que escudriñes tu entorno, los elfos marinos no se revelarán a tus ojos. Recelan de los kreeaquekh o seres que respiran aire, como les llaman en su lengua. Aquel enorme pez al que acabas de aludir era uno de ellos, bajo la única forma en que se dejan ver por los kreeaquekh. Vosotros los denomináis delfines.
Caramon se agitó y gimió en su sueño. Posando la mano en su frente, Tika apartó los húmedos cabellos de su amado en un intento de aliviar su zozobra.
—Si desconfían de nuestra raza, ¿por qué nos rescataron? —indagó una vez se hubo tranquilizado el guerrero.
—¿Conoces a algún elfo terrestre? —preguntó a su vez Zebulah.
—Sí. —En aquel instante, la muchacha pensó en Laurana.
—En ese caso sabrás que para ellos la vida es un don sagrado.
—Comprendo —asintió Tika—. Y al igual que los elfos terrestres, los marinos prefieren renunciar al mundo antes que contribuir a conservarlo.
—Hacen cuanto pueden para ayudar a sus hermanos —le reprendió Zebulah con ostensible severidad—. No critiques aquello que no entiendes, muchacha.
—Lo lamento —se disculpó ella, ruborizándose, antes de cambiar de tema—. Pero tú eres humano. ¿Por qué...?
—¿Por qué estoy aquí? No tengo tiempo ni deseos de relatarte mi historia, pues queda patente por tu actitud que tampoco a mí me comprenderías. Ninguno de los otros lo ha hecho hasta ahora.
—¿Otros? —repitió Tika sobresaltada—. ¿Has visto a algunos tripulantes de nuestro barco, quizá a los amigos que nos acompañaban?
Zebulah se encogió de hombros y explicó:
—Siempre hay otros aquí abajo. Las ruinas son extensas, y en numerosos puntos albergan bolsas de aire. Instalamos a todos cuantos rescatamos en los cobijos más próximos, aunque nada puedo decirte de sus identidades. Si tus amigos navegaban en la misma embarcación lo más probable es que hayan perecido, y en ese caso los elfos marinos los habrán sepultado celebrando los ritos apropiados para liberar sus almas. —Zebulah se levantó—. Me alegro de que tu amante haya sobrevivido y además no debes preocuparte por vuestro sustento, la mayoría de las plantas que ves son comestibles. Si quieres, puedes explorar las ruinas. Las hemos protegido con un hechizo para evitar que nuestros visitantes se zambullan en las aguas y mueran ahogados. Fíjate bien en esta cámara, encontrarás otras similares con idénticos muebles...
—¡Espera! —exclamó Tika al ver que se disponía a partir—. No podemos quedarnos para siempre en las profundidades, hemos de volver a la superficie. Supongo que habrá algún modo de alcanzarla.
—Todos me preguntan lo mismo —farfulló Zebulah con un atisbo de impaciencia—. Y, francamente, estoy de acuerdo: debe existir una salida. De vez en cuando alguien la encuentra, si ,bien otros deciden quedarse y olvidar el mundo exterior. Ese es mi caso y el de varios amigos que viven aquí desde hace años. Te invito a que lo compruebes por ti misma. Inspecciona las ruinas a tu antojo, aunque recuerda que debes permanecer siempre en la zona que hemos acondicionado. —Concluido su discurso, se volvió hacia la puerta.
—¡Por favor, no te vayas aún! —Saltando de la desvencijada silla que ocupara durante su conversación, la muchacha corrió en pos del mago de la túnica roja—. Si te tropiezas con nuestros amigos, quizá puedas decirles que...
—Lo dudo —respondió Zebulah—. Lo cierto, y te ruego que no te ofendas, es que estoy harto de nuestra insípida cháchara. Cuanto más se prolonga mi estancia en estos parajes más me irritan lo kreeaquekh que, como tú, viven acosados por la prisa. Ningún lugar os satisface, no cesáis de deambular de un lado a otro sin hallar nunca la paz. Te aseguro que tu enamorado y tú seríais mucho más felices en este mundo que en el que llamáis vuestro, pero no, lucharéis hasta la muerte para hallar el camino de vuelta. ¿A qué os enfrentaréis si lográis regresar? ¡A la traición! —Lanzó una fugaz mirada al inerte Caramon.
—¡Hay una guerra ahí arriba! —vocifero Tika—. Cientos de criaturas sufren. ¿Acaso no te Importa?
—El sufrimiento es algo corriente en vuestro universo, nada puedo hacer para evitarlo—replicó Zebulah—. No, no me importa. ¿Dónde te ha llevado tu solidaridad? ¿Y a él? —Señaló a Caramon con gesto impaciente, antes de traspasar la puerta y cerrarla de un modo tan violento que se desprendieron numerosas astillas de su ya castigada hoja.
Tika le vio partir indecisa, preguntándose si no sería mejor echar a correr tras él y agarrarlo para que no escapara. Al parecer era su único nexo con la tierra firme, el único que podía ayudarles a abandonar este mundo submarino del que nada sabía.
—Tika...
—¡Caramon! —La muchacha olvidó a Zebulah y acudió junto al guerrero, que trataba penosamente de incorporarse.
—En nombre del Abismo, ¿dónde estamos? —preguntó examinando la estancia con los ojos desorbitados—. ¿Qué ha ocurrido? La nave...
—¿Te encuentras lo bastante restablecido para sentarte? —inquirió ella a su vez, ignorante de la respuesta—. Quizá sería más aconsejable que permanecieras acostado.
—Estoy bien —la espetó el guerrero pero, percatándose por el contraído semblante de la joven de su excesiva rudeza, se apresuró a estirar la mano y estrecharla entre sus brazos—. Lo siento, Tika, perdóname. Los acontecimientos me han desbordado...