Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Ricky se arrodilló, cogió el cúter y acercó mucho el filo a su ojo derecho. Entonces le dio la vuelta y lo puso plano encima de su ojo. Abby notó el metal frío en su frente. Comenzó a hiperventilar de terror.
– ¿Te saco un ojo? ¿Me lo llevo? ¿Funcionaría? Entonces aún lo verías todo más negro.
Ella hizo una seña hacia la izquierda. «No, no, no.»
– Podría intentarlo, ¿verdad? Podría llevármelo y ver qué pasa.
«No, no, no.»
– Muy lista. Biométrica, reconocimiento ocular. Crees que ha sido muy inteligente, ¿verdad? Guardarlo todo en una caja de seguridad que requiere un reconocimiento ocular para acceder a ella. Bueno, ¿qué te parece si te arranco el ojo y me lo llevo, a ver si lo reconoce? Si no, volveré a por el otro.
De nuevo, Abby hizo una seña desesperada. «No, no, no.»
– Naturalmente, si no funciona estamos los dos jodidos, porque tú estarás ciega y yo no tendré una posición económica mejor. Y lo sabes, ¿verdad?
De repente, apartó el cúter. Luego, con un movimiento brusco, le quitó la cinta de la boca.
Abby gritó de agonía. Era como si le hubiera arrancado la mitad de la piel de la cara. Tragó aire a través de la garganta seca. Le ardía la cara.
– Habla, zorra.
La voz le salió como un graznido.
– Por favor, ¿puedes darme agua? Por favor, Ricky.
– Oh, ¡estupendo! -dijo-. ¡Muy gracioso! Me robas todo lo que tengo, me obligas a perseguirte por medio mundo y ¿qué es lo primero que me dices? -Imitó su voz-: «Oh, por favor, Ricky, ¿me das un vaso de agua?» -Meneó la cabeza con incredulidad-. ¿Cómo la quieres? ¿Natural o con gas? ¿Del grifo o de botella? ¿Qué tal el agua del retrete en la que no dejas de mearte? ¿Te parece bien? ¿La quieres con hielo y limón?
– Lo que sea -dijo ella con voz ronca.
– Ahora iré a buscarla -dijo-. Lo que tendrías que haber hecho era rellenar el menú del desayuno del servicio de habitaciones y colgarlo en la puerta anoche, así esta mañana tendrías todo lo que quieres. Pero supongo que estabas un poco liada, timando a tu antiguo amor Ricky. -Sonrió-. «Liada.» Tiene bastante gracia, ¿verdad?
Abby no dijo nada, intentaba con todas sus fuerzas pensar con claridad, para asegurarse de decir lo correcto cuando hablara y no enfurecerle aún más. Era bueno que por fin la dejara hablar, pensó. Y sabía lo desesperado que estaba por recuperar lo que le había arrebatado.
Ricky no era estúpido.
La necesitaba. En su mente, ésa era la única forma de conseguirlo. Le gustara o no, iba a tener que llegar a un acuerdo con ella.
Entonces, Ricky le acercó un móvil a la oreja y pulsó un número. Comenzó a reproducirse una grabación. Duró sólo unos segundos, pero fueron suficientes.
Eran ella y su madre. Una conversación telefónica que habían mantenido el sábado, la recordaba perfectamente. Oía su propia voz hablando.
– Escucha, mamá, ya no falta mucho. He llamado a Cuckmere House. Dentro de unas semanas queda libre una habitación preciosa con vistas al río y la he reservado. La he buscado en Internet y de verdad que es muy bonita. Y yo iré a verla, por supuesto, y te ayudaré con el traslado.
Entonces Abby oyó a su madre contestando. Mary Dawson, su cerebro despierto pese a la enfermedad que lo atrofiaba, replicó:
– ¿Y de dónde vas a sacar el dinero, Abs? He oído que estos sitios cuestan una fortuna. Doscientas libras al día, algunos. Incluso más.
– No te preocupes por el dinero, mamá, yo me encargo. Yo…
La grabación se detuvo bruscamente.
– Eso es lo que me gusta de ti, Abby -dijo Ricky, acercando su cara brillante a la de ella-. Eres todo corazón.
