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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Grace se apoyó en una farola y les observó unos momentos.

Niall Foster era una de las tres personas sentadas en el banco, bebiendo cerveza como los demás de una lata oculta en su bolsa de plástico. Era un hombre de cuarenta y pocos años y rostro huraño y mezquino debajo de un peinado extraño que parecía la tonsura mal cortada de un monje. Llevaba una camiseta, a pesar de la brisa helada, encima de un mono y botas de obrero.

Grace lo conocía muy bien. Era un ladrón y un traficante de poca monta; seguro que era el que suministraba al grupo triste de personas que lo rodeaban. Junto a él en el banco había una mujer mugrienta e intranquila de pelo castaño enmarañado. A su lado estaba sentado un hombre de unos treinta años que no dejaba de ponerse la cabeza entre las piernas.

Los dos hombres a los que había seguido se acercaron a Foster. Era un movimiento de manual. Habría dicho a cada uno de sus consumidores que se reuniera aquí con él, en este parque, a esta hora exacta. Si luego se ponía nervioso por si alguien lo vigilaba, abortaría, se marcharía del parque, escogería otro lugar y llamaría a cada uno de sus clientes para que fueran allí. A veces podía haber varios movimientos de este tipo antes de que los traficantes se sintieran cómodos, y a menudo tenían un ayudante joven que se encargaba de la distribución. Pero Foster era un agarrado, seguramente no querría pagar a nadie. Y, además, conocía el sistema. Era muy consciente de que él no era nadie y si surgían problemas simplemente se tragaría las bolsitas de droga que llevara encima y las retiraría de retrete más tarde.

Niall Foster miró en su dirección y cuando Grace subió a la acera, pues no quería que lo viera, casi chocó con el hombre al que andaba buscando.

Habían pasado unos años, pero aun así Grace se quedó sorprendido al ver lo mucho que había envejecido el viejo delincuente. Terry Biglow pertenecía a una de las familias de criminales de Brighton. La historia de los Biglow se remontaba a bandas de navajeros que en los años cuarenta y cincuenta habían librado luchas territoriales por controlar el negocio de las extorsiones a comerciantes a cambio de protección, y en su día hubo mucha gente en Brighton y Hove que se asustaba sólo con oír su nombre. Pero ahora la mayoría de los miembros mayores de la familia habían muerto, mientras que los más jóvenes cumplían largas condenas en la cárcel o se habían fugado a España. Los que seguían en la ciudad, como Terry, eran delincuentes de baja estofa.

Terry Biglow había comenzado como timador, luego había pasado a comerciar con objetos robados y a trabajar de camello ocasional. Solía ser pulcro y humilde, llevar el pelo lacio y brillante peinado hacia arriba en un tupé y calzar zapatos baratos pero elegantes. Ahora debía de tener entre sesenta y cinco y setenta años, pensó Grace, pero podría echarle diez años más perfectamente.

El viejo pícaro todavía llevaba el pelo perfectamente peinado, pero lo tenía grasiento y desaliñado y un poco encanecido. Su cara de rata estaba amarillenta y tan delgada que se le veía demacrado, mientras que sus dientes pequeños y puntiagudos eran del color del óxido. Vestía un traje gris gastado con los pantalones sujetos con un cinturón barato y subidos hasta el pecho. También parecía haber encogido varios centímetros y olía a viejo. El único rastro que quedaba del Terry Biglow original eran el gran reloj dorado y el enorme anillo con una esmeralda.

– Señor Grace, sargento Grace, ¡me alegro de verle! ¡Menuda sorpresa!

«En realidad no es tanta sorpresa», estuvo a punto de decirle Roy Grace. Pero le gustó lo bien que estaba saliendo su visita al centro.

– Ahora soy comisario -le corrigió Grace.

– ¡Sí, por supuesto! Lo había olvidado. -La voz de Biglow era débil y aflautada-. Le ascendieron. Lo oí, sí. Se lo merece, señor Grace. Lo siento, sargento… comisario. Ahora estoy limpio. Encontré a Dios en la cárcel.