67
Octubre de 2007
El interior del café era una atmósfera viciada de grasa frita. Mientras se sentaba delante de los dos hombres, Grace imaginó que el mero hecho de respirar aquí dentro debía de subir el colesterol de cualquiera a niveles de infarto. Pero se lanzó y pidió huevos, bacon, salchichas y patatas fritas, pan frito y una Coca-Cola, contento de que ni Glenn Branson ni Cleo estuvieran cerca para censurar su dieta.
Terry Biglow pidió huevos y patatas fritas, mientras que su amigo distraído, Jimmy, sólo quiso una taza de té y siguió lanzando miradas implorantes a Grace, como si el comisario fuera el único hombre del planeta que pudiera salvarlo de algo que no tenía muy claro qué era. Lo más probable, pensó Roy, al verle sacar furtivamente una botella de Bells del bolsillo de su abrigo y beber un sorbo largo y de fijarse en los tatuajes carcelarios de sus nudillos. Un punto por cada año cumplido. Contó siete.
– Ahora estoy en el buen camino, señor Grace -dijo de repente Terry Biglow.
Él también tenía tatuajes carcelarios, y la cola de una serpiente en el dorso de la mano con el cuerpo desapareciendo manga arriba.
– Ya me lo has dicho. Bien hecho.
– Mi hermano está muy enfermo, tiene cáncer de páncreas. ¿Se acuerda de mi tío Eddie, señor Grace? Lo siento, ¿era inspector Grace?
Grace se acordaba bien, mejor de lo que le gustaría. Nunca había olvidado la declaración de una de las víctimas de Eddie Biglow. Le habían rajado la cara con un cristal roto, en ambos lados desde el nacimiento del pelo hasta la barbilla, porque se quejó cuando Biglow le empujó en la barra de un pub.
– Sí -contestó-. Me acuerdo.
– De hecho -prosiguió Biglow-, yo también tengo cáncer.
– Lo siento -dijo Grace.
– En la tripa, ¿sabe?
– ¿Estás muy mal? -preguntó Grace.
Biglow se encogió de hombros, como si fuera algo menor. Pero había miedo en sus ojos.
Jimmy asintió con sabiduría y bebió otro trago.
– No sé quién cuidará de mí cuando se marche -le lloriqueó a Grace-. Necesito que me protejan.
Grace hizo un gesto rápido de indiferencia con las cejas, luego cogió la Coca-Cola que le servía la camarera y bebió un trago de inmediato.
– Tú y Ronnie Wilson erais amigos, ¿verdad, Terry?
– Sí, en su día lo fuimos, sí.
– ¿Antes de que fueras a la cárcel?
– Sí, antes. Cargué con la culpa por él, ¿sabe? -Removió el azúcar en el té con añoranza-. Es lo que hice.
– ¿Conocías a su mujer?
– A las dos.
– ¿A las dos? -dijo Grace, sorprendido.
– Sí. Joanna y luego Lorraine.
– ¿Cuándo volvió a casarse?
Se rascó la nuca.
– Vaya… Fue unos años después de que Joanna le dejara. Era guapa, sí, ¡Joanna estaba buenísima! Pero a mí no me caía muy bien. Era una cazafortunas, sí. Se pegó a Ronnie porque era un fardón, pero no se dio cuenta de que no tenía mucha pasta. -Se dio unos golpecitos en la nariz-. A Ronnie no se le daban bien los negocios. Siempre fanfarroneaba, siempre tenía grandes planes. Pero no tenía… ¿Cómo se llama? Olfato, no era un rey Midas. Así que cuando Joanna le caló, se largó.
– ¿Adónde?
– A Los Angeles. Su madre murió y heredó una parte de la casa. Ronnie se despertó una mañana y vio que se había marchado. Sólo le dejó una nota: «Me voy a intentar triunfar en el cine como actriz».
Llegó la comida. Terry bañó las patatas en vinagre y luego vertió la mitad del contenido del salero encima. Grace se puso un poco de salsa en el plato y luego cogió el bote de ketchup con forma de tomate.
– ¿Con quién mantuvo el contacto después de irse a Los Ángeles?
Biglow se encogió de hombros y pinchó una patata con el tenedor.
– Con nadie, creo. No caía bien a nadie de aquí. A ninguno de nosotros. Mi parienta no la soportaba, y ella no tuvo ningún interés en hacerse amiga nuestra.
– ¿Era de aquí?
– No, de Londres. Creo que la conoció en una especie de local de striptease en Londres.
Otra patata frita halló el mismo destino.