– También él cumplía condena, ¿no? -replicó Grace.

– Ya no hago esas cosas, señor -dijo Biglow, muy serio, sin captar la broma de Grace, u obviándola.

– Así que sólo es una coincidencia que estés aquí delante del parque mientras Niall Foster suministra dentro, ¿verdad, Terry?

– Pura coincidencia -dijo Biglow, sus ojos más furtivos que nunca-. Sí, es una coincidencia, señor. Yo y mi amigo… Sólo íbamos a almorzar, sólo pasábamos por aquí.

Biglow se volvió hacia su compañero, que iba igual de mal vestido que él. Grace conocía al hombre, Jimmy Bardolph, un esbirro de los Biglow en otros tiempos. Pero nada más, imaginó. El hombre apestaba a alcohol, tenía la cara cubierta de costras y el pelo despeinado. No parecía haberse lavado desde que le limpiaron los restos de la placenta.

– Jimmy, éste es mi amigo, el comisario Grace. Es un buen hombre, siempre ha sido justo conmigo. Si hay un poli en quien puedas confiar, Jimmy, es el señor Grace.

El hombre extendió una mano venosa y sucia que emergió de la manga excesivamente larga de su impermeable.

– Encantado de conocerle, agente. Tal vez podría ayudarme.

Haciendo caso omiso, Grace se volvió hacia Biglow.

– Necesito hablar contigo sobre un viejo amigo tuyo… Ronnie Wilson.

– ¡Ronnie! -exclamó Biglow.

Por el rabillo del ojo, Grace vio que Foster ya le había visto y ahora cruzaba el parque a toda prisa. El traficante cruzó la entrada, lanzó a Grace una mirada de cautela y partió calle abajo, medio caminando, medio corriendo, acercándose el móvil a la oreja mientras se alejaba.

– ¡Ronnie! -repitió Biglow. Sonrió a Grace con nostalgia y meneó la cabeza-. El viejo Ronnie. Está muerto, ¿lo sabías, verdad? Que Dios le tenga en su gloria.

El aire fresco no tenía un buen efecto para el dolor de cabeza de Grace, así que decidió seguir la recomendación de Bella sobre la comida caliente y grasienta.

– ¿Habéis almorzado? -preguntó.

– No, justo íbamos a comer ahora -respondió Terry Biglow sonriendo de repente, como si le satisficiera la coartada que acababa de presentársele-. Sí, verás, es lo que Jimmy y yo… Por eso estamos aquí. Íbamos al café, como hace una mañana tan bonita…

– Bien. Pues en ese caso, vosotros primero. Yo invito.

Los siguió calle abajo, Jimmy avanzando a saltitos, como un juguete mecánico al que había que dar cuerda, y entraron en una cafetería cutre.

66

Octubre de 2007

Abby oyó que una puerta se cerraba. La puerta del piso. Por un instante, recobró la esperanza. ¿Por algún milagro podía ser el conserje?

Entonces oyó el chirrido de los zapatos. Primero vio su sombra.

Ricky entró en el baño como una exhalación y Abby notó el crujido de su mano en la cara. Se estremeció dentro de sus ataduras.

– ¡Zorra de mierda!

Le dio otro bofetón, aún más fuerte. Casi no le reconoció. Iba disfrazado, con una gorra de béisbol azul bien calada y gafas de sol y llevaba barba y bigote poblados. Salió del cuarto y Abby observó, con los ojos doloridos, que cogía la bolsa del vestíbulo y vaciaba el contenido en el suelo.

Cayó un taladro, unas tenazas grandes, un martillo, una bolsa de agujas hipodérmicas y un cúter.

– ¿Por dónde quieres que empiece, zorra?

Un gemido de terror se apoderó de su garganta. Notó que se le aflojaban las tripas. Intentó hacer señas con los ojos. Suplicarle.

Ricky puso la cara justo delante de la suya.

– ¿Me has oído?

Abby intentó recordar hacia dónde le había dicho que moviera los ojos para decir «no». Izquierda. Los movió hacia la izquierda.

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